Sra. Caracol

Cerrando el círculo, confirmo la belleza de esta zona de cuento. Garganta con nudo de corbata al comprobar que es tan bonito como la primera vez… o quizás más. Gamas de otoño que pujan por su morada desbancando los verdes estivales. Un desfile de bellezas ocres, amarillas, rojas y naranjas me devuelve sensaciones primigenias,  de cuando el hombre podía oler las estaciones. Una subasta de árboles sublimes para el diafragma del visitante. Mi alma se catapulta a través de mis pupilas y brinca de color en color, cada vez mas cerca del orgasmo cromático. Piel de arena en cada recodo colorado y hambre de libertad en cada nuevo ascenso. Aldeas entre valles que me dicen de plazas medievales donde se vendía pan y acero. Olor a lar antiguo e historia de puchero, emerge de cada chimenea del pasado. Caminatas sanadoras del espíritu en esta campiña de sosiego. Mi corazón tamborilea un ritmo frenético cuando me siento viva en estos campos, cuando el viento me arranca el sombrero y me inunda una carcajada de euforia que rebota en los monolitos del paseo. Días de castillos y grutas, con 150 escalones que se descuelgan hacia el útero de la madre tierra, entre formaciones que se me antojan alienígenas. Cuatro días que parecen cientos. Gargantas del Tarn que cambiaron mi rumbo hace casi dos años. Hoy cerramos un viaje que, hace ya! dos años, fue el inicio del nuestro como círculos concéntricos.

SR. Caracol

La escapada por las Gorges du Tarn va llegando a su fin y decidimos cerrar el círculo que dejamos abierto hace dos años. Esta vez, en lugar de coger la carretera N-106 desde Florac, con dirección a Nimes-Barcelona, decidimos seguir por las Gorges de la Jonte para llegar de nuevo a Millau. Pero no penséis que esto lo vamos a hacer del tirón, no, tardaremos un par de días.
La primera parada es Nîmes-le-vieux, ya en el Causse Méjean, una zona bastante despoblada. El lugar debe ser un paraíso para los geólogos, pues las rocas son su único protagonista, bueno, las rocas y el viento. Su formación se debe a la erosión de las aguas del mar en eras que se alejan demasiado de nuestro tiempo; demasiado como para poder imaginar que algún día aquí nadaban peces libremente. Ahora son los buitres los habitantes de lujo de este mar de rocas que dibujan formas caprichosas. El paseo dura algo más de una hora en este infinito de piedras a 800 metros de altitud. Decidimos regresar, pues no hemos dejado miguitas de pan en el camino y todo nos parece igual. Coque, por suerte, nos hace de guía de vuelta a la autocaravana. 
Tomamos decisiones mientras preparamos un aperitivo aprovechando un sol que había estado escondido toda la mañana. El próximo destino será la Grotte Dargilan, la “cueva rosa”, descubierta en 1880 por un pastor que buscaba la madriguera de un zorro. El lugar es sin duda increíble para los que no tenemos experiencias espeleológicas. La parte superior es un gran agujero donde cabría una iglesia, formada por hundimientos de hace más de 30.000 años; la parte inferior son una especie de pasadizos creados por el paso de un río subterráneo. Se pueden ver sus aguas cristalinas si se bajan los más de 150 metros en dirección al centro de la tierra. Una experiencia para todos los sentidos.
Seguimos el camino por las Gorges hasta llegar de nuevo a Le Rozier. Tan solo son las 5 de la tarde, pero decidimos parar por hoy y dar el viaje por acabado. 
P.D. No hace falta que os diga que es uno de los lugares más recomendados, sobre todo para los Catalanes, que lo tenemos a 4 horas de casa. Perfecto para recorrer en pareja con un coche y tienda de campaña, o si hay un poco más de presupuesto, improvisando en los montones de hoteles y casas rurales que hay por la carretera. Espero vuestros comentarios después de haber visitado estas tierras!

SR. Caracol

La mañana en Sainte Enimie aparece tapada por un manto de niebla que va descubriendo las montañas poco a poco. Los colores se van pintando despacito con la salida de un pequeño rayo de sol entre las espesa capa de nubes. Raquel y yo empezamos a pasear por las calles aún dormidas. El sol aparece y con él las mariposas, los pájaros y algún que otro habitante. A lo lejos, en la montaña, se oye el jaleo de los niños entrando en la escuela. 
Antes de dejar el lugar, compramos un pan exquisito con forma de herradura y unos quesos de cabra. Son las 11, la hora perfecta para hacer un almuerzo y probar estos productos autóctonos  con lomo ibérico de La Vera (Cáceres). 

