SRA. CARACOL
La primera vez que vi a Ainara en directo me sorprendió lo intimo de su música. En un local donde apenas nos habíamos reunido treinta personas, a pesar de la calidad de la intérprete, me alegré al comprobar como en nuestro país podía encontrar una voz y un estilo que nada tenía que envidiar a otras muchas cantantes folkies-country-rockeras, o como quiera uno etiquetarlas, que desde hacia algún tiempo me habían conquistado. Además, aquel día allí también estabas tú… En aquel pequeño local algunos de los asistentes mostraban lo irrespetuoso que se puede llegar a ser con el artista gritando en medio de la actuación mientras la calma de Ainara intentaba sosegar semejantes fieras. Ella solita ayudada de su guitarra consiguió crear un circulo tan íntimo a su alrededor que daba la impresión de estar sola en la sala. Pero los que la queríamos seguir sabíamos que no lo estaba, que sus notas inundaban todo el espacio y nos acariciaban mientras sus labios hablaban de amores lejanos…
La casualidad forzada hace que un año y medio después volvamos a reunirnos con Ainara en Como, casi en la frontera Italo-Suiza. Y a pesar de los grados bajo cero, de la nieve, de repetir país en este viaje y de mil peros más, esperamos impacientes esta voz suya. Cuando por fin llega me vuelvo a encontrar con sus ojitos de niña traviesa dispuesta a enamorarnos de nuevo con su guitarra y con la mantita patchwork donde la trae envuelta desde Madrid. El ampli viaja en la maleta azul y el resto está en su garganta, en su cabeza, en su alma… porque desde hace un año y medio Ainara es nuestro ángel, ella sabe bien por qué… por eso y porque nos encanta su música no podíamos dejar de acompañarla. Lo mismo que Ana, que la conduce por toda Italia para traérnosla sana y salva, a pesar de los italianos… ( los tópicos al volante aquí se confirman).
Hoy en Como el concierto es doble, el entrante comienza en una tienda de discos. Ella se prepara afinando las cuerdas, sonriendo, saludando… y de pronto sus notas llegan de nuevo… y de nuevo me vuelve a pasar como la primera vez, que me parece que se nos ha marchado muy lejos a pesar de tenerla delante y que al irse, nos deja su voz como reflejo de su alma. No somos muchos pero no importa, estamos acostumbrados. Además nos regala temas nuevos aún inéditos, así que esto es un tesoro para los que no podemos con los conciertos multitudinarios.
El segundo plato llega después de una cena con espaguettis y ragú acompañada de lagrimones de la risa recordando anécdotas y aventuras del pasado. El local ahora es agradable y acoge cálido la voz de ella. Unos cuantos se recuestan en los sillones, otros se acercan tímidamente con sus sillas, nosotros la intentamos retratar a pesar de la falta de luz: Ana, Álvaro y yo dudando entre velocidades y diafragmas. En el lado izquierdo de la escena un chelo como acompañante improvisado. Así transcurre otra velada, con la música de esta artista que nos evoca carreteras, espejos y sueños pasados. Con su voz ahora clara y fina, ahora fuerte y personal como pocas. Y con nosotros, sus amigos, escuchándola de nuevo, recordando la primera vez y confirmando la suerte que hemos tenido de haberla conocido.


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SR. CARACOL
No me gusta mirar atrás, pero esta vez volvemos a Italia para ver a la amiga Ainara en concierto. La esperamos 4 días en Montorfano, un pequeño pueblo cercano a Como, una ciudad encantadora al lado de un lago. Aprovechamos para descansar un poco, ahora se empieza a notar el peso del viaje, y la horrible sensación de estar volviendo puede con nosotros.
Si me quedé con una sensación de Italia de país postal, ahora se multiplica. Vale que Venecia es preciosa, que Pisa perfecta para recorrerla en bici y Florencia todo arte, pero Como caso las supera.
Coque disfruta con la nieve y su jersey nuevo mientras Raquel pasa horas haciendo manualidades en la casa caracol… las cortinas han quedado de muerte!
Los conciertos de Ainara, como siempre “psicotrónicos”, que no es lo mismo que “psicotrópicos” y si cada concierto lo recuerdas por algo, este será “aquel concierto en el que un hombre entró en la tienda de discos a pedir algo de Mozart mientras empezaba a sonar Each day a lie”.










SRA. CARACOL
Desde niña había soñado con ir a Venecia. Algo en la idea de canales recorriendo la ciudad y góndolas de enamorados paseando por ellos me atraía enormemente… y ahora se por qué!
Aunque nos recibe nublada y polar, el invierno apenas consigue afearla. Rojos, verdes, ocres, añiles y mil matices entre ellos enmarcan las paredes de los edificios, cada cual más bonito. Cada vez que giramos una esquina aparece otro y otro más allá todavía más romántico que el anterior, con ventanas de madera milenaria y portales regios. Además está el arte, que lo invade todo en forma de catedral, iglesia, estatua, galería, exposición, concierto, teatro, museos… la cultura se lanza en busca del visitante y miles de ofertas diversas inundan paredes de cafés, cristales de librerías o marquesinas publicitarias. Aquí se puede elegir. Pero sin duda lo que más llama mi atención es la falta de ruido… tan solo el murmullo de los cientos de personas que inundan sus calles al pasear o el ladrido de algún que otro perro que se enfada con Coke en nuestro paseo. Y es que aquí no hay coches, ni pitidos, ni humo, ni semáforos… los canales aparecen tranquilos, a veces surcados por alguna embarcación. Tan solo los principales acumulan mayor trabajo con la afluencia de turistas. Así que, por una vez, tengo que reconocer que me encanta una ciudad, me encanta su ambiente navideño, me encantan sus calles llenas de gente inaugurando el fervor consumista, me encantan los puestecillos de adornos artesanales y productos gastronómicos de la zona… un par de chorizos y de fuets se vienen con nosotros para aderezar las habichuelas que nos comeremos mañana! Y esto también me encanta!
Pero sin duda lo que más me gusta es encontrar un restaurante donde una pegatina en la puerta nos indica que los canes son bienvenidos, así que por una vez podemos comer los tres calentitos. Varios perros más acompañan a sus dueños tumbados en el suelo y los camareros les acercan agua para que la espera se haga más llevadera. Nuestro Coque se porta como un auténtico lord inglés y sus buenos modales nos sorprenden a todos! Es tan mono!
A cada paso gondoleros con jerséis a rayas ofrecen viajes en estas vetustas de madera negra, que para la ocasión se visten con cojines rojos y alfombras venecianas. Pero el precio es prohibitivo para nosotros!
A medida que cae la tarde la presencia del agua se hace más y más evidente, y una humedad de hielo empieza a subir de los canales adheriéndose a nuestros huesos con rabia. Es hora de retirarse ahora, hasta mañana que la volveremos a recorrer entera.

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COQUINO, EL CAN
Creo que ya hemos empezado a volver a casa, los olores cada vez me resultan más familiares. Ahora toca Venecia, una ciudad llena de encantos, hasta para los canes. Paseamos por ella despacito, mi mamá está encantada con todo y se distrae haciendo fotos con su recién heredada cámara. No tenía yo suficiente con uno, que ahora son ambos los que se detienen cada dos por tres… yo cuando me canso empiezo a tirar de la correa hasta que oigo un: “mierda, coque, que me sale movida!” y me parto de risa por dentro.
Hace frío, mucho frío, el papastro ha calculado mal la ropa y se está helando, así que acabamos en un restaurante canino. Si, mi gran sueño; un restaurante donde me saludan al entrar unos señores con delantal blanco (soy listo y se que no es el veterinario). Mientras unos miran la carta para decidir, yo miro a otras perritas que han sacado a sus dueños a pasear, y un camarero me trae el menú. Me encanta esta ciudad.
Llegamos a la autocaravana tarde y mi cuerpo esta destrozado, así que mañana me dejarán todo el día solito mientras ellos se van a ver cuadros a un museo.

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SR. CARACOL
Humedad. Talleres Fiat. Japonesa asustada con palomas. Canales con gondolas a 80 euros la hora. Cuadros de Kandinsky, Klee y De Chirico. Un árbol de Yoko Ono. El árbol en la tumba de Peggy Guggenheim enterrada junto a sus más de 20 perros. Decenas de botes de Nutella. Una nevera llena. Volver. Restaurantes caninos. Paris, Texas.





