SRA. CARACOL
Gotas de bilis me retuercen las tripas durante treinta y seis horas mientras mi razón intenta comprender los motivos. Estamos en un país escombrera, de andamios y ladrillos que intenta olvidar el pasado mientras el futuro acecha con mala cara…
Albania está a tan solo unas horas en coche de Europa pero casi nadie se acuerda de ella. Basura de saldo inunda las vías y todo el país se lanza a la calle cada mañana en busca de algo que hacer. Los mayores de cincuenta años hace tiempo que han abdicado y se conforman con alinear las fichas blancas y negras de un dominó de evasión en el poco verde que resta en la ciudad de Tirana. Un poco mas lejos, restos de ilusiones desperdigadas entre los búnquers compiten con nuevas generaciones, portadores de las únicas sonrisas del entorno, cuidadores precoces de rebaños de dos ovejas. Los infantes aún no lo saben pero esa mueca despreocupada, aquí es un tesoro. Adobe y tierra inundan cada rincón en una reconstrucción quimera que sin apenas herramientas se esfuerza por volver a la normalidad.
Mientras el ritmo fluye como cada día, un extraño vehículo atraviesa los charcos y sortea la piedras. Nadie lo ha visto antes, nadie reconoce el peculiar habitáculo, cobijo de un micromundo de confort y sueños posibles. Quizás algunos de los viandantes sonríen ante la sorpresa, otros intentan averiguar curiosos quién viaja dentro, los mas simpáticos saludan y gritan y algunos se esconden con recelo o vergüenza… pero todos, todos sin excepción, en seguida vuelven a su vagabundeo de supervivencia, no hay tiempo que perder. ¡Alguno tal vez imagine una visión de esa Europa soñada y prometida, la Europa de los “buenos”!
Ellos no saben que dentro de la burbuja, alguien se pregunta cómo es posible que nadie nos haya dicho nada; cómo es posible que tan cerca, exista un país en estas condiciones, mientras sus vecinos Bosnios y Croatas, hace poco eran portada de innumerables revistas, periódicos y comensal imprescindible de noticiarios sensacionalistas de mediodía. Alguien que no puede evitar sentirse culpable porque su cuerpo y su mente quieren salir de allí como sea, y su egoísmo confortable sabe que en unas pocas horas estará fuera de este cuadro dantesco. Alguien que sabe que esa noche, cuando ella esté refugiada en el calor de sus mantas, a salvo de cualquier peligro, al otro lado de una raya imaginaria,  habrá otra chica, quizás de su misma edad, quizás un poco más delgada, quizás mucho más cansada,  que se esforzará por conciliar el sueño en una barraca llena de humedad con olor a orín de gato y excremento de rata. Y entonces las mantas en la cama de la chica europea empezarán a pesar demasiado, como millares de cuerpos fulminados, como litros de lágrimas derramadas, como cientos de besos aniquilados. Todo el peso de la barbarie sobre ella esa noche, como en una película que nadie le había recomendado y que se le ha grabado en la conciencia para siempre. La suerte de nacer en uno u otro lado, la injusticia de estar en el lugar equivocado, el destino de los de suerte y de los marcados… las diferencias que hacen que una magdalena regalada por la ventana de un vehículo foráneo sea un capricho para unos y el único bocado del día para “los otros”… Y en esta noche de revueltas en la cama, será Morfeo el único que conseguirá unirlas en una ilusión de esperanza.



27 fotos de Raquel desde la autocaravana. 27 imágenes al azar. 27 horas en cruzar la Exyugoslavia.

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SR. CARACOL
No soy futbolero, pero hoy he sido del Barça, más bien dicho, del superbarça. Estamos en la frontera griega con Macedonia. Hay un error en mi carta verde internacional. Tengo que hacer una falsa traducción de la letra pequeña para que nos dejen pasar. Cien metros después cuatro tipos nos paran y nos miran las caras. Revisan mi carnet y por la expresión de sus rostros les debo parecer un turco secuestrando a una francesita en una autocaravana española con un perro con jersey rojo. Nos abren la barrera, respiramos tranquilos y cien metros más adelante unos policías macedonios nos detienen. Raquel se baja para ir hasta la ventanilla a revisar los documentos mientras a mi me registran la autocaravana enterita. Los dos agentes juegan con Coque mientras uno de ellos me dice que si soy del Madrid, le digo que no, así que me dice: “oh, del Barça, el superbarça!”. Le veo tan entusiasmado que le digo que sí, que del Barça sí. Me empieza a decir todos los jugadores del gran club y no me suena ninguno, yo me quedé en la época de Zubizarreta… El tipo me dice que le regale una camiseta de mi equipo pero le digo que no he traído, así que me pide algo de pasta para comprar unas bebidas. Se conforma con un par de euros que se esconde rápido en su chaqueta, no sea que le vean los superiores. Salimos de allí sin problemas y con 4 euros menos. A Raquel también le han pedido una propina.
