Trailer "Desde lo alto del baobab"
Febrero 20, 2009
Sr. Caracol
Hace algo más de un año descubrí lo apasionante que era tener un blog, y eso fue gracias a la respuesta y los ánimos que recibí desde Madagascar, donde fui a buscar el último ejemplar del libro de “El Principito” para el mayor coleccionista del planeta.
Os presento el trailer del documenta que rodé allí y que está en fase de postproducción. Espero poderlo compartir en breve con vosotros en el FNAC de Barcelona o en la librería Altaïr… y que por fin sepáis como acabó todo.
A todos los que me animábais a seguir con comentarios o mails privados, gracias.
Dirección, producción y fotografía: Alvaro Sanz
Guión: Raquel Galavís, Alvaro Sanz
Banda sonora original: Ainara Legardon
Protagonista: Toni Arbonés
foto del mes en missviajes!
Diciembre 12, 2008

Sr. Caracol
Hoy, el blog missviajes ha publicado una de las fotos que hice en Madagascar el año pasado mientras buscaba el libro perdido de “El Principito”. Si queréis leer la historia, haced click en la etiqueta de “Madagascar”.
Y si queréis ver la foto, entrad directamente aquí . Gracias, Esther!
el principito en siurana
Agosto 9, 2008
Sr. Caracol

madagascar 11 (recta final)
Octubre 3, 2007
El día amanece nublado, y nuestras intenciones de visitar el lago con la salida del sol se van al traste. Decidimos pues pasear por la ciudad y desayunar con la calma que hace días hemos olvidado.
Llevo el ordenador encima para poder subir a Internet las últimas crónicas pero parece que el sistema telefónico del país ha caído en picado y no va a haber solución. Así que nos conformamos con un desayuno a base de zumo, yogur, café y crepes variadas.
Cuando volvemos al hotel con la intención de recoger las cosas me encuentro con unos portadores de pousse-pousse jugando a una especie de bolos en la calle. Saco la cámara de vídeo y me pongo a grabar. A los 5 minutos ya formo parte del juego y me dejan entrar en el campo de batalla donde las bolas se golpean unas con otras. Me advierten con señas de que un bolazo en la cabeza me la pueda abrir en dos, pero les digo que tengo un ojo en la cámara y el otro en el lanzador, que ya me cayó alguna canica de las metálicas en la cabeza en 3º de EGB.
Durante un rato comparto con ellos su diversión y les acabo retratando en grupo. Al final, como era de esperar, me piden que les de algo de dinero. Entrego a uno de ellos la cantidad que a mi me parece y se va corriendo gritando al resto del grupo como si acabara de conseguir un gran premio. Un minuto más tarde, desde la habitación del hotel, observo como se dividen el dinero entre todos sin ningún tipo de problema y desaparecen del campo de bolos.
Salimos en un taxibus hacia el lago que se encuentra a 6km de la ciudad para ver qué nos ofrece. Después de un viaje corto, llegamos al destino. Aparentemente no es nada del otro mundo, pero a medida que vamos hablando con la gente voy sacando más y más jugo. Así paso un rato filmando a un grupo de señoras que lavan la ropa en el lago de aguas marrones y a unos señores que juegan a cartas mientras observan de reojo a sus mujeres trabajadoras.
En menos de una hora estamos de vuelta a la ciudad y vamos de nuevo al restaurante italiano. Allí he quedado con los músicos de anoche para grabar unos recursos de audio. Después de comer de nuevo una pizza, esta vez en forma de Calzone, aparecen los dos chavales con una sonrisa de oreja a oreja. Parece que les apetece tocar para mi y que registre su música.
Vamos a la parte de atrás del restaurante, a un patio poco atractivo pero que nos ofrece tranquilidad. Allí, improvisamos un sistema de grabación básico y les pido que toquen las canciones que recuerdo de ayer y que mejor me pueden servir. La última canción la toco yo con ellos y dejo la cámara en el trípode grabando. Así que con ese trío fantástico como broche final, salgo del restaurante en moto para ir a buscar al corredor. Toni ya está con él hace rato.
El entrenador del corredor me está esperando y me lleva a la zona de entrenamiento del equipo de Madagascar. La pista de entrenamiento de la élite atlética no es más que un parque de tierra. Allí, un grupo de unos 12 chicos y chicas se preparan para la serie de hoy. Toni, ha aprovechado que hace un mes que no corre ni entrena para vestirse para la ocasión y se une al grupo. Así que entre un grupo de morenos atletas, hay uno que sobresale por su color de piel dispuesto a ver qué ritmo tienen en Madagascar.
El entrenamiento es básico, series de carrera continua alternada con descanso al trote. El campeón sobresale por encima de los demás, y es que llevar un pousse-pousse es el mejor entrenamiento para un corredor. Los demás, cada uno como puede corren a buen ritmo, algunos con zapatos, otros descalzos, y es que, como nos cuenta el coach, aquí no hay dinero ni para zapatos y algunos compiten con los pies sobre el asfalto o tierra batida.
Toni se interesa por el sistema de entrenamiento que hacen y en resumen, nos cuenta que alternan correr con natación y un poco de pousse-pousse. La razón de este entrenamiento raro para un corredor es que en el país no existen pesas ni gimnasios, así que la natación ayuda a fortalecer unos músculos, y el carrito portador de personas, otros.
Después del entrenamiento nos traen un carro para que podamos hacer una entrevista y charlamos con él sobre algunas cuestiones que nos parecen interesantes y relacionables con nuestro proyecto audiovisual.
Cuando acabamos, el entrenador nos pide que a parte de darle algo de dinero le obsequiemos con algún souvenir, así que se nos ocurre darle una de nuestras camisetas de Siurana. Hacemos una foto de rigor para el recuerdo y nos despedimos de ellos.