Sainte Eminie es uno de los enclaves turísticos más importantes de la zona y ofrece cantidad de posibilidades a los viajeros. Nosotros nos decantamos por una que desconocemos bastante, el mundo arqueológico. En el Mont Lozère, que da nombre a toda esta región, se encuentra La Cham des Bondoms, un lugar donde se esconden 150 menhires, 4 dólmenes y más de 30 monumentos funerarios. Pero si os digo la verdad no vale la pena ir a verlo, la decepción es importante. Quizás tenía demasiado reciente el artículo sobre Stonehenge que leí hace un mes, o quizás soy demasiado optimista, pero después de andar durante 4 horas, lo único que ves son algunos menhires de menos de un metro de altura colocados de forma aislada. Preferiría haber visto 12 menhires creando un pequeño monumento que 150 esparcidos en kilometros de un camino pedregoso. Lo que si vale la pena es el paseo por estos campos franceses donde el aire que se respira es puro y la energía que lo impregna todo muy especial.
Abandonamos Bondoms con la intención de llegar a Florac y hacer noche allí. Mañana será otro día; por hoy es suficiente, aunque solo sean las 6 de la tarde. 





Sr. Caracol

Hoy despertamos temprano y me voy con Coque hasta la oficina de turismo a buscar algún mapa de la zona. La gente me saluda por la calle. El sol aún no ha salido. Decidimos ascender a lo alto de una montaña, donde hay una cruz y se intuyen unas vistas de pájaro.

La pista que sube es muy pronunciada y no podemos evitar recordar que hace un año empezamos nuestro viaje de 3 meses por Europa , asi que comparamos el camino con el que nos descubrió algún monasterio en Metéora, Grecia. Cuando faltan unos metros para la cumbre, unos buitres empiezan volar en círculos a nuestro alrededor.

Los restos de un pueblo de otro siglo nos hacen soñar con una vida auténtica en lo alto de esta montaña. Las vistas son realmente increíbles, se ve Le Rozier abajo, en armonía, con sus casas de piedra, y la fusión de las aguas del Tarn y la Jonte.

El último tramo hay que superarlo en una especie de Via Ferrata. Raquel y Coque se quedan sentados y yo subo un poco más, hasta que una escalera de unos 6 metros me frena. Los buitres flotan a mi misma altura, y decido que si ellos no suben más tampoco tengo por qué hacerlo yo, no sea que me convierta en carroña.

Al llegar a la auto nos espera un premio, al que ya no le quedan muchos días de vida: un jamón de bellota que nos regaló Paco para nuestra boda. Y qué bien entra con un vasito de mosto, queso francés y pan con tomate!

Después del aperitivo seguimos nuestro camino y nos encontramos de nuevo con La Sablyere, un pueblo que se funde con las rocas al otro lado del río. Antiguamente a estos pueblos se cruzaba en barca, pero muchos de ellos hoy disponen de una moderna tirolina para pasar mercancías. Entre parada y parada llega la hora de comer y nos detenemos al lado del Tarn en el pueblo de Les Vignes. Es, sin duda, uno de los mejores lugares donde aparcar la auto. Lo tiene todo: árboles que hacen sombra, el agua a menos de 5 metros, un pueblo bonito y tranquilo al otro lado, y sobretodo, la seguridad de que nadie te va a echar de aquí. Raquel y Coque juegan con palos mientras yo preparo el menú del día.

Ya saliendo de Les Vignes, y en dirección a Sainte Enimie, nos encontramos con La Croze, un conjunto de casas con aire de pueblo fantasma, olvidado. Pero tan cuidado que parece que por las noches alguien sale a cortar la hierba y cuidar las flores.

Después de unas cuantas curvas más, alguna otra aldea perdida al otro lado del Tarn y unas cuantas canciones de fondo, llegamos a nuestro destino de hoy: Sainte Enimie, según los entendidos, unos de los lugares más bellos de Francia. La leyenda nos la explica Bertrán de Marsella en un romance del siglo XIII donde narra que Santa Enimia, una princesa merovingea que enfermó de lepra, descubrió un manantial de donde emergían aguas curativas. Cada 6 de octubre sus habitantes celebran una curiosa romería en una ermita que hay en lo alto de la montaña. Por pocos días no coincidimos para verla!

Aparcamos de nuevo junto al río, damos un paseo con Coque, cortamos jamón, vemos una de Bergman… y se hacen las 9, la hora de dormir en este pequeño rincón del mundo.









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Sr. Caracol

Hace casi dos años que viajo acompañado de dos polizones que se han subido a mi casa sobre ruedas y no se quieren bajar. Hace casi dos años que escribí mi primer post en un blog y hablaba de este lugar, las Gorges du Tarn. Lo que no sabía hace dos años es que mi acompañante recién conocida sería hoy mi mujer y que volveríamos aquí en nuestra pequeña honeymoon. 