SR. CARACOL
Esta mañana he tenido que preparar más tostadas de lo normal, Kate and Leaf se apuntan definitivamente a nuestro viaje hasta Grecia. Antes de dejar Italia nos obligan a visitar Pompeya, así que hacemos caso a sus recomendaciones y nos obligamos a visitar las ruinas. Confieso que no estoy entusiasmado y me hago el fanfarrón diciendo que vengo de Tarragona y ya he visto todo sobre los romanos, pero nada más cruzar la entrada me doy cuenta de que he abusado demasiado de mi confianza y estoy ante una gran ciudad, una auténtica ciudad romana. Pompeya no son 4 piedras, no son unos restos, no es un lugar turístico a pesar de que más de dos millones de personas lo pisen cada año. Pompeya es historia, son vidas, es energía pura, es muerte también. Raquel y yo cruzamos las calles solitarias con la sensación de estar en una máquina del tiempo con la que Michael J. Fox jamás hubiera soñado y tenemos la suerte de tener instantes de soledad en esta enorme mole. Quizás es que las tiendas están cerradas en la Via de Mercurio o puede que estén todos en el foro, pero las puertas de las casas están abiertas y el atrio de la vivienda de Octavius Quartio nos parece encantador. Es como si acabasen de salir de casa y hubiesen dejado las cosas tal cual… pero la historia nos cuenta que la lava del Vesubio que podemos ver al fondo amenazante llegó hasta ellos de forma inesperada. Me pierdo en los juegos de luces que hacen las ventanas mientras el sol se esconde y sale entre las nubes para ofrecerme momentos que ni el mismo Apolo creería. Los claroscuros son demasiado radicales para los nuevos sistemas digitales y añoro tener una máquina super8 como la que tenía mi padre y poder captar con exactitud y sobre celuloide toda esta inmensidad, pero me conformo con esperar apoyado en una columna jónica a que los cúmulunimbus me hagan de enorme difusor y me permitan obtener unos segundos de imagen.
Como siempre y sin cansarme de repetirlo, me arrepiento de no haber atendido más en aquellas infinitas clases de la historia de Roma, que siempre eran el tema 4 o 5 de los libros de historia de EGB y que cada uno o dos años volvíamos a empezar de forma aparentemente estúpida. Tengo claro que si algún día tengo un hijo, o dos, o tres, les intentaré hacer creer que todo eso que aparentemente es paja para cubrir un expediente y tenerles atados a una silla durante los años más bonitos de su vida es realmente conocimiento, y que su padre un día fue a Pompeya y deseó recordar las clases de historia de Isabel.
El tiempo se nos hecha encima cuando estamos en las termas y salimos de la ciudad para lanzarnos hacia el otro extremo del tacón de la bota italiana. Antes de salir los guardas del parking nos ofrecen vino. No me puedo negar, así que le doy un sorbito al licor que ellos mismos han hecho y me voy corriendo a la autocaravana a llenar mi estómago, poco acostumbrado al alcohol. Bacco aparece en mi mente y me dice que ese traguito es ridículo y que se ha perdido en mi paladar, así que no debo preocuparme.
Salimos hacia Matera, uno de esos puntos que tenemos marcados en el mapa con un circulito negro y relleno en rojo, que quiere decir, por un lado, que unos italianos nos lo sugirieron antes de salir de Siurana y por otro, que nuestra guía Lonely Planet lo recomienda. Pasamos un buen rato intentando aparcar y eso me desespera, pero después de una curva cerrada aparece la claridad, la increíble ciudad antigua de Matera surge frente a nosotros y creemos estar en Jerusalén hace 2000 años. Después de la experiencia de esta mañana entre lava y restos humanos descansando en posturas absolutamente naturales, este es el mayor tesoro que hemos encontrado desde el inicio del viaje. Esta ciudad, Matera, ha sido durante muchos años un centro turístico resacoso de la película “La pasión de Cristo”, donde se rodó. Por suerte ahora ha bajado el interés, la gente está preocupada en contemplar la sonrisa de la Mona Lissa después de ver “El Código da Vinci”.
Dejamos la autocaravana y salimos a pasear en esta increíble ciudad, dividida en tres partes, por un lado la nueva y moderna Matera a la que no le falta de nada; por otra una interesantísima urbe que parece competir con el pesebre que montábamos cada navidad en mi casa, y por último los “sassi”, unas cuevas excavadas en la roca que demuestran la pobreza a la que ha estado sometida esta región de Italia. Las viviendas excavadas son uno de los asentamientos humanos más antiguos que hay en el planeta. No tenemos la suerte de poder entrar en ninguna porque ya ha caído el sol y todo está cerrado, pero eso hace que las calles estén totalmente desiertas y le da un tono más mágico, si cabe, a la visita. No tengo suficiente luz para filmar, pero me distraigo haciendo fotografías de larga exposicion y atrapando las luces de las farolas durante 30 segundos. Este tipo de fotografías te ayudan a conocer el lugar, te obligan a estar quieto varios minutos esperando la perfecta combinación de diafragma y velocidades y solo el “prueba y error” funciona en muchos de los casos. Mis compañeros de viaje son pacientes y pueden esperar en cada uno de los rincones que me atrapan y obligan a plantar el trípode.
La visita acaba pronto y dudamos en quedarnos o no para ver el sol salir y las calles llenarse de vida, pero finalmente optamos por llevarnos esta mágica impresión y no correr el riesgo de ver llegar decenas de japoneses y romper el encanto. Pobres, no me han hecho nada los japoneses y no paro de hablar de ellos!
Salimos de la ciudad para buscar un sitio donde dormir y ponemos “Alberobello” en el GPS. Mañana queremos visitarlo, así que nos quedamos a unos kilometros de él y plantamos el campamento. Como la autocaravana no es “familiar”, Kate y Leif montan su tienda a nuestro lado bajo un árbol y nos despedimos después de una cena conjunta acompañada de una charla larga y tendida hasta las 12 de la noche. Durante la cena confirmamos lo buenos compañeros que son cuando nos explican que entre los dos son padrinos de 10 niños. Solo tienen 25 años y hermanos y amigos les han hecho apadrinar a sus criaturas. ¿Quién querrá que una cabra loca como Alvarito apadrine a su ser más querido?
El lugar no parece muy bueno, ni tan solo seguro, pero estamos cansados y nos dormimos lentamente.
Hoy ya es mañana y el sol entra por la ventana. Un ruido ensordecedor me ha despertado e intuyo que estamos en el lugar equivocado. Saco la cabeza fuera para ver el desconocido lugar que hoy ha sido nuestra casa y veo campos verdes, árboles frutales y a nuestros amigos australianos abrazados junto a sus maletas recogidas. Me comentan que se han despertado con el mismo ritmo molesto y percusivo. Les invito a entrar y preparamos el desayuno, ritual diario y obligado que hace que todo empiece en orden y sin prisa.
Mientras preparo la última tostada aparece un señor por la ventana y nos invita a marcharnos, o eso es lo que entiendo. Le ruego nos deje acabar de desayunar y entiendo que acepta mi propuesta. Raquel le ofrece café mientras veo que está cargando agua en su camión cisterna. Por suerte, con una mezcla de catalán, gallego y castellano te puedes entender con los italianos así que descubrimos que no le estamos molestando del todo, al contrario, el señor nos ofrece agua y nos pide perdón por haber hecho ruido. Sabe que nos ha despertado y se siente culpable por ello. Cuando aún no nos hemos recuperado de su gentileza, el señor desaparece por unos minutos. A su vuelta, dos bolsas con queso casero hecho en sus granjas son sus disculpas por su habernos despertado. Raquel va a charlar con él mientras yo pruebo a mezclar el manjar con un poco de membrillo y me pierdo en la perfección del momento.
Es hora de irse. Pero justo cuando me decido a arrancar un camión nos para y un joven me da una bolsa de mozzarella fresca. Es el chico de la casa de enfrente que nos vio llegar anoche. No acredito, no entiendo, no imagino tanta hospitalidad.
Salimos de allí con “Fly little bird” de Paul Weller sonando aleatoriamente en el Ipod, cuando un pequeño pájaro sobrevuela por encima de nosotros junto a un árbol solitario. Confirmo que mi Ipod tiene inteligencia y sabe poner la canción correcta en cada momento y prosigo el viaje después de una parada técnica para congelar la postal.
Llegamos a Alberobello, ciudad conocida por los “trulli”, sus más de 1500 viviendas de planta circular y techos de pizarra en forma de cono. El parking de autocaravanas es un precioso campo de olivos y estamos totalmente solos. Raquel y yo tenemos la sensación de que hemos hecho bien en empezar este viaje en “temporada baja” de turismo.
Las calles de Alberobello irradian luz, sus paredes blancas por la cal de las paredes reflejan todos los rayos habidos y por haber y el paseo es tan distinto al de anoche que parece imposible que el sur de Italia pueda regalarnos todos estos matices de su cultura pasada.
Esta ciudad, de origen totalmente desconocido, se cree del siglo XIV y su arquitectura tiene un sentido: los habitantes de los trulli tiraban sus casas al suelo cuando pasaba el recaudador de impuestos para así evitar tener que pagar ningún tributo. Cuando el “señor-hacienda” se iba, volvían a levantar su pequeño hogar y todo volvía a ser normal por una temporada. Los preocupados por la vivienda en Barcelona podríais hacer lo mismo… pero no doy ideas… 
Los trulli descansan de la temporada de verano y están tan tranquilos como la Matera de ayer. Pequeños carteles explican que hay trullis-hotel, trullis-restaurante, trullis-bar, trullis-tienda-souvenir, trullis-iglesia, trullis-mentira…
Un pequeño mercado se nos presenta en el camino y decidimos volver a casa a preparar la comida. Nos permitimos un día perfecto y compro langostinos, chipirones y una especie de base de pizza con tomate en una panadería, para customizar a nuestro gusto. Cada uno pone lo que más le gusta, pero todos disfrutamos con la mozzarella natural que nos han regalado esta mañana. La comida y sobremesa se alargan con tantos placeres y me permito poner “Perfect Day” de Lou Reed, interpretada por Antony para rematar el día.
El sol está cayendo y entramos en Bari, ciudad cuyo único interés es tener un puerto enorme desde el que sale el ferry que nos va a llevar a Grecia. La chica que vende billetes me recibe y me pregunta dónde vamos, le digo que a Grecia, me dice que Grecia es muy grande y le digo que perfecto, que la quiero conocer entera y que me da igual por donde empezar así que me ofrece el precio superespecial. Yo, que he calculado unos 500 euros en el salto marítimo, me quedo de piedra cuando me vende un pack familiar de 116 euros por los 4 y la autocaravana. No me puedo creer lo barato de la oferta y la cojo inmediatamente. Faltan solo 90 minutos para que salga el barco. La chica me dice que debe de avisarme que van dos camiones con ovejas y uno con cerdos, le digo que no me importa viajar con animales, así que voy a por los pasaportes y el dinero para pagar.
Llego a la autocaravana con la oferta bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja y Raquel, que se ha encargado de la logística del viaje me dice que los documentos están en una carpeta roja. La cojo y vuelvo corriendo a formalizar nuestros billetes y los de nuestros acompañantes pero algo inesperado sucede. Justo en el momento de enseñar mis pasaportes y abrir la carpeta roja, un kit de supervivencia lleno de agujas, hilos, dedales, botones y demás utensilios se abre en el mostrador mientras 5 chicas uniformadas de azul y amarillo mezcla de cultura griega e italiana empiezan a reírse en mi cara entendiendo que literalmente “la he cagado”. Vuelvo corriendo a buscar la verdadera carpeta roja con el rabo entre las piernas…
Estamos navegando por los mares compartiendo espacio con más 80 camiones. Por suerte estamos en la parte superior (y exterior) de un carguero inmenso. Apago el TOMTOM, la señora que a veces habla, no para de decir “cuando pueda, gire a la derecha y siga recto”.
La noche es oscura, fría, ruidosa por el sonido del motor, llena de conductores rumanos, eslovacos, turcos, pero en una pequeña autocaravana blanca, después de una cena más perfecta que las canciones de la Velvet Underground, las risas en su interior seguramente despierten a Zeus. Nunca olvidaré las carcajadas australianas, gallegas, catalanas y caninas que bordaron la noche mientras mi cabeza se tambaleaba entre el amarillo del limoncello y las olas del mar.