Un taxi nos lleva hasta la estación de taxibus de Antsirave donde queremos salir hacia Antananarivo, ya que mañana cogemos el avión a casa. Esta vez no estamos de mucha suerte y el vehículo que nos toca no es para turistas ni va vacío. Ya está lleno hasta los topes y quedan dos huecos para nosotros. Además de los 15 pasajeros, encima, en el techo, una gran cantidad de gallinas van a hacer el viaje con nosotros sin protestar.
Casi 3 horas después, llegamos al hotel donde pasamos las primeras noches en la ciudad. Me siento casi como en casa y todo me huele a final.
Estoy cansado como para escribir, así que lo dejo aquí. Supongo, que con los pies en mi Catalunya deseada os contaré como ha acabado todo, si es que ha acabado. Quizás solo ha hecho que empezar, y el pequeño príncipe ha aparecido para volver a desaparecer. Leí una vez que quien pasa un rato a la sombra de un baobab, vuelve a África. Parece que siempre es así, y espero que así sea.
Sobre el libro, físicamente hablando, sabréis más al ver el documental.
madagascar 10 (música en vivo)
Octubre 2, 2007
Hoy me despierto en Fianarantsoa con la sensación de que esto ya se acaba. Ahora solo nos quedan un par de jornadas y una sola carretera que atravesar. Nuestro próximo destino es Antsirabe, allí queremos encontrar a un portador de Pousse-pousse muy especial, el campeón de varias pruebas de atletismo de los Juegos de las Islas del Índico. Cuando viajábamos en avión de Tana a Tulear leímos en el periódico su historia y nos pareció atractiva para incluirla en nuestro docu, como un personaje que nos podría aportar algunos puntos de vista, como mínimo curiosos.
Nuestros compañeros de viaje en este trayecto de unas 6 horas son 4 franceses que viajan desde hace algunos días por el país. Entre todos alquilamos un taxibus para ir un poco amplios, y se agradece. Yo, que tengo un día autista paso todo el trayecto escuchando música y escribiendo lo que ha pasado estos últimos días antes de que se me empiecen a olvidar. Soy como el pececito azul de “Buscando a Nemo” y sufro “pérdida de memoria de corto plazo”. ¿Alguien me deja un mensajito con el nombre del pez? se me ha olvidado.
La carretera está en buen estado aunque llena de curvas. En una de ellas, y en bajada adelantamos a un par de chavales que llevan uno de los carros de transporte que hay por todo el país. Son una especie de carretillas con volante, con ruedas muy rudimentarias, de madera y sin goma, y que circulan por las carreteras. En subida, normalmente lo empujan más de una personas dependiendo de la mercancía. En bajada, en cambio, normalmente un solo piloto baja a toda velocidad.
Durante el camino hacemos una parada rápida para comer y aprovecho para entrar en la cocina y observar como una señora limpia los granos de arroz y los separa de forma totalmente tradicional.
En la comida se habla de muchas cosas, y una de ellas es nuestro motivo de estar en la isla. Los franceses, que todos conocen a su escritor más famoso se sienten atraídos por nuestra búsqueda y algunos aportan pistas. La chica que viaja en el grupo tiene un ejemplar en malgache, la pieza que buscamos, pero no nos la ofrece bajo ningún precio. De alguna manera ella también es una coleccionista del libro, aunque a menor escala. Nos comenta que lo compró hace varios años y ahora había vuelto a buscar en este viaje y no había visto ninguno. La misma historia de siempre.
Llegamos a Antsirabe mientras cae el sol. Antes que se haga de noche Toni va en busca del atleta mientras yo me quedo esperando en el hotel. Tan solo 10 minutos después de que Toni salga, llaman a mi puerta y un señor bajito me dice que es el “coach” del conductor de pousse-pousse más famoso de Madagascar. Me quedo sorprendido de la efectividad de todo esto y le explico porqué quiero entrevistarle. La semana pasada vino la BBC y ahora ya se empiezan a interesar mucho por él. Como no habla ni francés ni inglés, el entrenador le hace también de representante.
Le cuento la historia del principito por encima y le muestro un ejemplar para que no crea que se me va la cabeza y me estoy inventando el cuento de un niño que viene de otro planeta. Se cree todo lo que le digo y quedamos para mañana a las 4 para cumplir todos nuestros deseos.
Al poco llega Toni que también se ha encontrado al coach por el camino y han hablado de lo mismo. No entendemos cómo se han enterado tan pronto que le estábamos buscando, pero la comunicación sin teléfono móvil funciona perfectamente en esta ciudad.
Después de esta inexplicable efectividad vamos al restaurante italiano que nos han recomendado unos compañeros del viaje. El restaurante ofrece, además de pizzas, música en directo. Un par de chicos tocan guitarra y percusiones mientras cantan a dos voces. Me los quedo mirando un rato mientras me traen las dos pizzas que he pedido para cenar, traigo hambre. Pienso que estaría bien quedar con ellos en un rato de mañana para grabar bien su sonido y poderlo usar en el documental, así que cuando acabamos de cenar les hago la propuesta y quedamos a la 1 de mañana para crear un pequeño estudio de sonido improvisado al estilo malgache.
En la habitación del hotel escribo algunas cosas y retoco fotografías mientras hago copias de seguridad de las cintas de vídeo que he grabado ayer.
El sueño me entra pronto y caigo rendido rápidamente.
madagascar 09 (en busca del lemur)
Octubre 1, 2007
En Madagascar el azar siempre cubre tus necesidades, así que a las 7 de la mañana vamos a la parada de taxis a buscar a nuestros locos fitipaldis de ayer para que nos lleven a un parque nacional a buscar al lemur, un pequeño animalito encantador que hay en la isla en algunos puntos concretos y que queremos filmar. Cuando llegamos a la estación y ya estamos rodeados de decenas de taxistas ofreciendo sus servicios aparece una sonrisa resacosa por la ventanilla de un 4L. Nuestro chófer de ayer y su hermano están ahí como si supieran que íbamos a llegar en ese preciso momento. Subimos a su coche y les decimos que queremos ir a ver el lemur al parque nacional.