Es miércoles y salimos de Barcelona lloviendo. En algo más de 3 horas llegamos a Port-Leucate, una pequeña zona costera cerca de Perpignan. Allí decenas de autocaravanas y furgonetas surferas descansan en la costa. 

Nos levantamos temprano y seguimos el viaje dirección a Millau, la ciudad que hace dos años me regaló las mejores crepes de mi vida, la ciudad donde redescubrí a Nick Drake y sobre todo, la ciudad donde empezó todo. Repetimos en “La Creperie” y nos hacemos una foto de familia, esta vez con Coque, que no vino en el primer viaje.

La autocaravana empieza a recorrer las carreteritas que serpentean el río Tarn dirección a su nacimiento en el monte Lozère. 

El paso de los años ha hecho que el agua esculpa un auténtico barranco en este macizo calizo de los Grands Causses y las paredes llegan a tener 500 metros de altura. En las cumbres se pueden descubrir unas mesetas conocidas como “causse” que son unas estepas en las que el viento frío y las rocas surgidas del suelo nos hacen creer en otro planeta. 
Nuestra primera parada es en el castillo de Peyrelade. Un pequeño paseo con una gran pendiente nos lleva hasta sus puertas y allí nos detenemos durante un buen rato a jugar con los colores del otoño: los rojos, ocres, amarillos, naranjas y marrones.

Seguimos hasta Liaucous y allí comemos junto a un prado verde. El sol juega con las nubes pero siempre vence y pone el termómetro a 24 grados. Perfecto para pasear por el pueblo, que, como todos los de esta zona, se presenta absolutamente tranquilo, sin comercios, sin ruido, sin suciedad y sobre todo, sin cemento y homigoneras. 

La jornada acaba en Le Rozier, un lugar estratégico, pues se cruzan varios caminos y rutas. El pueblo es bonito y ofrece al viajero una pequeña oficina de turismo, una panadería y un kiosko, lo justo para salir del paso. Eso sí, horario de invierno, de 8 a 10 de la mañana. Continuará.



SRA. CARACOL
Volver. Una desazón gris se me ha adherido a la piel como una compañera incordiona. Me persigue desde hace algunos días y no se separa de mi. Me llena de melancolía y hace que todo el viaje parezca un sueño. La realidad empieza a materializarse en palabras que empiezan a sonar en nuestros desayunos caraveneros: “regreso”, “trabajo”, “final”, “se acaba”… y no puedo evitar hacerme la remolona y resistirme… como cuando los domingos ronroneas en la cama y te escondes bajo las sábanas estirando esa placentera sensación de semiinconsciencia hasta que tu Pepito Grillo te jalea que debes levantarte. “Solo unos minutos más… por favor, se está tan bien….” Así que lucho contra las horas que pasan, contra los días que se acaban, contra la idea de que estas aventuras ya no volverán, que se instalarán en mi memoria como un recuerdo más, lleno de colores y olores, de risas y encuentros, de sueños y recuerdos.
Pero en el fondo estoy contenta, porque allí, en mi imaginario, estas vivencias serán siempre colores vívidos, olores sabrosos, risas felices y encuentros especiales, incluso más que los que en realidad vivimos. Así ocurre siempre, cuando pasa el tiempo, lo bueno lo evocamos mejor de lo que era, y lo malo, menos mal, acabamos olvidándolo.
Pero lo mejor de todo es haber podido aprender, un poquito, que los caminos se hacen caminando, no imaginando, que la vida nos la podemos diseñar nosotros mismos con un poquito de ganas, que los sueños se pueden cumplir aunque “parezcan de locos” y que no hay reglas escritas parea ser feliz. Que lo bueno del viaje no es la meta, son los frutos que recoges viajando. Que las metas son modificables. Que se puede vivir sin un plan e improvisar destinos. Que somos muuuyyyy afortunados por haber podido descubrir todo esto. Que el tiempo es una medida relativa, sobre todo el tiempo de los sueños, donde todo tiene otra dimensión, donde las cosas a veces pasan muuuy despacio y otras se aceleran sin marcha atrás. Como en una película a cámara rápida. Pero nuestro tiempo, ese que hacemos nuestro mientras lo vivimos, ese es el que marca la diferencia, el antes y el después de los viajes que emprendemos en la vida, de las decisiones que tomamos, de los riesgos que corremos, de las cosas que dejamos o empezamos. Un tiempo de viaje para vivir una vida. Una vida en el tiempo para recordar cuando volvamos.



madagascar 01 (paris)

