Sr. CARACOL

Hemos dejado atrás los pueblos blancos y la libertad nos presiona. Ahora no sabemos hacia donde ir. El primo empieza a pedir cama, pero yo le digo que una noche más la necesita. Le convenzo con la cena y unas claritas frescas en un caminito a la salida de Arcos de la Frontera. Le prometo también que la primera noche en la furgo nunca es buena, y menos si Coke te pide caquitas cada 2 horas.
Nos peleamos entre Tarifa, Huelva, Sevilla y algún destino más. Decidimos tirar hacia Sanlúcar de Barrameda, Chipiona y alrededores para poder subir después a Sevilla a cenar al SOL Y SOMBRA.
La noche la pasamos en Sanlúcar, en un barrio tranquilo a 50 metros del mar. Nos despertamos a las 9 y nos damos el primer baño matutino antes del desayuno de rigor. La arena está sucia, demasiado sucia, tanto que mi primo reconoce: “eso si que lo tenéih loh catalaneh, lah playah limpiah”
El primo está generoso y decide invitar él. Nos lleva a un sitio típico donde no sirven desayunos sino “desallunos” y consiste en que te dan el pan y las mil guarradas para untar y tú decides y te discutes con el paté, la mantequilla, margarina, pringá y mil porquerias a base de cerdo. Yo, tradicional, me tiro por mis mermeladas dulces mientras Coke se lo pasa bomba con una “tostá de pringá”.
La ciudad es grande y limpia así que pensamos en pasear por sus adentros. Aparcamos en un lugar tranquilo y nos perdemos en un mercado auténtico, con personajes sonrientes. En un puestecito aparece un morito vendiendo fruta, y realmente me suena su cara y su camisa hortera, pero cuando me ve, agacha la cabeza.
Andalucía tiene cosas buenas, y cosas malas, como todas partes. En cuanto a normas de circulación tiene un sistema distinto. No es necesario llevar casco ni con motos pequeñas ni grandes, pero eso sí, te obligan a llevar el airbag puesto por si acaso.
La mañana sigue entre pueblos costeros hasta darnos un baño en el Puerto de Santa María. Yo me meto una siesta del cordero (aquella que se hace antes de comer) y vuelvo a la furgo a preparar la comida y a revisar que está todo en su sitio. El “gorrilla” nos ha cuidado bien las cámaras y demás juguetes tecnológicos.
Decidimos bajar a Cádiz y así Raquel puede dar una sorpresa a su abuelita. La sorpresa dura lo que duran los sueños y nos vamos haca Sevilla para poder saludar yo también a mis tías y cenar con ellas. La carretera va quedando atrás y el sol desaparece a lo lejos ofreciendo los colores de esa hora perfecta para retratar. Les digo a mis compañeros de viaje que paremos para aprovechar la luz y de repente, aparece un toro de Osborne en las montañas. Como yo no entiendo de políticas animales decido pedirle a mi primo que nos haga unas fotos “Typical spanish” pero con el torito desenfocado, no sea que nos quite protagonismo. Lo que no contamos es que aparezca un extra y me quiera quitar la novia. Le dejamos porque el tipo no tiene desperdicio y necesitamos alguien que nos aguante el reflector, así que un intercambio siempre va bien.
Abandonamos el toro y sus folklores para llegar a Sevilla y meternos en un bar de tapitas que no tiene parangón. Mi tía lo describe: “te pidas lo que te pidas está bueno”. Así que no discutimos y dejamos que ella decida. Cierto, todo riquísimo.
La digestión la hacemos en una zona residencial a las afueras de Sevilla. Mañana vamos hacia Cáceres y queremos descansar.