El hermano lleva una resaca importante y confiesa que no ha dormido en toda la noche. Salió de fiesta y bebió mucho y ahora no quiere ir a casa a dormir. El dinero que ganaron ayer con nuestro servicio urgente en busca del tren les dio un subidón demasiado importante como para no salir a celebrarlo.
Le explicamos con detalles que hoy no tenemos tanta prisa, así que puede conducir por debajo de los 80km/h. Cruzamos la misma carretera que ayer, aunque me llevo una enorme decepción. Ayer eran las 6 de la mañana y los primeros rayos de luz atravesaban el humo que salía de las casas y de pequeñas hogueras en el camino y creaban una estampa que hoy quería retratar. Se nos ha hecho un poco tarde y el sol ya está alto, así que vale poco la pena detener el auto. A pocos kilometros de la ciudad hay una enorme superficie dedicada a la fabricación artesanal de ladrillos. El trabajo es precario pero bien organizado. Durante más de media hora grabo todo el proceso, empezando por los hombres que crean la pasta al lado del río; los que le dan forma con unas máquinas manuales; los que la colocan a secar en un perfecto mosaico multiforme; las mujeres que cogen los ladrillos secos y los amontonan en su cabeza en grupos de 20 y los transportan hasta el lado de la carretera, donde vendrá un camión y empezaran a cargarlo creando una cadena humana con ladrillos voladores. No falla ni uno, los ladrillos vuelan y los hombres se giran en el momento preciso para cogerlo y lanzarlo al siguiente casi sin mirar.
Llevan el tempo perfecto y cargan el camión rápidamente.Toni charla con un grupo de mujeres que están descansando y habla con las niñas, les explica que él también tiene una criatura que mañana hace 1 año. Nos sorprende las estaturas de los niños aquí ya que una pequeña de 3 años es tan pequeña o tan grande como Aina.
Después de recorrer las 2 horas de camino que nos separan del parque nacional y reserva de la biosfera estamos preparados para ver al lemur, este animal que es una mezcla de ardilla y mono y del cual hay varias especies. Tras pagar el precio de la entrada y el guía obligado, unos 30 euros (tarifa casi de parque de atracciones) empezamos a caminar. Le digo a Toni que transmita al guía que solo queremos filmar lemur y que se ahorre toda la explicación del ecosistema de Madagascar, de las subvenciones que recibe el parque y la cantidad de animales que hay. Un minuto después estamos oyendo durante 10 minutos que hay 300 tipos de arañas, 4 de lemures, no se cuantos de reptiles… el guía tiene el sermón aprendido y está obligado a recitarlo. No es que sea un inculto y no me importe el parque, pero es que hay una hora de camino hasta los primeros lemur y hemos recorrido demasiado para verle, toda la información la puedo leer en una guía.
Andamos por este bosque de clima tropical húmedo. Notamos una enorme diferencia con todo lo que hemos visto. El bosque es frondoso y resbaladizo. Hay barro por todas partes y la paleta de colores se reparte entre los verdes y marrones. Después de los primeros 45 minutos andando el guía nos dice que guardemos silencio, que parece que hay un lemur en un árbol. Toni y yo nos acercamos, saco el material poco a poco e intento grabar en la dirección que señala nuestro experto biólogo. Un pedazo de pelaje marrón está a unos 100 metros de mí, subido a lo alto de un árbol tapado por cantidad de ramas. La cara de satisfacción del guía me confunde y transmito a Toni que eso no sirve de nada. No somos zoólogos ni turistas conformistas, quiero una escena de Toni con los lemures para incluirla en nuestra pequeña película. Al igual que el pequeño príncipe habla con el zorro, quiero que él charle con este animalito simpático, pero creo que una vez más mis ideas se esfuman como los sueños de Exupéry.Después de andar un buen rato más aparecen entre los matorrales dos jóvenes rubios armados con un teleobjetivo más grande que todas mis ópticas juntas y un pequeño kit de acuarelas. Intuimos que hay un lemur cerca, así que nos acercamos y miramos donde enfoca la lente del reportero. Allí, en lo alto de un árbol, en un pequeño agujero hay un lemur durmiendo. La especie que hay en este bosque es sobretodo la dormilona así que parece que hemos llegado a la hora de la siesta. El animal está hecho una pelota de espaldas a nosotros así que una vez más nos sirve de poco. Toni pregunta a los guardas si puede subir al árbol, le responden que no, pero él les dice que “gracias” y empieza a trepar hasta llegar a la altura del perezoso animal. En cuanto éste le oye se gira y abre los ojos, la cámara del fotógrafo alemán empieza a disparar como una metralleta. El dibujante coge el pincel y empieza a mezclar colores como un Dalí en sus momentos de inspiración y me doy cuenta que eso eso debe ser un gran acontecimiento en este precioso bosque tropical. Toni y yo acortamos la ruta para salir de ese negocio para turistas y planteamos bajar hacia el sur de nuevo a Ambalavao donde Toni ya ha estado y pudo ver un grupo de lemur Cata en libertad absoluta.
Recorremos de nuevo las dos horas de coche hasta Fianarantsoa para pasar por el hotel a buscar los pies de gato de Toni para que pueda escalar junto a los animales.
Por el camino encontramos un millar de hombres hormigas que a pico y pala están cavando la zanja por donde pasará la fibra óptica. No he visto en todos estos días una sola excavadora ni taladro, todo se hace a mano a ritmo pausado. En el bullicio de los trabajadores aparece una gorra que llama mi atención y la enfoco. El icono Che Guevara está presente aquí también, cubriendo el sol del mediodía a un trabajador más que hace un agujero sin saber jamás para que servirá.
En la puerta del hotel, mientras espero que Toni coja su equipo de escalada un señor con una cafetera futurista ofrece bebida caliente a mis conductores. La cafetera gigante es toda una obra de ingeniería creada a base de latas de leche condensada y totalmente funcional.