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SRA. CARACOL
Pompeya es como semejante a nada. Nunca la hubiese inventado así. Como en un sueño he podido volver al pasado e imaginarme en el Teatro Píccolo recitando a Aristófanes, o en los jardines de la casa del Menandro cuidando las flores, incluso en el foro asistiendo a una asamblea popular rodeada de pretores y senadores…porque Pompeya es el pasado hecho realidad. Todo está perfectamente pensado y previsto: el sistema de calefacción, el trazado de las calles en perpendicular, la distribución de las casas, el ocio, el sistema jurídico, base del nuestro en la actualidad… así que no puedo evitar pensar que tantos siglos de evolución no han traído demasiados cambios importantes, y que, en esencia, ellos ya tenían lo necesario, incluso más, para ser una gran civilización.
La luz pompeyana nos acompaña de forma celestial durante nuestra visita, mostrándonos cada estancia como el más profesional de los guías. Mientras sensaciones de otro mundo nos invaden, ella nos va enseñando sombras de flores y pájaros dibujados en las paredes hace cientos de años, milagrosamente resistentes al paso del tiempo. Estucados de colores favoritos engalanando las cornisas y capiteles bordados con cadenetas de hojas volcánicas alegran los pilares de este universo casi impensable. Cientos de vidas sepultadas bajo la lava nacieron, amaron, trabajaron, sufrieron y murieron entre estas piedras que hoy se muestran alegres de poder contarnos sus historias, mientras un generoso sol italiano las maquilla doradas para su cita con nosotros.
De pronto una fuente en el camino me hace pensar en animales tirando de carros, reposando después de una dura jornada y en mercaderes refrescándose frente al Vesubio antes de emprender el camino de regreso a casa. En cada esquina elegantes termas ofrecen respiro y hedonismo. Unos metros mas abajo el circo reclama público mientras las fieras esperan su turno asesino. Y al final de nuestra visita, los gestos de los cuerpos quemados por la lava en nuestra retina. Y en nuestra imaginación, quizás también sus gritos.

La noche es ahora la estrella en Matera. La ciudad dormita acunada por Morfeo cuando la alcanzamos, así que, de puntillas, para no despertarla, escuchamos el eco de nuestros pasos sonámbulos que de nuevo transitan la Historia Italiana. Apenas iluminada por algunas farolas, sus sombras nos traen a la presencia la imagen de una natividad prematura. Kate descubre las campanadas españolas de Fin de Año en un breve paseo con guantes improvisados, mientras Leaf y Alvaro abren y cierran obturadores que atestigüen la hermosura de esta bella durmiente. Mi relato sobre uvas despierta nuestro apetito. Además el negro sin estrellas aparece lo suficientemente alto como para forzar una retirada. Eso si, esta noche nos despedimos con un exquisito sabor de ojos.

Amanece en una antigua vía romana cuando un tremendo estruendo despierta a lo dormilones viajeros que descansan divididos en dos estancias, una casa-caracol blanca y una pequeña tienda de campaña. Algo sucede ahí fuera pero quizás es demasiado temprano para comprobarlo. Las dos parejas intentan volver a su ensueño pero la luz se muestra impasible y les grita que es hora de dejar el calor de las mantas, así que el café empieza a hervir y las tostadas chisporretean doradas por la mantequilla. Llegados a este punto los cuatro extranjeros se preguntan que ha sido el ruido que les ha despertado esta mañana de forma tan brusca, pero ninguno tiene la respuesta. La leche reclama atención, avisa que ya está preparada para su cita cafetera así que los cuatro olvidan el suceso y se sientan a compartir este almuerzo. Pero de repente el terremoto ha vuelto y todos se asoman asustados, esta vez dispuestos a descubrir el misterio a cualquier precio. Una de las pasajeras se asoma por la ventana y ve un enorme camión entubado por la espalda sorbiendo agua de una fuente cercana. El ruido de sus tripas al tragar agua es ensordecedor y exacto al extraño ruido de la mañana… Y de repente todo tiene sentido! El amo de la fiera se acerca caminando lentamente con cara de pocos amigos y la chica empieza a temer dejar huérfano a su desayuno. ¿Quién es este monstruo sediento? Y sobre todo, ¿qué quiere este domador de bestias de nosotros a estas horas de la mañana? pero ya no hay tiempo para más preguntas, el hombre ha alcanzado la ventana del caracol y asoma dentro su enorme cabeza hablando una lengua extraña. La chica especula que quizás el monstruo de 400 caballos necesita más espacio para acceder al agua y que su dueño les exige una retirada inmediata de sus dominios. Ante el miedo irracional que empieza a dominarla decide temerariamente ofrecer un café a este desconocido…y de repente todo gira 360 grados…el monstruo de ahí fuera ya no es tal, es un simple camión recogiendo agua para las 150 cabras y 400 vacas de su dueño, el gran Felicce, que nos trae una disculpa por habernos despertado con la alborada. En seguida, la chica, que adora coleccionar historias humanas en su camino, comienza una animada charla con el nuevo invitado mientras el resto de los pasajeros continúan sorprendidos. Felicce le habla de caminos romanos, de las fuentes de esta zona y de sus animales. También le habla de su soledad, y de su duro y rutinario trabajo, aunque esto no se lo dice con palabras sino con los ojos y con el cuerpo que hablan un lenguaje más importante que el de los verbos. Pronto el camión esta saciado así que Felicce termina su café conciliador y se despide ofreciéndoles su ayuda y su casa en cualquier momento. Este gesto emociona a la chica. Algo tan simple hace que ella vuelva a creer en la bondad de las personas y en la autenticidad de la vida, valores que en las grandes urbes parecen en peligro de extinción desgraciadamente. El almuerzo de los cuatro continúa sin prisa, entre inglés y castellano, pero sobre todo entre risas y ganas de conocerse mutuamente para comprobar cuantas cosas tienen en común estos casi desconocidos nuevos amigos. Y de nuevo el día tiene ganas de sorprenderles porque Felicce ha vuelto, pero esta vez no viene solo, le acompañan dos enormes tarrinas de queso fresco recién hecho con leche de sus ovejas y el esfuerzo de sus grandes manos. La chica que sueña con ideales no puede creérselo! Esa crema deliciosa es mucho más que eso, es el agradecimiento de un hombre que por unas minutos ha vivido una experiencia seguramente excitante y diferente en su repetida monotonía, algo que quizás recordará durante algunos días. La felicidad les sonríe a los cuatro que sin dudarlo se lanzan a empalagarse del exquisito regalo mientras el Gran Feliz observa la escena complacido de su éxito. Con esta satisfacción y una tímida sonrisa este gigante nos dice adiós y se aleja de nuestras vidas para siempre. Pero aún queda algo en el tintero del escritor de este cuento así que cuando los viajeros está apunto de seguir su ruta, otro desconocido que vende mozzarella justo enfrente de donde ellos han dormido se acerca con otro presente: una bolsa llena de este cremoso italiano. La chica ahora es una niña de nuevo y se esfuerza por desatar un nudo que se le ha trabado en la garganta. Es tímida para mostrar todos sus sentimientos ante desconocidos, pero tal vez, solo tal vez, para ella esto es lo más parecido a un día perfecto. Y aunque ella cree que nadie se ha dado cuenta de su turbación, el señor caracol, que es capaz de leerla como un libro abierto, extrae una canción del Ipod…

Los robles nos reclaman ya en Alberobello. O mejor dicho Arboris Bellis, una aldea de curiosas casas circulares que debe su nombre a un bosque de ancianos “carballos”, ¿bellos?, por supuesto. Las construcciones autóctonas aquí se dicen Trulli y son preciosas. Encaladas en un blanco pulcrísimo aparecen perfectamente ordenadas en barrios de fábula. Son de una sola planta con el tejado de pizarra y símbolos dibujados en ellos, amuletos para proteger a sus moradores. Normalmente solo tienen una estancia en el interior pero una simpática lugareña accede a enseñarnos la suya que promete varios huecos. Con pena comprobamos que el interior nos decepciona un poco, el título otorgado por la Unesco al lugar y el consiguiente flujo turístico han hecho que hoy aparezca transformada en tienda turística. Un poquito más arriba una abuelita de papel cebolla teje bufandas de colores y nos mira desconfiada. Nuestros saludos con sonrisas la animan a ofrecernos sus labores a un precio justo, así que no lo dudamos. Desde ese momento nuestro cuellos están bellamente protegidos con lanas sedosas frente al viento que hoy ha empezado a oler a invierno. Las viviendas inmaculadas inundan toda la zona y exigen varios días de visita, pero hoy tenemos un barco esperando que nos cruzará a Grecia y no podemos rezagarnos, así que nos regalamos los últimos minutos para la despedida. Nuestro próximo reto: despedirnos del Adriático por la noche, viajar dentro del estómago de una enorme ballena mecánica y despertar con el crepúsculo del Jónico.