Fotos: Juan Muñoz

pueblos blancos

Julio 6, 2007

Sra. CARACOL

En el “Mundo de Oz” su protagonista Dorothy, siguiendo las instrucciones del hombre de hojalata, seguía un camino de losas amarillas en busca del mago que la ayudaría a volver a su casa. Por desgracia nosotros ya somos un poco mayores para hablar con espantapájaros, pero esto no me impide seguir creyendo en la magia y en la ilusión de los cuentos así que soñandome la heroína de uno de ellos y siguiendo los consejos del chamán Alvarado, escogemos el camino de los pueblos blancos, eco de recomendaciones turísticas en todas la guías de España, para jugar a castillos y cuentos andaluces.
Escapando del calor marbellí la furgo serpentea acalorada y renqueante a medida que nuestros ojos exprimen los últimos rayos de un sol mandarina que me ciega detrás de cada curva de la Serranía de Ronda. Con las últimas gotas conocemos a la dueña de tantas montañas y aunque no nos detenemos, nos enamoramos enseguida de esta población llena de rincones perfectos para el paseo. Mientras circulamos por sus calles pienso que no me importaría nada vivir en esa nueva Ronda, lejos de las que ya conozco, Litorales y Meridianas atestadas de coches gritones cada mañana.
Pero aún queda mucho camino y tenemos que encontrar un lugar tranquilo para dormir. Morfeo escoge por nosotros y nos coloca en Setenil, primera piedra blanca y mora de nuestro camino, resistente a siete ataques cristianos. Las luces nocturnas del pueblo nos permiten intuir una visita madrugadora interesante, así que nos esmeramos con la cena, que esta noche tenemos invitados a los que convencer de que no somos tan hippies como dicen por ahí…
Tras confirmar con el primo Juan que la furgo es mejor que un restaurante de cinco tenedores, entramos en el negro de los sueños. Pero esta noche Coke se ocupa de recordarnos que los perros también se ponen malitos de vez en cuando y su barriga le obliga a despertarnos a intervalos de pesadilla para abrirle la puerta.

Finalmente llega la mañana y con ella el ansiado paseo por las casas-cueva, que excavadas en la roca se esconden de nuestras curiosas ojeras. Me sorprende los frescas y oscuras que parecen y una vez más me maravillo ante la capacidad del ser humano de adaptarse al medio que le rodea…Tras las fotos de rigor, o testimoniales, como dice el primo Juan, seguimos avanzando hasta nuestro siguiente elegido, Olvera, que a estas horas ya exhibe un sol alto y generoso que hace imprescindible un cafecito con hielo en una terraza solitaria. Recuperados del impacto térmico podemos enfrentarnos a sus cuestas encaladas, pero el esfuerzo es en vano. Nuestros jadeos nos convencen de que estas calles no esconden demasiados caramelos, así que movemos pieza hacia un nuevo un escaque. Eso si, antes de irnos, un obrero impoluto, uniformado del color de las paredes que pinta, nos confirma lo que muchos llevan gritando desde hace mucho tiempo: QUE EL CHE VIVE!!!
Tras el subidón revolucionario nos reclama un mullido Algodonales, obligatoriamente blanquísimo para hacer honor a su nombre. Nada mas bajar de la furgoneta me invaden sensaciones de mi infancia y recuerdos de mis años pasados en Andalucía, el olor a jazmín y azahar y la luz siempre protagonista. Nuevas paredes albinas nos acogen y nos sirven de escenario de nuevos personajes: geranios faralaes en las paredes, perritas casaderas para Coke y viejetes “cantores” que hacen que olvidemos todas nuestras ralladuras laborales.
Para el almuerzo de esta jornada escogemos las orillas del embalse del Gastor aderezado con guiris en canoa y restos de bosques milenarios anegados por las aguas, un lugar lo suficientemente tranquilo como para acunarnos en una improvisada siesta veraniega. Mis pies lo agradecen y se duermen tranquilos después de refrescarse en las aguas del pantano.
La cercana Zahara promete un buen cafecito activador y un Castillo-mirador alto-alto para fotografiar tejados. Por desgracia o por las fechas estivales, tanto monta monta tanto, la sobremesa terracera está atestada de turismo cinquentero y no queda ninguna sombra generosa donde evaporar la digestión, así que fotografiamos rápidamente las camas de gatunos y partimos hacia Grazalema con el aire acondicionado saliéndose por bulerías.
Nuestra siguiente musa nos recibe con calles empinadas, casas soñables para comprar y restaurar y fuentes generosas que reparten agua por los cuatro o los siete caños. Una vez más siento la simpatía andaluza en los rostros de los vecinos y mi mente me imagina instalándome en uno de estos barrios y conversando con ellos en el parque, en la carnicería o al comprar el pan.
El sol poco a poco nos da una tregua y nos susurra que más adelante nos espera un paisaje salpicado de marrones y verdes arbolados, el Parque Natural de Grazalema, que pone a prueba nuestros conocimientos (ínfimos en mi caso) ornitológicos. Entre vuelos de buitres y planeos de supuestos milanos transcurre nuestro viaje, lento y reposado, fluyendo tranquilamente hacia nuevas cámaras blancas que nos sirvan de escenario de otras historias.
Villaluenga del Rosario se cuela en nuestra ruta y ofrece como reclamo turístico un río subterráneo que la abre en canal, pero esta vez la guía se equivoca y de esta oferta ya no queda ni el murmullo prometido ni el cauce imaginado. La decepción nos pone en marcha a toda prisa, pues la luz va cayendo y nos recomienda visitar el ultimo elegido del día, Arcos de la frontera.