Ya es tarde y estamos bajando hacia el sur, el sol se está escondiendo entre unas nubes y me da miedo llegar demasiado tarde. Volvemos a pedir al chófer que diga a Kit que ponga el Turbo y antes de empezar a rozar las cunetas un policía nos detiene. Estamos de suerte, es el poli que hace 15 días, antes de que yo llegara a la isla, hizo que Toni pasara 9 horas en un calabozo por no llevar el pasaporte encima. Le reconoce mientras mira los papeles del conductor de nuestro coche y le dice “hombre, tú por aquí, es la tercera vez que te veo”. Toni le dice que si, que vamos a ver lemures y le enseña su pasaporte. El ayudante del comisario también reconoce a Toni y se ríe. Mis cámaras están escondidas disimuladamente entre mis piernas y debajo del forro polar para evitar sustos.
Parece que todo está bien con la documentación del auto y seguimos el viaje. Antes de cruzar el pueblo otro control de policía nos detiene de nuevo. Esta vez el agente nos dice que algo no va bien, pero nuestro chófer le dice que tenemos que llegar a grabar lemures antes de que se esconda el sol. Este profundo argumento convence al oficial y nos deja seguir mientras dice “a la vuelta lo arreglamos con algo de dinero”.
Un grupo de chavales está en la puerta de su casa y me detengo un instante con ellos, parecen los guardianes de las montañas y le doy algo de dinero a una pequeña malgache. No me gusta nada repartir ariaris a la gente pero esta vez no lo puedo evitar. La pequeña ha llorado mucho al verme y debo compensarla. Como un abrazo le asustaría más y no le puedo decir gracias en ninguna lengua que nos una, un pequeño billete la convence de que no le voy a hacer nada con esos aparatos que llevo.
Solo tenemos que andar unos metros para empezar a ver lemures por todas partes. Aquí, sin la etiqueta de “parque nacional” la naturaleza nos ofrece la escena que llevábamos buscando desde las 6 de la mañana y ya han pasado casi 12 horas. Claro que también es verdad que grabar animales es una ciencia que requiere calma y disciplina, y yo aún no he aprendido a utilizar esos dos términos.Aquí, el tipo de lemur que hay, además es mucho más bonito que el que hemos visto esta mañana, de color blanco y con la cola rallada se acerca hasta nosotros sin ningún problema para darnos la bienvenida. Toni empieza a subir a los árboles para observar de cerca sus técnicas de escalada y poder aprender algo. Así que durante casi una hora los animalitos y el escalador corretean entre rocas y plantas exhibiendo sus mutuas disciplinas deportivas.
Salimos del bosque con la sensación de tener lo que buscábamos y volvemos al 4L para buscar de nuevo los últimos rayo de sol que apuntan a una roca a unos kilometros de distancia. Es la hora de la salida del colegio y un grupo de unos cincuenta chicos se acercan donde Toni esta empezando a escalar. Para ellos es algo extraño ya que armado solo con unos zapatos y pantalón, el hombre blanco trepa por una pared sin un solo agujero.
En el camino nos saltamos el control de policía que esperaba algo de dinero con un saludo desde la ventanilla, pero el segundo control nos detiene de nuevo. Pregunto al copiloto si todo va bien y me dice que sí, que el policía es amigo y su hermano solo ha bajado a charlar con él. Como tengo el culo tieso y las rodillas a punto de reventar de mantener la misma postura durante tantas horas aprovecho para bajar y estirarme un poco mientras veo por la puerta de la caseta de la gendarmerie entreabierta como el chófer recoge sus papeles de conducir y entrega un fajo de billetes a su agente amigo. Entra en el coche y nos dice que ya podemos seguir. Eso es “amistad” en Madagascar.
Llegamos de nuevo al hotel y nos preparamos para dormir, ya nos hemos acostumbrado al horario de aquí y las 8 de la tarde es buena hora para plantearse cerrar los ojos y esperar a que el sol te despierte de nuevo.
Mañana viajamos hacia el norte, ya en dirección a la capital donde nos quedan los pocos recursos para encontrar al “Principito”, aunque cada vez voy teniendo más la sensación de que ya lo hemos encontrado.. pero ya os lo contaré.
madagascar 08 (hoy me siento willy fog)
Septiembre 29, 2007
Hoy el día ha empezado ayer y mañana aún será hoy. No, no me ha picado un mosquito extraño, mi cabeza está así ahora mismo.
El día sábado empieza a las 5 de la mañana. El despertador suena en el teléfono móvil. Hace unos días que está parado y no sé si volverá a funcionar cuando llegue a Girona, creo que se ha acostumbrado a reposar sin vibraciones absurdas.
Lo tenemos todo preparado, analizado, medido. El plan no es fácil y nada puede fallar. Leire coge el avión el día 30 por la noche en la capital y hasta allí hay muchos kilometros de arena, dunas, tierra y carreteras sin asfaltar y varios medios de transporte que pillar. Toni y yo nos quedaremos un poco antes para coger uno de los dos trenes que hay en todo el país y rodar algunos planos viajando hacia Manakara, otra de las pistas que tenemos del libro.
Los dueños del lodge de Andavadaoka se han portado perfectamente y se levantan con nosotros para ofrecernos un desayuno ya repetitivo de omelette, café y tostadas. Nuestro chófer está cargando el 4×4 y ya ha arrancado el motor para que se vaya calentando y no se lleve el susto de golpe. La razón del madrugón, además de llegar a tiempo, es para evitar que las dunas se calienten con el sol y estén demasiado blandas.
Salimos puntuales, antes de que toquen las 6. Cruzamos el pueblo nada más salir de nuestra playa paradisíaca y la gente está empezando a despertar. Vemos algunos carros transportar las primeras mercancías y algunos niños ya nos dan los buenos días con la sonrisa en la boca. A esta hora, mientras estos chavales corretean por la calle y juegan con un trozo de madera, en Catalunya se están preparando para emitir Pokemons y demás delicias educadoras.