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europa07: costa amalfitana

Noviembre 5, 2007

SR. CARACOL
Hoy nos levantamos a una hora razonable a las afueras de Roma. No hemos entrado en ella porque solo de imaginar el caos que debe ser, ni siquiera un bellísimo Coliseo consigue atraerme lo suficiente. El hecho de que Raquel ya conoce la ciudad unido a algunas películas de sábado por la tarde, son suficientes como explicación a tal magnífica y enorme polis.
Notamos como van quedando atrás la Toscana y sus colores y nos vamos introduciendo en una zona menos rica en cromatismos , repleta quizás de historias de mafiosos que la hacen un tanto negra.
Atravesamos Nápoles sin apenas mirar, nadie nos ha recomendado nada interesante en ella. Los foros en Internet hablan del peligro de dejar una autocaravana en esta famosa ciudad y nuestra guía la describe así: “estridente, contaminada, rebelde, anárquica y ensordecedora, con muchos majestuosos edificios históricos mugrientos y desmoronándose”, así que una vez más no hay discusión entre mi copiloto y yo y llegamos a Sorrento, en el sur de Italia. Expertos autocaravanistas recomiendan dejar nuestro caracol en un camping de la ciudad y utilizar el transporte público para movernos por las ciudades y pueblos de alrededor.
El camping sobre el que tanto había leído en Internet está cerrado así que improvisamos y nos metemos en uno que aparece en primera linea de mar. Parece un lugar poco tranquilo por la cantidad de autocaravanas que hay, pero es acogedor, repleto de árboles y con unas vistas únicas de una pequeña iglesia más bizantina que italiana y un diminuto puerto de una treintena de barcos pescadores. No olvidemos que estamos en el enclave donde la mitología griega sitúa a las sirenas, esas preciosas mujeres que confundían a los marineros hasta su perdición.Finalmente Ulises consiguió salir de aquí con éxito en la obra de Homero. 

Es final de puente y no nos habíamos dado cuenta; las autocaravanas cargadas de familias italianas empiezan a despejar la zona hasta dejarnos prácticamente solos en este jardín arbolado a pocos metros del refugio de estos seres mitológicos.
El plan inicial es aprovechar el día al máximo y visitar los pueblos colindantes, sin duda de los más bellos de Italia, pero las energías parecen querer quedarse en este lugar y dejar que nuestras cabezas digieran el viaje con más calma, así que pasamos el día de hoy rematando algunas manualidades en la autocaravana y repasando la ruta de los próximos días. En breve saltamos a Grecia y la logística tiene algunas complicaciones: no hemos solucionado el problema con el gas que tan preocupado me tiene y la última bombona debe estar al límíte. Del propano se alimenta el termo de nuestras duchas matinales, la calefacción que nos ha salvado el pellejo alguna que otra noche de frío, y sobre todo la moderna y silenciosa nevera que alberga mi mayor tesoro: helados. Como novatada nos ha tocado descubrir que cada país tiene su sistema de gas y no se adaptan a nuestra autocaravana. He hecho muchas llamadas, he investigado y todo el mundo me contesta que el problema es que nadie se va 3 meses de viaje, así que no se han encontrado con esta situación. Nosotros, que ya llevamos más de 15 días sobre ruedas, estamos acabando con las reservas de las dos botellas de propano, así que en Grecia deberemos cambiar el sistema de gas de la autocaravana para adaptarlo a las de ese país, eso a pesar de que en el manual pone el típico aviso de “No manipular el sistema de gas bajo ninguna circunstancia”…pero papás de Raquel, no os preocupéis, iremos a un señor butanero griego a que nos lo haga!
El domingo empieza más tranquilo que ayer y la soledad ahora es nuestro mejor tesoro, así que también nos olvidamos de Pompeya, la ciudad archifamosa por su terrible final, y que tenemos a menos de una hora de camino. Decidimos montar la hamaca y pasar el día jugando con Coque, respirando aire puro, leyendo, e invitando a nuestra casa a unos viajeros australianos que hemos conocido. La pareja, de 25 años de edad, son profesores de primaria y hace 8 años que están juntos. Por culpa de sus trabajos en diferentes centros educativos no pueden pasar el tiempo que les gustaría en pareja, así que se han tomado un año sabático para viajar. Este es su séptimo mes y están recuperando el despertar juntos cada mañana, el desayunar con tu pareja… eso que tan pocas veces podemos hacer en nuestras rutinarias vidas.
Sin darnos casi cuenta ya es lunes 5 de noviembre y hace dos días que no nos movemos del mismo lugar, así que preparamos las bicis y vamos hasta la estación de autobús con la intención de conocer la que se supone es la costa más bonita que podamos imaginar. El autobús nos lleva a toda velocidad por unas carreteras de curvas, imposibles de transitar con nuestro propio vehículo. Necesitas años de experiencia para pilotar por este sendero suicida en el que ciclomotores, autos, bicicletas y autocares compiten por llegar primeros a la meta. Nuestro chofer conduce casi por inercia y en cada curva parece que se va a salir. Yo bromeo con Raquel y le digo que he visto unos cuantos autocares al fondo del barranco, pero es que realmente parece imposible que no se desplomen. También había leído sobre esto en varias guías y por eso hemos tomado la acertadísima decisión de viajar en transporte público. Creo que con la autocaravana no hubiera conseguido superar esos 40km que separan Sorrento de Amalfi y Positano, nuestros destinos de hoy.
Cuando conseguimos acostumbrar los cuerpos a esta forma de conducción, parecida a cualquier noria del más moderno parque de atracciones, empezamos a disfrutar realmente del panorama que nos rodea. Llegamos a Amalfi con el cuerpo un tanto revuelto pero con gran interés por recorrer sus calles. El sol nos golpea con fuerza y nos hace olvidar que es otoño, por un momento creemos estar en primavera. Deseamos entregar nuestros cuerpos a Lorenzo para que nos de sus últimos toques de color, pero finalmente nos sumergimos en el interior de esta villa de unos 5000 habitantes que antaño congregó a 70.000 vecinos. La historia nos cuenta que el mar engulló gran parte de la ciudad y su puerto; lo que queda ahora de urbe no da para tanto, así que los cientos de turistas que hay, o llegan en autocar como nosotros, o viven en los gigantes transatlánticos que hay flotando en el mar y que parecen tan grandes como Amalfi entera. Gran parte de los edificios y ventanas de las casas tienen un toque muy arábigo y es que la mismísima Catedral de Sant’Andrea es de estilo árabe-normando siciliano. Creo que a mi profe de arte se le olvidó esta lección porque nunca antes había oído hablar de ella.
Después de un par de suculentos platos de pasta en una pequeña taberna céntrica nos lanzamos de nuevo a la carretera para visitar Positano. A doscientos metros de nuestro destino aún dudamos si bajar del autobús o seguir hacia el camping. Pero en el último momento nos apeamos, cogemos las bicis del maletero y nos lanzamos por la cuesta que nos lleva al principio del pueblo. Aquí ya no hay calles, no existen, todo son rampas y escaleras que descienden hasta el mar. El pueblo es encantador y tranquilo, los ingleses adinerados que han asaltado esta villa en agosto y septiembre ya no están. Nos tomamos un helado en la playa y observamos a un pintor de cuadros en miniatura. Un cartelito pide que no tomemos su obra como un souvenir y que le respetemos como a un artista. Un diploma de la academia de pintores miniatura de New Jersey le acredita como experto en la materia. Su obra es tan pequeña que sé decidir si es merecedor del título o no, pero le hago una foto y me voy.
Subir nos cuesta bastante más que bajar y llegamos a la parada del autobús cansados pero con el regalo de una puesta de sol preciosa. Las motos pasan a toda velocidad casi a un palmo de nuestras caras, durante casi una hora esperamos a nuestra lanzadera hasta el camping. Hay mucho tráfico y el autocar circula lento. Cuando vamos a mirar la hora, el reloj del autobús y el de nuestros aparatos digitales no coincide. En ese momento descubrimos que tenemos un serio problema con el horario. Algo no funciona bien …al final nos damos cuenta de que hace como un par de días o tres que el horario ha cambiado al de invierno. Nosotros, felices, ni nos hemos enterado, aunque durante un par de días hemos notado cosas raras, como que las calles estaban demasiado desiertas por la mañana… y es que claro, nos hemos estado despertando a las 5.45 y a esas horas de la mañana no suele haber gente por la calle. Así que ajustamos nuestros teléfonos, cámaras de vídeo y fotos al nuevo horario sabiendo que mañana o pasado, en Grecia, tendremos que volver a reajustarlo a su latitud. Realmente no nos importa, y seguiremos practicando el de las gallinas, cuando caiga el sol nos recogeremos y al aparecer los primeros rayos, nos levantaremos para emprender la jornada.
La lentitud del autobús empieza a desesperarnos así que Raquel y yo decidimos bajarnos y hacer los últimos kilómetros que quedan en nuestras pequeñas bicicletas. Llegamos a la autocaravana en media hora y nos preparamos una ensalada a base de pechuga de pollo, ensalada, nueces, queso, pasas, pasta, piña…
Mañana hemos quedado con la pareja de australianos, que se vienen con nosotros a Grecia en ferry, así que pasaremos con ellos un par de días o tres por este nuevo país, que espero esconda nuevos secretos.