El ritmo cardiaco se eleva a 120 a medida que escalamos sus calles empedradas. Enseguida descubrimos la imposibilidad física de acceder en coche a sus cuetos y el monopolio de las motocicletas adolescentes que cabalgan temerarias por las cuestas, contaminando de pitidos y rugidos el empinado atardecer. Finalmente el esfuerzo alpinista  encuentra su recompensa en la Iglesia de San Pedro, bonita y tranquila, aunque enfurruñada: hoy le ha robado el protagonismo una pareja de novios que está haciéndose fotos en su plaza y que han elegido el aledaño ayuntamiento como testigo de su acuerdo. El primo Juan pone en práctica sus dotes de “Don” y de fotógrafo para retratar a algunas de las invitadas que entre risas me recuerdan que mi pareo playero no es nada apropiado para la ocasión. Así que me lo recoloco y avanzo con Coke por nuevas calles paseadas por vecinos con apellido de sit-com inglesa. Los Smith provocan la risa de nuestro can y todos aprovechamos su energía risueña para deshacer el camino hasta la furgoneta y despedirnos de los últimos rayos ocres de nuestro fiel compañero en este viaje . Quizás porque ha sido generoso y nos ha cargado las baterías hasta arriba, o quizás porque sopla el viento y esto siempre provoca decisiones ventoleras, decidimos ir a Sanlúcar de Barrameda, así que después de despedirnos de él y de invitar a su novia plateada a una cena improvisada en la furgoneta continuamos nuestro camino hasta el pueblo gaditano. Nos recibe el botellón adolescente que ha okupado sus playas y paseos con maquillajes quinceañeros y gominas encrestadas, así que una vez más tenemos que buscar el silencio en las afueras del pueblo. Afortunadamente éste no tarda en aparecer, y cuando por fin lo escuchamos, cerramos los ojos y respiramos.










cabo de gata

Julio 4, 2007

Sr. CARACOL

Un pequeño agujero vacacional aparece en mi calendario de Julio casi por arte de magia. Mis responsabilidades como profesor de universidad se evaporan con la llegada del verano y la parada hasta enero que se ha tomado dzero me dan la posibilidad de marchar unos días hacia el sur.

Llegamos a CABO DE GATA al mediodía. Es de los pocos lugares de EUROPA que te ofrecen playa y desierto. Nosotros empezamos por la playa, una solitaria en CARBONERAS, transparente y perfecta para hacer un poco de submarinismo. En cuanto veo la primera medusa a un palmo de mi cara, decido salir del agua. No hay nadie, así que no tienes que preocuparte por desnudarte o si Coque puede o no hacer un poco de snorkel canino. El paisaje es casi perfecto: rocas, arena, agua transparente, montañas con aspecto lunar, y un enorme hotel rodeado de monstruos de hierro que han quedado petrificados para siempre. Alguna ley tardía debió paralizar las obras del complejo cuando el constructor ya no tenía dinero ni para tirarlo abajo. Así quedará durante años, seguro. Vamos hacia el interior camino de Níjar para tomar el desvío a Campohermoso. Un pueblo que bien podría ser una aldea mexicana: ropa tendida en la calle, frente a las casas blancas, gente de todos los colores sentados bajo la sombra de un árbol…
 

La guía que llevo sobre mis manos habla de un lugar que llama mi atención: “El Cortijo del Fraile”, allí donde situó Federico García Lorca su obra “Bodas de Sangre”. Nos perdemos por caminos llenos de polvo e historias de bandidos hasta llegar al lugar, en el que se respira un ambiente extraño. Sin duda, te castigas por no haber practicado más la lectura en noches de insomnio cuando eras joven y deseas como una rata de biblioteca llegar a casa para leer lo que escribió Lorca y saber qué pasó allí. Llega la hora de comer y la sombra de unos árboles nos protegen perfectamente para montar el restaurante. Se respira paz, una paz extraña, truncada en la historia de la literatura por alguna muerte sangrienta, pero ahora solo pensamos en comer.