La velocidad de hoy nada tiene que ver con la de hace dos días. Devoramos las dunas al pasar y vamos dejando atrás una gran cortina de polvo, tenemos prisa. A las 9 llegamos al hotel donde el otro día nos dieron de comer y pedimos un segundo desayuno. Esta vez me sorprenden con unas tortas locales hechas de una masa parecida a la base de pizza y un buen café.
El coche esquiva algunas charcas enormes que hace dos días no estaban y hacen que no reconozca el camino. Voy arriba en el techo con la música a toda pastilla y voy dejando que el aparato seleccione las pistas por mí para hacer este viaje más perfecto si cabe, así que después de Cowboys in Scandinavia suena Dominique A y luego Laura Veirs.
Nos acercamos al pueblo de la duna gigante donde nos quedamos atrapados el otro día y exijo parar a toda costa, aunque no lleguemos a nuestro destino, aunque perdamos el avión, aunque no lleguemos al tren, ahora nada me importa más que una imagen.
Toni está subiendo hacia la duna y por lo que tarda, me doy cuenta de sus dimensiones reales. Es una montaña enorme de arena que oculta lo que hay al otro lado. Subo al Jeep para hacer un plano general con el trípode en el techo. Doy órdenes a Toni de cómo tiene que andar para tener una buena imagen pero no me oye, así que decido subir arriba para hacer unos planos cortos y alguna fotografía. Trepar por la duna sin que el material se me llene de arena no es nada fácil, pero cuando llego arriba me doy cuenta de que aquella duna ocultaba una de las escenas más bonitas que creo haber visto, me atrevería a decir, en mi vida.
Sumado a la belleza del entorno, un pueblo pescador, que se puede resumir en blanco y azul y de cuya descripción no voy a entrar en detalles pues me sentiría redundante en palabras, hay también una escena que no veo hace años. A las barcas pescadoras de los mayores que luchan cada día por traer peces y mariscos a casa para comer y sin ninguna intención comercial, los chavales crean réplicas de las embarcaciones adultas y hacen carreras por el mar. Quizás, sin saberlo, se están sorteando ser el jefe de la aldea en un futuro. Así, en ese mar transparente y puro, los niños juegan a ser mayores, admirando lo que sus padres hacen desde tiempos remotos. Parece imposible.
Toni juega con los chavales en el agua mientras yo limpio rápidamente las cámaras de la tierra que han infectado todo el material y me pongo a grabar. Los chicos le enseñan sus barcas mientras los mayores miran de lejos. Hoy en día, tal como están las cosas en nuestra casa, creo que es difícil ser un desconocido y acercarse a un menor en un parque sin que el padre te venga a controlar. Pero allí, saben que no queremos llevarnos a ningún pequeño, solo queremos una sonrisa, un intercambio de miradas cómplices y sentirnos lo menos vazahs que podamos.Salimos de ahí y con la emoción aún en las venas veo un grupo de señoras limpiando sus ropas en un pequeño charco. Mientras, en la parte de arriba del 4×4 suena una canción de Refree. El genio dice: “ya no hay pena, y las mujeres al pasar se me enredan en mi segunda mitad. Es tan moderna esta ciudad, que hay que celebrarlo todo. ya no hay pena…” una lágrima humedece mis mejillas secas de polvo. No soy capaz de asimilar tanta belleza en un lugar tan pobre. Esta mezcla explosiva de emociones está pudiendo conmigo y parece que Raúl escribió esta letra justo para que la escuchara ahora, en este preciso momento, lejos de casa. Así que le doy las gracias sin que él lo sepa y prosigo mi viaje en un caballo al trote mientras ahora suena Erm que dice “tu i jo, sobre un caball alat fugirem d’aquí.” en “goig”. Parece que los ingenieros de Apple se han puesto todos de acuerdo en crear una aleatoriedad musical ideal para soñar en África.
Varias horas después de haber salido de nuestra pequeña playa en Andavadoaka llegamos a al punto donde hace unos días nos dejó tirado el 4L y nos damos cuenta que ya estamos llegando a Tulear. Al llegar, debemos buscar rápidamente un taxibus privado que nos lleve a Fianarantsoa. Esto, para que nos situemos, sería como haber salido de Tarifa para ir a Almería recorriendo dunas y desde ahí ir hasta Pontevedra pasando por Despeñaperros y por carreteras locales.
En Tulear encontramos varias ofertantes a llevarnos, así que quedamos con uno a las 20.30 para poder descansar las piernas y los culos un rato y darnos una ducha rápida en casa de nuestro amable chófer, que nos invita a descansar en su hogar lleno de sirvientes y una preciosa mujer malgache.
Cenamos en “La terraza”, donde ya nos conocen y todo es tranquilo. Pido una pizza para mi caprichoso estómago cansado de pescado y arroz y antes de acabar llega el taxista con algunos ayudantes dispuestos a cargar su vieja furgoneta.
A cada uno nos toca una fila de asientos, los trastos van detrás. Preparamos las que serán nuestras camas de hoy porque nos quedan unas 9 horas de viaje por la carretera más peligrosa del país. Es fin de semana y no hay un solo coche circulando, vamos en solitario por una de las principales vías de Madagascar que no está en mejor estado que la carretera local que va Siurana a Prades aunque por primera vez vemos algunas rectas de más de 500 metros. La furgoneta ha salido enérgica y vamos apurando todas las curvas de manera que a mi primer intento de estirarme para dormir me doy cuenta que tendré que poner remedios musicales y químicos. Apuro una de mis últimas pastillitas Valium y me pongo unos nocturnos de Chopin para intentar conciliar en sueño. Antes de cerrar los ojos, la furgoneta para y una linterna está iluminando mi cara. Dos señores policías con cara muy simpática hacen bajar al conductor del auto y nos piden los pasaportes. No hemos recorrido ni 50km y ya nos vemos apurados, Leire que no tiene el pasaporte, porque lo olvidó en un hotel, va a tener que dar alguna explicación. Charlamos con ellos un rato y le contamos más o menos la verdad, y que el avión de nuestra acompañante sale mañana de Tana y que debe llegar. Con una media sonrisa y un fajo de billetes el agente se contenta y nos saluda diciendo buen viaje.