europa07: la toscana

Noviembre 2, 2007

SRA. CARACOL
Hoy el desayuno se ha presentado antes de lo normal. La noche anterior las vistas del ocaso Toscanense anticipaban un despertar bucólico, así que las 6:45 parece una hora más que aconsejable para salir a cazar rayos divinos. Montalcino nos recibe callado y adormilado. Es viernes de puente y el ritmo cotidiano fluye ralentizado. Las contras de las ventanas todavía permanecen cerradas albergando sueños ajenos y los camiones de la basura aún no han pasado, quizás se retrasen después de la jornada festiva de ayer o se sientan respetuosos con el descanso vecinal… En una ventana casual una abuelita lugareña me confunde con una de sus amistades y me saluda amable. Al girarme y comprobar su error me sonríe y aprovecho para conversar con ella y conocer los secretos del lugar. Hablamos del silencio, de la tranquilidad y del mejor lugar para apreciar la belleza de esta su villa. La cámara de Alvaro confirma la sabiduría de la edad y roba una panorámica espectacular mientras el sol empieza a calentar lentamente. Pronto estará alto y no servirá a nuestro diafragma, así que hemos de apresurarnos. Apenas unos minutos nos lleva contar los adoquines que nos separan del castillo medieval que corona el pueblo. Nos sorprende la congregación de iglesias pese a lo chiquito que es el lugar. Al desandar para seguir nuestra ruta un apetitoso olor a harina cocida y pan recién hecho nos embruja guiándonos hasta un horno antiguo, seguramente regentado por panaderos hijos de panaderos y nietos de panaderos. Hoy nos llevaremos pan de pizza blanco para nuestro almuerzo.
Ya en camino los colores del viaje se cuelan en mis pupilas haciéndome cosquillas, así que no puedo parar de sonreír. Nunca antes había percibido marrones recién arados y ocres sembrados tan intensos. Rojos de parra despojada de los frutos de Baco asoman en cada colina fundiéndose con naranjas rabiosos que compiten por el protagonismo. Solo a veces asoma el verde, como un souvenir de la primavera que espera su turno dentro de cuatro meses. 
Colores ondulantes pintando colinas y colinas pintadas de colores hasta el infinito mientras sueño con nuevos destinos que me ofrezcan otras gamas que tatuarme en la memoria.




COQUE (el perro):
Vaya dos, la mamá y el papastro se han comprado unas bicis y se me acabó el chollo. Ahora ya no me llevan a andar como antes por todas las ciudades y pueblos a los que íbamos. Aunque no me puedo quejar porque esta mañana me han dado un largo paseo por Pontedera, donde mi madre se ha empeñado en conocer a un tal Grotowski. Nosostros, los hombres de la casa, nos hemos ido antes a la autocaravana para hacer un poco de bricolaje. El papastro me ha estado lanzando mi nueva mascota, una gallina, que no huele como el pollo de antes y no me atrae tanto, pero le acabaré pillando el gustillo. Espero me hagan alguna fotito un día de estos y os la pueda enseñar.
De allí hemos salido hacia Pisa, muy cerquita, donde se han empeñado en poner recta una torre que está torcida, pero claro, no han podido porque siempre hay un montón de chinos intentándola aguantar. Los traen en autocares y van en grupos muy grandes. Hacen turnos para sujetar la torre mientras otros les retratan y dan indicaciones: “No, Chun-li, más a la delecha, así, ahora las manos aliba, sonlíe…” después se cambian, y así se pasan el día.
Como el casco antiguo es más bonito de lo esperado, hemos decidido quedarnos un día más, así que nos hemos estado un rato en el parking de autocaravanas que hay cerca del centro. Allí hemos estado jugando un buen rato en la hierba y me he distraído de nuevo con la gallina, que no sé por qué se empeñan en llamarle “pollo” todavía. Deben pensar que no sé diferenciar un pollo de una gallina. Aquí, en este sitio, no paran de llegar jubilados como nosotros con las autocaravanas. No sé por qué mi papastro se ha decidido jubilar a los 30, dice que así es feliz.
Yo me he metido en la cuna pronto y ellos se han puesto a ver una película. Hacia 10 días que cada noche lo intentan, pero acaban durmiéndose antes de encender el ordenador. Hoy les ha dado por un tal Tarkovsky y por lo que he ido oyendo, no era fácil de seguir, así que me he quedado dormido antes que ellos.
Me han despertado a las 7 de la mañana con un gran susto. Vale que sea la fiesta de Halloween, pero yo no estoy para celebraciones. Hasta que no me vuelvan a poner 101 Dálmatas no les seguiré el rollo.
El pesado de las cámaras se ha empeñado en que había una luz bonita para grabar y han salido pitando con las bicis de nuevo, sin desayunar si quiera. Me ha extrañado no oler esas tostadas matutinas que se meten, ni el sonido de la cafetera obligada…
Por suerte han tardado poco y nos hemos ido de allí dirección de St. Gimignano. El papastro dice que tiene ganas de visitar este pueblo, que lo siente cercano. Se ve que sus padres tienen un libro turístico de los años 70 que algún amigo les trajo antes de que él naciera. En el lomo pone PISA-Siena-ST GIMIGNANO, y siempre le llamó la atención y lo ojeó decenas de veces. Doce que el libro siempre ha estado al lado de la mesita del teléfono. Ahora, con los móviles ya no se lleva tanto, pero antes, en cada casa había una mesita a la que los humanos llamaban “la mesita del teléfono”.
Yo, desde el suelo de la autocaravana no veo el paisaje, pero me lo voy imaginando por lo que comentan, y este parece muy bonito. Estamos en la Toscana y los colores están vivos como mi rabo al ver una perrita. Hace un día buenísimo y el jersey que me han puesto para el frío me empieza a sobrar, pero con lo que les cuesta que me lo ponga ya no me lo quitarán hasta pasada navidad, los conozco.
En St. Gimignano también hay parking autocaravanil, aquí en Italia están más avanzados que nosotros. Los autocaravanistas no son considerados “guiris hippies” y se les potencia. Así que en cada pueblo tienen una zona reservada para ellos y por un precio módico (bueno,a veces no tan  módico) te dejan soltar las aguas sucias, poner agua limpia, te vigilan un poquito… y hoy, incluso, un tipo nos ha llevado en furgoneta hasta el centro del pueblo.
Buff, vaya decepción, lo llego a saber y me quedo en mi cuna esperando. El pueblo era precioso en verdad y olía a piedra vieja. Podía meter el hocico por las paredes y notar vibraciones caninas de épocas muy remotas, pero había demasiada gente. ¿Por qué son tan horteras los humanos? ¿Por qué llenan los pueblos más viejos y bonitos de tiendas de souvenirs? ¿Por qué había una señora haciéndose una foto frente a una tienda llena de cerámicas con las formas de la torre de pisa o el David de Michelangelo?
El pueblo está lleno de canes y me distraigo oliendo sus traseros. He conocido una perrita impertinente que mientras la olía me ha estado azotando con su rabito en la cara. Al final he pasado de ella, y mira que era atractiva…
Cuando ya decidíamos irnos al papastro le ha entrado el hambre esa horrible que le entra cada dos horas y se ha empeñado en comer un trozo de pizza y un helado. Pero ese ha sido mi golpe de suerte, me han dado los bordes de la pizza y lo mejor, me he comido medio helado! Pero no era una helado cualquiera, no. Resulta que en St. Gimignano esta el mejor heladero del mundo y lo hemos ido a conocer. El dueño tiene la heladería llena de trofeos y diplomas, fotos y recuerdos, agradecimientos… todo tipo de cosas que le acreditan como el mejor. Había hasta una carta colgada un tanto surrealista de un tal Blair, que decía en un inglés perfecto que toda su familia agradecía lo buenos que estaban sus helados y que sus hijos habían disfrutado mucho saboreándolos. Bueno, pues no era para tanto tampoco, eh! que los del Mozart del puerto de Hospitalet están mejor.
Así que con un menú un tanto turístico, hemos salido de allí con destino al interior de la Toscana, a descubrir nuevos pueblos, nuevos caminos y a buscar un poco de tranquilidad humana, que la necesitamos. Esto de que sea puente ha agitado un poco a la gente y todos se han vuelto locos.