Septiembre 23, 2007


Estoy en Paris, sentado en un café de aeropuerto, viendo pasar las horas, el tiempo, la gente. Y me estoy preparando mentalmente para el viaje. La semana pasada leí un dicho africano a los europeos que me hizo pensar: “Vosotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo”, seguramente es cierto. Vivimos condicionados por las horas, por los relojes, por los minutos. Tenemos todo cuantificado. Y ahora estoy releyendo el “Petit Príncep” edición catalana y habla de eso, de los estúpidos que somos los adultos, que tenemos que cuantificar todo con números, cifras, precios. Las casas no son bonitas, ni rojas, ni con suelo de “rajola” típica del Perelló; necesitamos decir que alguien se ha comprado un chalet de 300.000€ o que un amigo paga solo 1100€ de alquiler en Gracia.
Ya os he dado dos pistas de porqué estoy aquí, voy a África, a la África más remota en busca de un libro, en busca de una edición especial del “Principito” en Malgache, la lengua de Madagascar.
Para los que os interese, os contaré la historia desde el principio.
Hace 3 semanas Toni Arbonés, mi gran amigo escalador y montañero; Raquel y yo, cenábamos juntos en Siurana. Coque estaba atado a un árbol en la calle, mirando a Campana, su perro amigo. Toni andaba con mil dudas. Le habían propuesto participar junto a los mejores escaladores del planeta en un documental en la cuarta isla más grande del mundo. Pero Toni, que ha sido el liberador de puñados de vías en todo el globo; que ha equipado decenas de vías en montañas de toda Catalunya; que se ha enfrentado a 14 días encerrado en una tienda de campaña a 5000 metros de altura, no tenía suficiente motivación para el reto que se le presentaba. Él no me lo ha dicho, pero creo que debe ser la crisis de los 40. Y ahí estaba yo, también con mis miedos, mis frustraciones personales y pasando unos días en busca de un proyecto que me motivara personalmente.
Así que Toni dijo la frase sin aparente sentido: “Si voy a Madagascar y traigo el Principito en Malgache, mi hermano me paga el viaje”.
Raquel y yo nos miramos, fruncimos las miradas y dijimos al unísono: “¿Cómo?”. “Si, mi hermano es el mayor coleccionista del libro de Saint-Exupéry en el mundo, lo tiene en casi todos los idiomas que se conocen publicaciones. Solo le falta la de Madagascar”. Yo, lo reconozco, ni reaccioné, simplemente me pareció flipante. Raquel me miró y me dijo: “Alvaro, ya tienes historia”.
Creo que no pasaron más de 3 horas, comprobé que no tenía ningún compromiso, ningún rodaje, ningún concierto y compré los dos billetes.
Toni y yo nos íbamos a Madagascar en busca del libro, y lo que era más importante, a mi amigo se le dibujó una pequeña sonrisa que hacía días no le veía. Quizás le hacía más ilusión esta hazaña, este proyecto, este reto, que subir la montaña más alta del mundo.
Así que esta es la historia, y aquí estoy yo, solo en el aeropuerto de Paris Orly. Toni hace ya unos 15 días que se fue a hacer el documental con la expedición francesa y han conseguido lo que se habían propuesto y han rodado un documental. Yo, si dios quiere, me encontraré con él mañana a las 7 de la mañana en el aeropuerto de Antananarivo.
Ahora solo me queda esperar, sentado, viendo pasar puñados de africanos parisinos, mujeres tapadas de arriba a abajo, familias enteras despidiendo al abuelo que vuelve a Marruecos, y es que este aeropuerto tiene todas las conexiones posibles con África.
Yo, que todavía tengo “pararás” de “l’Amant que no et toca” de anoche resonando en mi cabeza, y que no he dormido más que el trayecto Girona París, esperaré a que salga mi vuelo y sobretodo, que Toni esté allí, esperándome, si no, quizás tenga dos objetivos: buscar el libro y a mi amigo.

gorges du tarn

Diciembre 9, 2006

No te conozco. ¿tú me conoces? lo mejor de los viajes es hacerlo solo o con alguien a quien casi no conoces y volver sabiéndote un poco más, y conociendo a tu compañero o compañera. y si además de eso ni te has planteado el destino y casi te lleva el azar y nick drake, mejor que mejor. 
así que durante el puente nos perdemos por las Gorges du Tarn, uno de aquellos lugares que apuntaré en el cuaderno de bitácora de la furgoneta, que ya ha superado sus 75000 km de edad en menos de dos años. pueblos colgados de la roca, perdidos, a los que solo se llega en un bote cruzando el río; carreteras que no lleva a ninguna parte; castillos solo para tí y para mí…









casa de toulouse lautrec

Diciembre 9, 2006

quizás quedé demasiado afectado por ver la noche anterior “a skin too few”, el documental de 1999 que se hizo sobre nick drake…y se puede ver reflejado en los cristales.
la mañana del 8 de diciembre la pasé en el castillo donde se crió toulouse lautrec… solo dos visitantes y la sobrina-nieta del artista que nos abandonó a media visita por unos terribles y extraños sonidos que salían de su barriga…