El trayecto es duro, extraño, lleno de incertidumbres. Yo, que reconozco que soy un poco miedoso ante algunas situaciones no puedo dormir hasta que pasemos la zona de minas de zafiro, donde las mafias y los ataques son frecuentes. Le preguntamos a nuestro chófer que como ve el asunto y dice que cada semana como mínimo hay algún muerto y atracos constantes. Por suerte o no, la policía está por todas partes. Nos han contado que los agentes alquilan sus armas a los violentos.
Mientras nos detienen en el siguiente control, puedo ver muy cerca nuestro como un grupo de hombres está quemando casas. Quisiera filmar pero el agente no hace cara de gustarle las cámaras, así que me quedo con la cara de miedo y seguimos el viaje. Me explican que en Madagascar un hombre no puede casarse con su mujer si no ha robado algún zebú o pasado por la cárcel, así que quizás alguno estaba quemando casas para pasar alguna noche en el cuartelillo y poder contraer matrimonio con su querida.
Consigo dormir un rato seguido, pero las curvas y los frenazos me van despertando a partir de las 3 de la madrugada. Me doy cuenta de que Leire y Toni están igual que yo y eso me consuela.
Al final, llegamos a Fianarantsoa más pronto de lo previsto. Son las 5.30 de la mañana. Vamos a la parada de Taxibus y negociamos con varios agentes expertos nuestro vehículo para ir a buscar el tren mientras Leire se pelea para llegar a la capital a tiempo para su avión.
El problema de Toni y mío es uno de esos ejercicios de física que me costaba tanto resolver en el instituto y me hizo cambiar de ciencias a letras en cuanto pude.
Nosotros estamos en el punto A (Fianarantsoa) y queremos hacer algún trayecto en el tren que va al punto D (Manakara) en la costa contraria a la que hemos dejado. El tren, que tarda 9 horas en recorrer este trayecto, va haciendo el recorrido sin un horario fijo. Hay solo una vía y un tren, así que va yendo y viniendo a paso lento subiendo y bajando pasajeros pacientes. Nuestro gran problema es que son las 6 de la mañana y el tren acaba de salir de Manakara y hasta la noche no vuelve a llegar donde nosotros estamos. Perderíamos un día entero esperándolo, más un día entero bajando hasta Manakara… demasiado tiempo. Con el mapa en las manos y 5 tipos discutiendo con nosotros empezamos a lanzar hipótesis. Qué pasa si pillamos un taxi privado que nos lleve a toda velocidad a la mitad del trayecto, punto B y allí montemos hasta llegar otra vez a Fianaranstsoa. Realmente solo queremos grabar unos planos de este legendario tren así que con un pequeño recorrido de un par de horas nos sobra. Ya hemos descartado encontrar el libro allí y no vale la pena perder dos jornadas para ello. Los jefes de taxi nos enredan de mala manera y no entienden mucho nuestras intenciones y les parecen absurdas. Les resumimos nuestro plan: “mira, no queremos ir a ningún sitio, solo queremos ir en el tren, nos da igual de A a D que de D a A. Hemos hecho 9 horas en 4×4 por las dunas y 9 más en furgoneta solo para esto”. En 5 minutos tenemos el mejor bólido que nos podían ofrecer para nuestra alocada hazaña. El Renault 4L pilotado por dos jóvenes con pinta de no tener el carnet aparece derrapando a nuestro lado y cargamos las maletas. El precio no es barato, pero ya nos da igual todo.
El coche sale a la mayor velocidad que he alcanzado en este país y el piloto llena el depósito. Es la primera vez que veo a un conductor poner más de 2 euros seguidos de fuel en su auto y eso me hace ver que por un lado han hecho un buen business con nuestro dinero por adelantado y segundo, que el viaje será largo.
La carretera es horrible, llena de curvas. Toni y yo intentamos dormir y recuperar el sueño perdido en la furgoneta y los múltiples controles policiales pero es imposible. Jamás he montado en un coche pilotado de forma tan alocada. Al principio nos reímos como dos chavales montados en un tiovivo pero dos horas después, cuando solo habíamos recorrido una cuarta parte del trayecto nos empezamos a dar cuenta que las cosas no van bien. Estamos mareados de verdad y nos acabamos de cruzar con un accidente que me ha hecho replantearme las cosas. Una ranchera cargada de niños, mujeres y cargamento está tirada en la cuneta, vamos tan rápido que ni paramos y parece que a nuestro conductor no se le pasa por la cabeza la idea de socorrer a nadie. Yo le digo a Toni que creo que algo no va bien, que nos estamos jugando el pellejo y que de verdad tengo miedo. El suelo está mojado porque aún no ha salido el sol entre las montañas que nos rodean y podemos caer a un precipicio en cualquier momento. Abajo, un enorme río que lo devora todo está deseoso de estamparnos contra sus rocas.
Toni les pregunta si vamos bien y ellos responden que sí, que llegaremos pronto a Manakara. Se me pone la cara blanca y le digo a Toni que haga parar el coche ahora mismo. No queremos ir a Manakara! Le preguntamos al joven Fernando Alonso si sabe donde vamos y no tiene ni idea de nada de un tren. El jefe solo le ha dicho que nos subiera y apretara gas. Su copiloto, parece un poco más listo y le explicamos de nuevo la situación. Analizamos en el mapa y les preguntamos cual es la mejor opción. Después de ver que no saben leer un mapa y nos dicen que Cáceres está en Alicante y Vigo en Cádiz decimos que paremos 5 minutos a ver qué hacemos. Toni y yo nos damos cuenta que es imposible llegar a nuestro punto B intermedio ya que faltan aún 100 kilometros y ya son las 8.30 así que habría que ir a una velocidad media de 200km/h, cercana a la que vamos en el frágil 4L, pero nos negamos.