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SRA. CARACOL
Me encanta que la vida me sorprenda, sobre todo cuando los pequeños detalles hacen que un día malhumorado cambie por completo. Esto es lo que he encontrado en Pontedera, un pequeño pueblecito cercano a Pisa en el que nos hemos detenido por un solo motivo: en este lugar está la sede de uno de los laboratorios de teatro más importantes del mundo; en este pueblo el director, actor, dramaturgo y gurú teatral Jerzy Grotowski fundó su Workceter, centro de trabajo actoral y pasó sus últimos años hasta su muerte en 1999 investigando junto a un colectivo de estudiosos del teatro. Los “teatreiros” que lean esta crónica entenderán mi emoción al acercarme a este lugar. Los profanos en el mundo escénico quizás no, pero he de decir que hablar de Grotowski es hablar de uno de los hombres más importantes e influyentes en el panorama teatral del siglo XX junto a Stanislavski, Eugenio Barba, Pirandello, Bertolt Brecht y Heiner Müller entre otros.Tomando el testigo stanislavskiano dedicó toda su vida junto con actores-trabajadores al estudio del oficio del actor desarollando una serie de técnicas y propuestas de trabajo que siguen siendo estudiadas hoy en día por gentes de la escena en todo el mundo. El caso es que hace año y medio mas o menos leí uno de los libros que se pueden encontrar acerca de sus teorías, en concreto “ El método de las acciones físicas”. Desde entonces este hombre empezó a interesarme especialmente, algo en su forma de preparar a los actores me atraía profundamente. Después de dejar mi Galicia natal y mi trabajo en el mundo escénico y trasladarme a Barcelona hace unos meses en busca de nuevos caminos de exploración y aprendizaje, algunas voces me hicieron saber que aquí en Pontedera podría encontrar el rastro de Grotowski. Así que aprovechando el viaje caracolero y con la misma ilusión que cuando decidí adentrarme en el mundo teatral por primera vez, me propuse conocer este laboratorio de actores tan importante y a la vez tan alejado del prototipo de escuela de actor con luces de neón, que muchos conocemos pero que por desgracia no ofrecen demasiado.
Al llegar a la calle en la que se suponía estaba nuestro objetivo empecé a tenerlo claro: este era el lugar. Una calle tranquila en las afueras de la ciudad alejada del ruido, albergaba la Fundación Pontedera Teatro. En estos momentos, cuando mi nervios estaban a punto de traicionarme, apareció ante nosotros el número buscado. Un diminuto y anodino portal era la antesala anhelada. No esperaba menos. Y al entrar, un lugar donde se respiraba arte teatral por los cuatro costados. Eso si, todo de forma discreta y sutil, como siempre ocurre con las cosas importantes; sin carteles de castings-basura ni promesas ridículas, sin ofertas ni descuentos en cursos complementarios, sin anuncios de video-books ni fotos de actores “famosos”…tan solo un sofá antiguo desgastado por el uso y cubierto con un bonito retal, dos figuras españolas a sus costados, el ilustrísimo Sr. Don Quijote de La Mancha y su fiel Sancho, unos cuadros preciosos y la maqueta de un teatro.Y por supuesto, gente del oficio a cuentagotas que salían de habitaciones en silencio para dirigirse a espacios escénicos por mi soñados. Mientras caminaban te miraban con ojos serenos e inteligentes, con la calma de la experiencia y el aplomo del talento. En el ambiente olor a pergamino , a café y a trabajo, sobre todo a trabajo.
Mi visita fue recibida por el director de la fundación, Lucca, un hombre de teatro de toda la vida, colaborador de Grotowski y con una mirada suspicaz. He de confesar que algo de temor si que infundía y su presencia me vestía con algo de timidez, en España había oído de todo: que si son una secta, que si no te reciben así como así…pero lo cierto es que bastaron dos palabras con Lucca y entrar en su despacho para sentirme en casa. Porque al pasar a sus dominios supe que estaba en el sitio adecuado; todo lo que me rodeaba me lo demostraba: su mesa de trabajo, sus estanterías albergando kilos y kilos de sabiduría escénica, la luz iluminando la estancia de forma casi metateatral, los carteles de grandes películas y montajes teatrales como único adorno y su expresión, severa pero justa, sabia y accesible, sencilla y calmada pero sobre todo curiosa, curiosa por escucharme y conocer mis motivos para estar allí, para viajar por Italia, para acercarme al Sr.Grotowski… Y así transcurrió media hora de charla entre inglés, castellano e italiano…supongo que pudimos entendernos porque los dos queríamos hablar el lenguaje universal que habla el teatro….Y como despedida una pregunta: ¿ Falas Portugués? e inmediatamente un giro rápido de decisión improvisada y traviesa pero determinante… enseguida un tesoro de tapas negras en mis manos con un interior devorable por cualquier amante del teatro: “ El teatro laboratorio de Jerzy Grotowsky , 1959-1969. textos y materiales de J. Gr. y Ludwik Flaszen con un escrito de Eugenio Barba”!!!
Llegados a este punto las lágrimas jugueteaban en mis ojos ante la sorpresa y lo generoso que me parecía aquel acto, no solo por recibirme, por indicarme como poder intentar formar parte del Workcenter del Sr. Gr. y Thomas Richard, por el inesperado regalo…sino sobre todo, por hacerme sentir que no estoy en el camino equivocado, aunque a veces dude, tenga miedo, inseguridad, neuras y mono del escenario. Porque creo que la profesión de actor es una profesión de toda una vida, que exige una búsqueda constante, tanto interior del actor persona, como exterior del actor-creador. Porque si la propia persona, su cuerpo y su psique, es precisamente el instrumento del actor, y la personalidad se nutre de experiencias vitales, cuanto más ricas sean estas experiencias, más recursos tendrá el actor-persona para poder ser un más prolífico actor-creador. De ahí que los actores con “tablas” sean siempre actores maduros y experimentados. Y para mi, este pequeños detalle, la charla, el regalo del libro, la comunicación a pesar de la diferencia lingüística, el entendimiento de miradas…todo ello forma una vivencia inolvidable que me enriquece y que me guardaré dentro para siempre, no solo como actriz sino como persona. Por todo ello gracias Lucca (y por supuesto, gracias Grotowski).
Pisa
Una pequeña Florencia nos ha sorprendido; no la pensábamos tan bonita. Hemos pedaleado sus calles en el bullicioso atardecer y también en el amanecer sereno del Día de Todos los Santos. Agradecidos hemos comprobado como el puente nos permitía fotografiar una torre de pisa, que sin el turístico gesto de posar ficcionando sujetarla para hacerle gracia al obturador, parecía mas descolgada que nunca. Y lo cierto es que impresiona el empeño de esta mole marmórea por besar el suelo. La luz de la mañana tempranera reflejada en las paredes de los monumentos se clava sin piedad en mis ojos, por eso agradezco la falta de peatones, ante el peligro que supongo medio cegata, en prácticas ciclistas todavía y con un madrugón en el cuerpo que hace que mis reflejos todavía pidan más de tiempo para calentarse.
Entre monumentos, calles pintorescas y luces y sombras terminamos nuestra visita. Nuestro nuevo destino es St. Gimigniano. Pero el santísimo nos decepciona: medieval si, con encanto también, pero tan perfecto y restaurado, tan lleno de tiendas de souvenirs y despersonalizado, que un paseo de dos horas por sus calles abarrotadas de viajeros, un riquísimo trozo de pizza y de postre, el mejor helado del mundo, con diploma y todo, son todos los recuerdos que nos llevamos en los bolsillos.
Como compensación, la Toscana aparece más bella que nunca, con colinas disfrazadas de playas otoñales y sombras de cipreses en procesión vagando melancólicas hacia el ocaso.Hoy el techo naranja nos va abandonando mientras alcanzamos el último puerto del día, Montcalcino, que promete servirnos al alba un desayuno con las mejores vistas del valle de “Tuscania”. Mañana nuestras retinas lo comprobarán.