Montamos la hamaca para probar la tan cotizada siesta andaluza, pero el señor del tractor ha vuelto de su hora de comer y se ha puesto a hacer rallies alrededor nuestro, así que levantamos el campo base camino de RODALQUILAR. 
Siempre he llegado por la costa hasta este pueblo, pero esta vez, la excursión al Cortijo del Fraile me hace llegar por las montañas en un camino un tanto pesado. El premio llega pronto al encontrar en el camino los restos de una de las minas de oro más importantes de España, en los años 30 y 60. Todo está lleno de cuevas, de restos de edificaciones, de olor a esclavitud, a trabajo duro en uno de los lugares más secos de Europa: puras historias con olor a oeste americano.
Bajamos hacia el pueblo y visitamos la Oficina de Información para recoger algunos mapas de la zona y chafardear un poco. Es necesaria la parada en el antiguo poblado minero, justo al lado del actual Rodalquilar. Los guardas del Parque Natural cometieron un enorme error al tapiar el antiguo poblado para evitar la visita de los okupas. Ahora, la mezcla de ladrillo con los antiguos materiales rompen con el encanto. Me encantó la aparición de un graffiti rastafari en varias paredes del poblado sobretodo al lado de esta vieja publicidad. Sin duda alguna, estamos en un lugar de autentico “Sol de España”

Nos alejamos del interior para ir a recorrer la costa, desde la Isleta del Moro hasta San José y allí encontramos lugar para dormir. Un paisano nos informa de dónde podemos colocar la furgoneta. Esa noche, a las 4.30 de la mañana empieza el rodaje de una producción portuguesa. La verdad es que mi intento de desconexión de los mundos audiovisuales se ha visto truncado por unas horas y me plantan un generador, focos y camiones de producción alrededor de mi pequeño espacio, pero lo tolero bastante bien.
Así que aparcamos donde ordena el señor y aprovechamos los últimos rayos de luz para darnos un bañito, coger las bicis para acercarnos al pueblo y preparar una cena cargada de embutidos y pa amb tomàquet.
La última meadita de la noche me regala una luna casi llena que se refleja en un mar calmado y silencioso. Las estrellas iluminan mis pasos y me pongo a dormir. Raquel lo ha hecho un rato antes.
Son las 5 de la mañana y empiezo a oír gritos en un idioma que no es el mío. Me asomo por la ventana y veo un perfecto equipo de rodaje filmando una escena de la película portuguesa. Supongo e intuyo que jamás aspirará a un Oscar ni la veré de estreno en las mejores salas pero a mi me han despertado con gritos del supuesto actor principal.
He conseguido seguir durmiendo y cuando despierto, justo antes de las 9 de la mañana, aparecen Coque y Raquel recién bañaditos. Ya no quedan restos de rodaje alguno y volvemos a estar solos frente a la playa. Aprovecho para darme un baño matutino antes de empezar a dar vueltas a las naranjas para hacer un zumo.

Antes de salir hacia la playa de Mónsul aparece un viejo chamán indio que nos sorprende con algunos bailoteos y trucos culinarios. Seguramente ha pasado demasiadas noches en la Haima que anima las noches hippies del lugar.
No queda mucho por visitar y decidimos ir hacia el propio pueblo de CABO DE GATA para comprar algo de comida y reponer la nevera. De camino recuerdo la vieja iglesia junto al mar en la que el año pasado nos pegamos una siesta Roser y yo mientras Marc hacía fotos. Vamos hacia allí. El pueblo ha vivido durante muchos años del mar y aún conserva el espíritu pescador.
El bañito en la playa pide una comida, a base de ensalada completa con trocitos de pollo. Se acerca la hora de abandonar el CABO DE GATA, para tomar camino hacia Marbella. Allí mis primos me esperan para recordar momentos de nuestra infancia. Quizás no coincidimos los tres desde el 94.
El camino va a ser largo ya que decido pasar por el desierto de TABERNAS y enseñar a Raquel los poblados del oeste y los auténticos platos de cine donde se rodaron “El bueno, el feo y el malo” y otras grandes películas de la historia del Western. La caprichosa furgo se pone tonta y me pide que paremos para ponerle aceite. Una luz parpadeante exige prisas y no estamos en el mejor lugar. Necesitamos más de dos horas para poder completar la simple tarea de encontrar una lata de aceite… pero la furgo seguirá recorriendo kilometros. El viaje no ha hecho más que empezar.

P.D: es la última sesión en la que aparece el dichosito puntito en todas las fotos. el primo juan me ha limpiado la cámara por dentro.