La carretera cambia, estamos en un puerto de montaña, llueve, es de noche, hay baches, agujeros, trozos sin asfalto. ¡Cómo puede ser que una sola línea imaginaria en el suelo, unas cruces en un mapa, un par de barreras y unos polis futbolistas y cerveceros marquen tantas diferencias!
El viaje por Macedonia dura poco, casi menos que cruzar su frontera con Albania. No hay cola, ya es bastante tarde, pero los papeleos y los pagos de euros inventados se hacen eternos. Cuando nos vamos a ir Raquel pregunta al último agente que nos revisa si Albania es seguro y le contesta en inglés: “Claro que es seguro! ¿donde te crees que estás? Esto es Albania!” Nos alegramos de la respuesta…
Estamos cansados y la carretera ahora es peor que en el país que acabamos de dejar. En la primera ciudad que encontramos decidimos parar a dormir. Es una ciudad gris, silenciosa, oscura. Solo hay hombres en la calle. Buscamos el lugar más seguro, a las puertas del ayuntamiento. Lo reconocemos por la placa identificativa y las banderas, no por su aspecto, pues está destrozado.
La noche es horrible. Multitud de voces rodean la autocaravana a todas horas y me despierto a mirar por la ventana. Coches que se detienen a mirar la matrícula, grupos de chavales chafardeando, y yo en el interior, como un padre de familia en la guerra que me he inventado, intentando salvar a los míos. Mi imaginación crea historias, pienso como saldré de ahí, cómo aceleraré mientras ese coche de cristales tintados que acaba de pasar me persigue… consigo volver a dormir un rato. Nuestra rutina diaria nos la saltamos hoy. Ni desayuno, ni ducha, ni paseo a Coque. Salimos de allí.
La carretera es difícil, un constante puerto de montaña con subidas y bajadas del 10%, con barro en la carretera. Los camiones conducen como en ningún país de los que hemos estado. Tienen prisa. Sus patrones les obligan a tener las naranjas, lechugas y tomates a tiempo en Bruselas o Italia, así que no hay líneas en la carretera, ni señales de peligro en su manual. Tampoco ningún policía les mirará el taquímetro.
Desde ayer no hemos parado de conducir, estamos llegando a Tirana, la ciudad más importante de las que vamos a cruzar hoy. Raquel y yo no sabemos donde estamos, antes de iniciar este viaje ni nos planteábamos pasar por aquí, tampoco existen guías de viajes, ni libros sobre Albania, nadie ha comprado el dominio www.turismoenalbania.com así que todo son sorpresas, y desilusiones.
De Tirana solo tengo una referencia: ayer recibí un mail de alguien a quien dije que iba a pasar por aquí, y decía que “en Tirana hay mucha marcha” y le creí, por un momento imaginé que quizás era cierto, que íbamos a una ciudad activa, multicultural, una especie de Estambul. El amigo que me escribió es culto y viaja, así que no tenía por qué dudar de él. Pero estaba claro, estaba utilizando la ironía que tanto le caracteriza. Esto, la única marcha que tiene es la lenta, el ritmo de levantar un país poco a poco, el de la destrucción, el de la pobreza.
Recorremos esta ciudad entera por error, no hay ningún tipo de señal de tráfico ni nada que te indique dónde ir. Aquí no hay direcciones, no hay objetivos turísticos, no hay más que gente en la calle, gente en paro jugando a cartas en la calle.
El amigo Francesc me comentó hace un par de días que si visitaba Albania no me olvidara de la ruta de los búnkers. Mi amigo Francesc es historiador y creí que sería interesante su recomendación, pero habíamos decidido pasar de largo este país lo más rápido posible. Pero amigo Francesc “no ha calgut fer la ruta que m’has recomanat, la ruta dels búnkers és present a tot el país. Això està trist i és tan terrible com les guerres de les que tú has escrit. Búnkers per tot arreu, soldats, mirades tristes, nens al carrer sense anar a escola…”
Nos miran raro, quizás no hayan visto una autocaravana jamás porque nos saludan, incluso alguien nos hace el símbolo de la victoria con los dedos.
Raquel está agotada, física y mentalmente. Nadie había decidido montarse en el túnel del terror, en el tren de la bruja y recorrer estas horribles ventisiete horas de trayecto. Soñamos con Dubrovnik, que esperamos alcanzar mañana. Ahora ya es tarde y nos conformamos con llegar a Montenegro, el siguiente país. Tampoco sabemos cómo es.