europa07: firenze

Octubre 29, 2007

SR. CARACOL
Según las guías, Florencia requiere 4 días como mínimo para ser visitada, pero el señor Damien Simonis (redactor de Lonely Planet) no sabe que nosotros vamos montados sobre dos bicicletas supersónicas de última generación. La velocidad de crucero de nuestros artefactos, seguramente jamás soñados por el maestro Leonardo, es muy superior a la del peatón medio, así que salimos del camping Michelangelo con las legañas aún pegadas a las 7 de la mañana, dispuestos a tragarnos esta ciudad en dos días. Hay una cosa que no entiendo, y espero resolver en esta jornada cultural, y es por qué se han empeñado en esta ciudad en ponerle el nombre de “Las tortugas Ninja” a las cosas. Con mi duda y por el carril bici, Rak y yo galopamos con la guía en la cestita y las cámaras colgando. La ciudad es casi imposible de cruzar en coche, gran parte del centro es peatonal, así que las decenas de turistas que esperaba no encontrar, caminan felizmente con su guía delante. Sobre el mundo de los guías podríamos escribir un libro, ahora que se ha puesto tan de moda que los médicos, taxistas, dentistas y farmacéuticos redacten sus batallitas. Los hay de todo tipo, los japos que van con un paraguas blanco delante identificando a sus grupo de nipones cargados con cámaras de última tecnología que hacen que sienta que tengo que jubilar mi equipo; las simpáticas señoras guía italianas que van con una especie de pala de la playa con un numerito; los más sofisticados, que llevan un sistema wireless en el que todos los jubiladitos van conectados por un auricular que recibe las monótonas explicaciones, y por último, la reencarnación del general Custer pidiendo la paz a los indios (imagen ilustrativa más abajo). Ahora no sé si el general era Custer o Caster, vaya.
Sin darnos cuenta y sin parar de pedalear hemos llegado delante del David de Michelangelo, que resulta que no es el de verdad, que es una copia, así que no tiene mucha gracia. De repente me han empezado a pasar por delante a toda velocidad las diapositivas que Isabel, la de Historia del Arte, nos pasaba en el Instituto y yo no entendía demasiado. Todas sus diapos estaban allí reunidas! Que si la Puerta del Paraíso de Ghiberti, la fuente de Neptuno y el mismísimo Rapto de las Sabinas que entró en el examen del segundo trimestre de aquel 3º de BUP tan largo. Después de aprobar el examen y repasar con Raquel nuestro pasado estudiantil, salimos hacia el Duomo y lo pasamos de largo. Sabemos que requiere unos minutos de atención y ahora hay una pizza en alguna parte que nos está llamando. El lugar escogido es una pequeña terraza tranquila donde nos atienden rápidamente. Pese a la velocidad, comprobamos que las pizzas no son congeladas y nos distraemos un rato saboreando hasta los bordes. El cielo por fin deja pasar los rayos de sol que nos han abandonado por unos días y seguimos hasta la Fortezza da Basso, una antigua fortaleza que casualmente hoy alberga la semana de la creatividad italiana. Hay invitados de calidad, pero es domingo y solo quedan restos de creativos fantásticos que han dejado sus huellas por el recinto. Nosotros vamos en su búsqueda pero no encontramos más que más de lo mismo (suena redundante, pero es que aquello también lo era). Me da la sensación de estar viendo lo que ya vi cuando como joven inocente proyecto de diseñador gráfico de 22 añitos iba del CCCB al Macba queriendo entender el mundo sin conseguirlo. Así que allí, en esa fortaleza convertida en creativa por una semana me doy cuenta que el mundo de las ideas avanza muy lentamente, por desgracia: el Vj de turno, los ilustradores ilustrando, los fotógrafos fotografiando, el Dj musicando… y la gente pasando de stand en stand cogiendo folletos creyendo entender algo. En un momento de lucidez creativa (que yo también tengo) recuerdo que en estos eventos siempre hay la instalación, donde el artista consagrado (joven pero consagrado) ha montado su videoinstalación en la que proyecta cualquier cosa y un altavoz va poniendo música repetitiva. Ese siempre es el sitio perfecto para dormir. Así que encontramos nuestro rinconcito junto a unos neumáticos forrados que nos hacen de cama improvisada. Allí aparcamos nuestras bicis, que mágicamente nos han dejado introducir en el circo y dejamos que nuestras mentes se distraigan por unos minutos con todo lo que acabamos de aprender.
Dos minutos después de cerrar los ojos un sonido humano con el típico “Uno dos, probando; uno, dos, probando” (pero en italiano) nos despierta. Están haciendo el sound check para el gran concierto de esta noche, la traca final del espectáculo, al que no asistiremos por ser demasiado tarde. Nosotros ahora llevamos horario de jubilados. La verdad es que me hubiera gustado venir, admiro mucho a Joshua Davis y a Peter Hook, pero estamos cansados.
La vuelta a casa parece fácil, tan solo nos separan 6 kilometros del camping, pero claro, todo lo que sube baja, y lo que baja, desgraciadamente, sube, y a Raquel, pobrecita mía, le entra un ataque de risa que la inhabilita. La niña se ha quedado sin fuerzas justo ahora que nos faltaban tan solo unos metros y una última rampa para llegar y no hay manera. Las lágrimas le brotan y le llegan hasta la nariz, y ahí nos quedamos, los dos en el suelo, con las bicis plegadas, con una cámara de fotos colgando, una de vídeo, un trípode en el suelo y sin podernos mover de la risa. Los guiris volviendo a sus autocares nos miran al pasar sin comprender la causa de nuestro estado y suponemos, piensan lo peor. Raquel empieza a llamar a un autobús desconsolada, un taxi, algo que la lleve a casa, pero no hay suerte. Al final, la fuerza de Hércules nos lleva hasta el caracol y nos permite reposar nuestros traseros después de una jornada de más de 8 horas en bici. Y si a mi me duele el culo que una vez fui joven y monté con regularidad, a Raquel, que fue joven hace algo más que yo, y su última bici fue una BH roja, ni os cuento.
La noche cae mas pronto de lo normal y dormimos…
Ya es lunes y nos lo tomamos con más calma. Ayer nos dimos cuenta que la ciudad no es tan grande y que la mayoría de las iglesias son mas bonitas por fuera que por dentro, cosa que me extraña, el cura de mi pueblo siempre decía que la belleza está en el interior…
El sol ruge con más fuerza que ayer y encontramos otro camino para bajar hasta el centro. Así que durante 10 minutos dejamos que a nuestras melenas se las lleve el viento hasta llegar de nuevo al Duomo. Esta vez decidimos entrar, y otra vez me doy la razón y no le encuentro la gracia por ningún lado. No me atrevo a decirlo en alto por si alguien me llama inculto, así que me pongo a hacer fotos a la gente disimuladamente para hacer algo. Allí hay de todo, es como un gran zoo humano en una iglesia. Y así, todos como hermanos vamos fotografiando esta inmensidad sin dejarnos llevar por las emociones, ni olemos las paredes, ni sentimos la grandeza. Solo fotografiamos. Ellos, los cuadros que ya están en los libros, y yo, sus caras al mirar por la pantallita digital. Y cuando creo que ya lo he visto todo aparece un grupo de monjitas con sus cámaras de 8 megapixeles felices de estar en el Duomo. Me imagino la escena de la monja entrando en el FotoPrix de su ciudad y pidiendo una cámara para hacer fotos,”que sirva sobretodo en interiores con luz de vela”, y el pobre vendedor de carretes recién llegado a la tienda, y que estudia 2º de Farmacia, sin saber qué recomendar a la hermana.
Salimos de allí con hambre de nuevo y nos perdemos en un restaurante precioso decorado con muebles de iglesia. A mi me toca el banco de las confesiones y pido perdón por mis pecados ante un plato de pasta enorme con verduras y un pollo con queso riquísimo. Le digo a Dios que no me he olvidado de él y que la ciudad, aunque esté un poco criticón, me ha gustado mucho. Es preciosa y una obra de arte toda ella. No hace falta entrar en ningún sitio ni pagar para notar que hace unos siglos, decenas de artistas consagrados pisaron sus calles y ganaron concursos para crear plazas, catedrales, iglesias, pintar frescos y cambiar la historia de la humanidad para siempre. Así que nosotros cogemos el punto de fuga como ejemplo, y nos vamos de aquí, con destino Pisa. Me he propuesto poner recta la torre.

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SRA. CARACOL
La señora Caracol se encuentra un poco malita hoy y ha decidido irse a dormir antes de lo previsto, así que no podrá asistir a la función. En breve volverá a estar con vosotros.
El Sr. Caracol






europa07: cinque terre

Octubre 26, 2007

SR. CARACOL
Entrar en las Cinque Terre estaba claro después de leer en todas las guías que nos acompañan que es una de las zonas más bonitas de Italia y tiene el preciado título de Patrimonio de la Humanidad. Sabemos que esa etiqueta es a veces símbolo de bellezas sublimes y otras convierte los lugares en parking de autobuses con cuatro piedras que visitar. Lo que está claro, es que en ninguna de las guías habla de las dificultades que vamos a tener para llegar hasta allí.
Se nos ha ocurrido viajar por la noche para despertar en este aparente paraíso y empezar el día con energía y ese ha sido nuestro pequeño error de la jornada. La carretera cada vez se va estrechando más, llenándose de agujeros, lluvia y noche misteriosa. Mi cabeza, que no ha arrancado bien esta mañana por culpa de un mail laboral, no digiere bien el trayecto y cada vez lo veo todo más negro. Cómo puede ser que ante un paisaje tan bonito, natural, puro y no sé que más adjetivos, un solo mail, un único mail que he leído esta mañana haga que vea todo de otra manera? No ha hecho más que empezar la primera semana de esta nueva aventura y ya me doy cuenta de que es imposible desconectar de lo que he dejado en mi tierra para sumergirme en lo nuevo que me ofrece este camino de curvas.
Así que el trazado se va complicando más y más hasta llegar al punto de no tener vuelta atrás. Demasiadas señales de peligro juntas para mis retinas , me advierten que entrar aquí no es fácil, y que salir va a ser todo un logro. En tan solo 50 metros llego a leer: “Atención, carretera peligrosa”; “Prohibido circular camiones”; “Precaución con lluvia”; “Velocidad máxima 30” y para rematar, una que advierte que el ancho de mi pequeño vehículo va a rozar con los cantos por todas partes.
Diferentes señales nos obligan a aparcar y nos indican que el pueblo es peatonal. Sin salir de nuestro caracol cenamos rápidamente para dejarnos seducir por el aroma de unas tilas que ayudarán a dormir mejor.
(5 horas más tarde) La noche ha pasado a ratos, con múltiples sueños que ahora intento descifrar y que se unen entre ellos para crear historias imposibles de personajes cruzados y lugares ilógicamente relacionados. Pero además de oníricas historias, toda la noche ha habido un constante “¿cómo salgo de aquí?”. Entonces es cuando te viene a la cabeza por qué no gastaste esos 4000 euros de más para tener más potencia en la auto, o por qué no hiciste caso a aquella decisión que tomaste después de algún susto con la pequeña furgo y que decía que después de caer el sol, el vehículo se detendría siempre, para poder contemplar la belleza de los lugares y no dejar que la noche haga que lo veas todo más negro.
Sea como sea estoy ahí abajo, a 100 metros del mar, en Vernazza, a las 6 de la mañana. Para empezar el día con un poco de optimismo y hacer tiempo mientras Raquel se despierta, he preparado una montaña de crepes caseras de tamaño reducido. El olor de tanta exquisitez ha puesto nervioso al hocico de Coke, al que le preparo una rellena de paté. La devora casi tan rápido como yo las mías de mermelada y azúcar! Añado a la lista de la compra un bote de Nutella, que acabo de descubrir se ha terminado y salimos hacia el pueblo. La lluvia nos pilla a medio camino y me doy cuenta de lo irresponsable que soy de no haber cogido la funda de la cámara de vídeo. Cualquiera de mis compañeros que ahora están lejos diría: “Alvarito, como tratas el material”, pero no están, así que yo mismo pienso lo idiota que soy , la escondo bajo el paraguas y salgo corriendo dejando a Raquel y el can detrás.
El lugar, es un viejo pueblo pescador, de piedra, colgado de las rocas y hoy, gris. El sol no sale, y nuestro vendedor de pizzas nos advierte que no sabe si aparecerá o no, mientras en la radio de su pequeño bar empieza a sonar una voz beatleiana que dice “here comes the sun, durududu, he comes the sun, it’s allright…” Miro al pizzero y sonreímos ante tal casualidad mientras el sol empieza a asomarse y a dejar algunos claros que me permiten salir disparado a hacer algunos planos en vídeo. Un grupo de turistas aplaude mi valentía y reflejos cuando una gran ola me empapa. En el último momento he sido capaz de levantar la cámara y el trípode lo mas alto posible para que la mala leche de Neptuno no destroze mi fantasía cinematográfica.
Cuando ya todo empieza a parecernos repetitivo y mis pies demasiado fríos decidimos salir de ahí para quitarnos de encima la más pronto posible la subidita hasta la carretera principal. Ante el peligro que se nos avecina decido desconectar todos los tubos del gas; vaciar un poco el depósito de agua para llevar menos peso; guardo todo el material delicado, cualquier objeto que se me pueda caer a la cabeza; preparo mentalmente cualquier operación de emergencia por si las moscas y recuerdo que en mi entierro quiero que suene “the long and winding road”, de McCartney, por favor…
Y de pronto ya está! En menos de 8 minutos estamos flotando entre nubes y árboles otoñales en una carretera preciosa y perfectamente asfaltada mientras voy deteniéndome de vez en cuando para retratar la naturaleza que se me presenta. En cada disparo me doy cuenta de que el miedo es algo incontrolable, absurdo y que nos hace frágiles como un niño. Por la noche, nos transformamos y todo se ve más oscuro, más difícil de lo que es. Las decisiones importantes hay que tomarlas de día, con el sol golpeándote en la cara y el aroma de un buen café entrando directo por tus fosas nasales.