Descubrimos que hay un nuevo punto C, que ya hemos pasado hace rato y al cual podríamos llegar antes de las 11. Así, a mi problema de física básica se añade un elemento más, C. Nos damos cuenta que podríamos haber ido ahí antes y no haber bajado hasta B, pero los jefes taxistas nos han liado de mala manera, eso está claro.
Paramos a desayunar en un pueblecito donde el hombre blanco no debe pasar a menudo, ahora no estamos en el circuito turístico habitual y los chicos nos miran y se ríen en nuestras caras. El aspecto casi albino de Toni y mi barba, poco habitual en su cultura les extraña y nos miran. Si tuvieran cámaras de fotos, ahora serían ellos los que se retratarían con nosotros. Pero les basta con mirarnos sin disimulo. Desayunamos en un pequeño puesto mientras repasamos el plan. Hemos gastado una gran cantidad de dinero y tiempo en llegar hasta el tren y no se nos puede escapar de las manos así que vamos a por todas.
Salimos de la carretera para pillar los 54 kilometros de pista que llevan hasta el fondo del valle por donde pasa el tren. Por allí no circulan autos normalmente ya que es una zona húmeda donde el ferrocarril es el medio de transporte. Hay barro, mucho barro y parece que nuestro Cuatro Latas no podrá superarlo. Vamos sorteando todos los obstáculos milagrosamente mientras Toni y yo nos miramos con una cara de “no salimos de aquí” por un lado y “el coche se va a romper en dos” por otro.
El coche no es del chofer así que el maltrato al que le está sometiendo es enorme. No evita los agujeros, derrapa en las curvas y va rascando con todas las ramas habidas y por haber. Toni y yo vamos cronomentrando nuestro circuito y calculando cada minuto el tiempo que falta por llegar. Por suerte, nos consuela que el tren nunca es puntual, así que con suerte aún no habrá llegado a su destino, el punto C.
Los poblados que vamos dejando atrás son pequeños y sumamente pobres. Los niños ya no visten con ropa, son trapos del color de su piel y su aspecto es mucho más africano que en las ciudades. Su color es absolutamente negro y su mirada menos simpática que las que hemos ido viendo hasta ahora. Nos saltamos todas las señales de “50” que no existen y las de “Niños. Peligro” y cruzamos los pueblos a toda velocidad esquivando gallinas, pollos y pavos. El barranco cada vez es más empinado y fangoso y el coche sigue descendiendo a velocidad de vértigo. Solo tengo dos deseos: no estrellarnos y no quedarnos tirados, porque salir de aquí nos costaría demasiadas horas.
Nos hemos metido de lleno en un mercadillo en un pueblecito bastante grande y nuestro loco conductor va tocando la bocina para apartar a la gente sin soltar el acelerador. Cuando la masa de gente ya es tan densa que creo que no vamos a pasar se detiene frente a un hangar. Eso es la estación. Toni baja rápidamente para preguntar cuando llega el tren y el señor de la taquilla le dice que llega en breves minutos. Recuerdo un capítulo de Willy Fog en que corrían por un desierto encima de un carruaje para tomar el Orient Express y al final, después de pasar las mil y unas llegaban justo a tiempo. Hoy me siento un poco Willy Fog, pero desearía que mi Coke-Tico con acento andaluz viajara conmigo.
La estación es un mundo a parte, no tiene nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora. Los blancos y azules puros de la costa ahora se han convertido en una paleta de colores tierra. Recuerdo las clases de pintura al óleo que recibí con 12 años y la profesora me decía que habían colores fríos, cálidos y tierra. Ahí, en esta estación están todos ellos, desde ocres, pasando por marrones hasta casi fundirse con los negros de la ropa de la gente. Ni siquiera la comida que ofrecen tiene color. Hay todo un universo creado a partir del negocio del tren. Éste que sale desde la costa en Manakara va por valles intransitables hasta llegar a Fianarantsoa, una de las grandes ciudades del país. Gente pobre se suma a gente más pobre con gallinas, pollos y plátanos.En cuanto suena la bocina del ferrocarril empujado por una máquina de vapor que va dejando una estela de humo por su camino, toda la gente empieza a correr como loca. Yo, que he perdido a Toni hace unos minutos, me quedo donde estoy haciendo la mayor cantidad de planos posibles, alternando histéricamente la cámara de fotos con las de vídeo.
En cuanto el tren se detiene empieza a subir y bajar gente, empiezan a llegar mesas, sillas, bandejas de comida y se monta un mercado de emergencia en el andén. La gente que ha salido a las 6 o 7 de la mañana de la costa no ha comido y esta es una de las paradas importantes del trayecto, así que decenas de personas ofrecen alimentos a precios de risa a través de la ventanilla. Los escrúpulos hay que dejarlos atrás porque los platos de arroz y las cucharas van pasando de unos a otros que devoran la comida. Yo me conformo con un par de empanadillas, que parece lo más higiénico de lo que sirven. En nuestro vagón hay de todo, mujeres con niños y cantidad de sacos; señores de clase media; algún que otro vazah que se lo ha montado mejor que nosotros para coger el tren; y pobres comerciantes que llevan gallinas y otros animales para venderlos en algún otro destino.
Nos quedan unas cuantas horas de viaje, así que me relajo un poco e intento dormir un rato sabiendo que tendré tiempo de grabar en el interior de este nuevo medio de transporte.
Toni descansa hace rato con la boca abierta y yo me dispongo a hacer lo mismo abrazado a mi cámara de vídeo que ya no cabe en ninguna bolsa. No me separo ni un solo instante de la maleta con el ordenador y las cintas ya grabadas. Ahora son mi mayor tesoro, como mínimo hasta que encuentre, si encontramos, el libro que nos ha traído hasta aquí. El tren va dejando poblados atrás y poco a poco me voy dando cuenta de que a medida que nos sumergimos en este enorme valle, cada vez son más y más pobres y poco apoco la gente ya no ofrece cosas a los viajeros. Los mercados que hemos ido dejando atrás y que se improvisaban en las estaciones ahora ya no están. Poco a poco la gente pasa de ofrecer comida a precios ridículos a pedir restos de nuestros alimentos que no hemos podido digerir. Me sorprende y me parece una película. Ese tren que se desplaza poco a poco parece mostrarnos como pasar de un mundo a otro a través de un viejo rail.