La carretera se complica en los últimos pueblos de Albania. Creemos incluso habernos perdido pero no lo podemos saber, el GPS no funciona aquí y los mapas no tienen la mitad de carreteras ni pueblos que vemos. Nuestra velocidad desde hace rato no supera los 30km/h en un carretera recta. Hay baches, alcantarillas sin tapa, maderas, piedras, perros cruzando, señoras con troncos, señores paseando vacas, chavales con rebaños de pavos… todo lo imaginable se cruza en nuestro camino.
Hay un momento en el que le digo a Raquel: “Reza para que no pinchemos”. Un minuto después oigo un fuerte golpe en la rueda acompañado de un silbido constante. “Mierda, he reventado la rueda!!!!”. Bajo con la linterna, cagado de miedo en este camino al infierno. Sigo oyendo el silbido, así que confirmo el pinchazo, hasta que a 2 metros de mí aparece un chaval con un pito en la boca. El susto que me da no tiene palabras, me subo corriendo a la auto y salgo de allí contento por no haber pinchado, pero con un susto en el cuerpo que me costará quitarme un buen rato. Unas horas más tarde, alcanzamos la aduana.
Esta vez es un poco más complicado, tanto que cuando creemos que ya está todo resuelto, descubrimos que aun no hemos entrado en Montenegro, todas las gestiones que acabamos de superar solo eran para abandonar Albania. La carretera se acaba, parece que en 5 minutos se ha hecho totalmente de noche. Vuelve a llover. Creemos estar en la peor de las pesadillas. El asfalto está totalmente destrozado y un camino de arena y barro es la nueva carretera nacional. Dos chabolas, sí, sí, señores, dos chabolas hacen de control de aduana y los policías visten un uniforme que me recuerda al chandal del equipo de fútbol de mi pueblo hace 20 años. Un policía nos pide la documentación de muy malas maneras y se la lleva en la mano. Veo como mi seguro se moja con la lluvia, pero a él no le importa. Tarda demasiado en volver, así que bajo y me encuentro con un grupo de albaneses haciendo cola bajo el aguacero. No tienen paraguas y todos nos mojamos por igual. Allí todos parecemos hermanos, pero yo, llevo las estrellas europeas en mi matrícula y eso, tristemente, me aventaja sobre ellos, así que consigo montar de nuevo en mi frágil autocaravana y salir de allí.
Jamás, lo juro, jamás había conducido por una carretera así. Un puerto de montaña de un solo carril, camiones y trailers con remolque de 12 metros viniendo de cara a 10km/h. Debemos maniobrar y colaborar todos para caber. Cada 200 metros debo subirme a las rocas para dejar paso y veo como remolques cargados de fruta rozan mi casa marrón. Estamos llenos de barro.
Recorremos unos cuantos kilómetros así pensando en todo lo que estamos viendo, viviendo. Raquel tiene demasiado presente su estancia en Tailandia este agosto, y yo hace apenas dos meses que he vuelto de rodar en Madagascar. Pero esto, todo esto es más jodido que nada. No puedo decir otra palabra: jodido. Aquí vivían bien hace unos años y ahora todo es oscuro. Los niños no te ríen cuando les haces fotos. Aquí se esconden, se avergüenzan de cómo están. No tienen nada que ofrecerte, ni esa sonrisa que nosotros, los turistas privilegiados buscamos.
Sorprendentemente, cuando estábamos a punto de darnos por vencidos, aparece un nuevo Montenegro, un Montenegro recuperado, europeizado, con carreteras asfaltadas, rótulos con direcciones y un supermercado donde poder comprar algo.
Un pequeño pueblo costero nos acoge pacíficamente. Cierro los ojos pensando en demasiadas cosas, tantas que hoy tampoco consigo dormir. Ahora no es de miedo. Por un lado reviso todo lo que he visto estos dos últimos días, y también lo que no he visto. La mañana tarda en llegar y tengo el cuerpo destrozado.
Cuando parece que ha terminado la pesadilla, empiezan los problemas en la autocaravana. La calefacción se ha roto. Estamos a 2 grados bajo cero por la noche y nuestra casita está helada. Tampoco tenemos agua caliente, así que nos tenemos que duchar con ollas de agua templada en la cocina. A la hora de desayunar, la leche está cortada. Para colmo la auto sigue teniendo el panel de control averiado, la alarma sigue sin funcionar y el motor está inundado de agua. Señor, soy consciente de la suerte que tengo de ser de donde procedo, pero ¿no me podía haber administrado las desgracias un poquito?
Salimos de allí con un cambio de planes de urgencia, hay que volver a Italia a arreglar todos los problemas que tenemos. Tristes por todo lo que hemos visto salimos hacia el norte. Mañana más.






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