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SRA. CARACOL
Me he despertado a las 6:30 y apenas he podido volver a dormir. Paseos de un Coke necesitado, tormentas torrenciales, truenos terroríficos y miedos irracionales se han conjugado y el sumatorio ha dado como resultado una nochecita de pesadillas. Pero Vernazza es tan bonita como la soñábamos así que el esfuerzo ha sido justo pago por permitirnos disfrutarla. Aunque la lluvia no cede frente a los turistas, nos aventuramos a callejearla. Algunas imágenes interesantes aparecen en el camino y las guardamos. Coke llama la atención de niños y adultos de todas las nacionalidades y se esfuerza por entender las palabras cariñosas que le prodigan en lenguas desconocidas. Orgullosa devuelvo sonrisas y pienso que, sin duda, es el perro más guapo del mundo. Sin embargo la lluvia no entiende de bellezas caninas y le empapa a él y a nuestros zapatos, que furiosos corren a refugiarse bajo toldos aliados en el camino. Así, de soportal en soportal vamos sorteando charcos y paraguas, descubriendo un poco más de esta encantadora Italia. De pronto uno de nuestros improvisados refugios nos avisa de que dentro sucede algo que nos atrapa: unos marineros preparan redes para pescar. Lo hacen con la calma de los que saben que hoy, ese es su único cometido, que los barcos hoy no saldrán a faenar, pues la bandera roja del puerto advierte de la visita de un fuerte temporal. Charlan en sotovocce, sin levantar la vista de su labor. Conversaciones sobre ellos, sobre la vida, sobre cualquier acontecimiento que les aderece rutinas en su quehacer diario. La escena es tan íntima y sencilla, tan lógica y cotidiana, tan fílmica y romántica que casi siento pudor por haber estado observando y en silencio nos retiramos, les dejamos con su murmullo italiano.
Alcanzando el pantalán, olores de pizza recién hecha se cuelan por todos mis poros, corren por mi imaginación y llegan a esa parte de mi cerebro responsable de que mi estómago llore por falta de alimento, así que unos coloridos y apetitosos trozos de esta masa universal son elegidos en un pequeño restaurante a los pies del mar y sacrificados sin ni siquiera preguntarles su nombre.
Vernazza no es grande y la despedida llega pronto. La incorregible carretera que la noche anterior nos hizo sobresaltarnos con cada viraje de volante, con la luz del día se disculpa traviesa y se ofrece mejorada, regalándonos un viaje de vuelta inspirador. Viñedos empinados hasta lo imposible, olivos de pestos exquisitos, castillos ruinosos besándose con nieblas juguetonas e inaccesibles pueblos huidos del asfalto que parecen robados de un cuadro impresionista. Así son las Cinque Terre, difíciles de alcanzar. Pero como siempre ocurre con lo complicado, inolvidables una vez que las encuentras.




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europa07: liguria

Octubre 24, 2007

SRA. CARACOL
A apenas 40 kilómetros de la veraniega y turística San Remo, el turismo bullicioso cede ante la belleza del valle Argentina, también conocido como valle de Plata. Sin embargo, en esta época del año quizás sería mejor denominarlo el valle de los ocres, de los rojos y de los amarillos intensos. El otoño aquí se escribe con mayúsculas, se huele en el humo de las chimeneas, se escucha en el tañido de las vetustas campanas que nos recuerdan el paso del tiempo. Los violines nocturnos de Chopin suenan en nuestro caracol acompañando a las doradas hojas en su caída suicida.
Escondite perfecto para fundirse con la naturaleza y olvidar el ruido y el asfalto. Montañas con rizadas pelucas de carnaval otoñal ocultan dorados pueblos suspendidos en el aire y en el tiempo. La blanca helada de las cumbres anuncia un invierno cercano y contrasta con los cálidos del rojo arbóreo. Algunas ramas ya calvas observan con melancolía el lecho de sus hijas perdidas. El silencio tan solo se asusta con el disparo de los cazadores que se divierten atrozmente dejando miles de nidos vacíos. En este lugar la vida tiene otra melodía. En este lugar la vida suena a pasado.

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SR. CARACOL
El día arranca con sabor a casa. Hemos dormido en Dolceacqua, un pequeño pueblo entre Monaco y San Remo que está hermanado con Alpicat (Catalunya) y que al igual que su amiga lleidatana se levanta con niebla y frío.
Dejamos por un rato la costa para adentrarnos en el Valle de Argentina. Pequeños pueblos colgados de las montañas nos guían por una carretera a la que ya ha llegado el otoño de forma precipitada. Hojas de todos los colores nos protegen del cielo que amenaza caer, mientras suena la lista de reproducción de música clásica inaugurada con un nocturno de Chopin para dar paso a un solo de cello de Bach.
Moverse con los 6 metros de vehículo no es fácil y aún no le tengo pillado el truco, así que la velocidad máxima de la jornada será unos 40km/h. Dicen que así se disfruta más del paisaje y me lo tomo en serio.
Un pequeño bosque repleto de castañas recién caídas nos detiene en el camino y dejamos que Coke se airee un poco, aunque el pequeño tiene problemas con la piel peluda y pinchosa del fruto que nosotros empezamos a recoger para celebrar una castañada prematura.
La lluvia empieza a golpear con fuerza y nos obliga a pararnos un par de horas, que aprovechamos para poner un poco de orden y repasar la ruta de la jornada. Al fondo, la nieve de las montañas avisa de que muy cerca el frío será aún mayor. Quizás la estrategia de afrontar el recorrido, atacando primero Italia para aprovechar el sol, era solo una utopía.




europa07: tarifa, la salida

Octubre 19, 2007

SR. CARACOL
El viaje ha empezado. Estamos a tan solo 15km de África, en la punta más meridional de Europa en una mañana en la que el sol y la lluvia danzan y nos advierten de que vamos a tener de todo, buenas y malas experiencias.
Visitar Tarifa en esta época del año es un placer, ya que la cabalgata de surferos se ha marchado en busca de aguas más cálidas y los turistas del chillout vuelven a estar en sus oficinas jugando con la calculadora o al solitario, esperando a que vuelva a salir el sol.
Preparar un viaje, es una mezcla de dudas y miedos que siempre te hacen recordar las primeras acampadas infantiles, en las que la noche antes encendías la luz cada veinte minutos para volver a ver tu mochila preparada en la silla de tu habitación, y hacías listas interminables de cosas que no podías olvidar. Así llevo yo unos cuantos meses, haciendo listas y revisando cosas que no debo olvidar para este viaje-documental que me va a llevar por todo el Mediterráneo.
El sur de España lo atravesamos rápidamente, permitiéndonos una noche en el Cabo de Gata para aprovechar unos últimos rayos de sol playeros antes de enfrentarnos a los fríos bajoceros de Eslovenia. Mañana estaremos en Niza o Génova y sentiremos de verdad que algo nuevo ha empezado.

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SRA CARACOL
Todo empieza en el sur, en un pueblecito colonizado por las tablas de surf y las furgonetas de sus dueños. África saluda desde el otro lado. Su palpitar se siente a tan solo 15 kilómetros de distancia. 15.000 metros son los que separan el continente hermano del occidente soñado. Mientras observamos el perfil del vecino intento imaginar como será la vida allá, al otro lado. Me estremezco al pensar en pateras, cayucos y vidas ahogadas. En el telediario son una imagen más, pero en esta zona la realidad no entiende de cámaras. La realidad, aquí se impone en forma de decenas de sueños anegados cada tres días… y pienso que en algo debemos estar equivocándonos, para que el valor de una vida se mida en kilómetros. Una triste ironía me susurra que mientras nosotros cruzamos con nuestros coches en ferries para “bajarnos al zoco”, ellos utilizan sus manos y sus brazos en un titánico esfuerzo por alcanzar el país del “volando voy, volando vengo..”
Pero Tarifa también tiene un lado amable que descubrir, así que nos dejamos seducir por sus patios floreados y sus cuestas encaladas, mientras el juguetón Eolo trenza y destrenza nuestros cabellos. Ventolera indomable que ordena los elementos y maneja el sol y la lluvia a su antojo. Finalmente un lazo de colores se arquea triunfal, anuda las nubes y nos confiesa un secreto: aquí no se puede dar nada por sentado, todo cambia según el silbido del príncipe viento.