Me muevo por el tren para hacer algunas fotos y veo una escena de esas que te hacen pensar, de las que te hacen dudar de dónde están los valores, de cómo ayudar, de qué está bien y qué está mal. No sé tan solo si lo que veo está bien o mal, si me tengo que enfadar o pasar de largo. Un matrimonio italiano que podrían ser mis padres están lanzando cacahuetes y plátanos a un grupo de 5 chicos de menos de 6 años que se pelean por cogerlos entre las vías y ruedas de nuestro tren que está a punto de partir. Me da la sensación de estar en un zoo humano en que la gente tira comida a los chicos. Quizás mi mente cansada de estos días está exagerando o puede que realmente lo que estoy viendo no esté bien. Mientras dudo, un malgache de mi edad ruega desde la vía del tren que no tiren más comida a los chavales. Salgo de ese vagón para volver al mío y negar lo que he visto y presiento que ya estamos llegando.La estación central de Fianarantsoa es grande, aunque solo recibe a este tren. Mientras la gente baja, Toni se escapa corriendo a preguntar al maquinista si le podemos entrevistar. En el libro del Principito hay una escena en que el pequeño habla con un señor de los que cambian las vías del tren y le pregunta porqué los hombres van arriba y abajo. Me parece interesante la metáfora y nos disponemos a hablar con el maquinista de este tren transportador de pobreza.
Entrevistar a esta gente no es fácil, cada vez que lo intentamos nos damos cuenta que es imposible sacarles el jugo que quiero para el documental. No es por falta de cultura ni retórica, es, creo la falta de conocimiento del medio audiovisual, de manera que aunque les cuentes que estás haciendo una película más bien filosófica (o eso se intenta) ellos lo confunden todo con un souvenir turístico en formato digital.
Al llegar a Fiana de nuevo, buscamos un hotel donde pasar la tarde y noche y descansar después de estos movidos últimos días.
Dejo por primera vez las cámaras y aparatitos occidentales y nos vamos a pasear por la ciudad en busca de un restaurante un domingo a las 4 de la tarde. No es fácil, pero al final encontramos un hotel asiático que ofrece de todo a cualquier hora. Igual que en Barcelona o cualquier ciudad del mundo, los chinos son los reyes. Su hotel , restaurante, sala de juego, videoclub, tienda y sala de masajes todo en uno está más o menos limpio y amplio. Nuestras mentes se relajan durante la hora larga que estamos matando el hambre.
Hoy el día acaba antes de o normal y vamos muy pronto al hotel, y por primera vez en habitaciones separadas, Toni y yo descansamos cada uno a su manera. Yo, descargando fotos y capturando cintas para tener todo el material clasificado y duplicado. Me aterra pensar que puedo extraviar algo.
El sueño me está entrando por minutos y no deben ser ni las 7 de la tarde pero que importa, aquí no tenemos reloj y mi única guía temporal es el pequeño reloj que aparece cada vez que disparo una fotografía. Así que disparo una al techo de la habitación para comprobar que es pronto para dormir, pero necesario.
Repaso en mi mente todo el recorrido que llevamos hecho por el libro y las pistas que tenemos. Nos quedan pocos días para encontrarlo y todo es demasiado efímero, siempre hay alguien que lo ha visto o lo ha tenido, pero nadie que sepa donde está.
madagascar 07 (si el paraíso existe es aquí)
Septiembre 28, 2007
El mar ha venido a buscarme para susurrarme al oído que es hora de levantar. Apenas son las 5 de la mañana y la marea ha subido hasta cerca de nuestra cabaña. Entre sueños confundo el agradable suspiro del mar con una tormenta tropical así que despierto rápidamente. Al mirar por la puerta y descubrir que el gran azul se ha acercado hasta nosotros pongo los pies en el suelo para conversar con él y poderle capturar.
No me acostumbro a estas subidas y bajadas del mar pero reconozco que te permite sentir que estas en varios lugares a la vez. Donde ayer paseabas entre rocas, ahora te puedes dar un baño matutino para despertar y darte cuenta que no estás soñando.
El mar empieza a teñirse de varios colores a medida que sale el sol, y las primeras barcas de pesca izan sus velas hechas a base de restos de tela de saco. Quien llega primero, tiene el mejor pescado.
Abandono el lodge para acercarme al pueblo de Andavadaoka y ver cómo es esta gente. En Madagascar, seguramente igual que en cualquier país, según la zona en la que estés la gente es de un tipo o de otro. Aquí, por suerte, y por las primeras impresiones que percibo en la playa camino de la aldea, la gente no vive del turismo a pesar de ser uno de los destinos conocidos de la isla. Con las dificultades que hay con las carreteras hay que pensárselo muy bien antes de desplazarse hasta aquí.
Un niño da un paseo matutino por la orilla con su equipo de pesca, me mira de reojo, me sonríe y le enseño la cámara. Le oriento hacia la buena luz solo con un gesto y parece entenderme, como si se tratara de un modelo totalmente preparado para la sesión. Cuando nota que voy a disparar vuelve a abrir los labios para que pueda entrever sus dientes blancos como la arena que pisan sus negros pies. No me pide nada, ni dinero, ni que se la muestre. Sigo pensando que las mejores fotos son las que no piden nada a cambio, las que con un solo juego de miradas y un entendimiento mutuo surgen de la nada o como mucho, de un paseo por la playa.Philip, nuestro chófer, nos habla de un bosque de baobabs cercano. Decidimos acercarnos a aprovechar lo poco que queda de poca luz y preguntarle a alguno de estos árboles si ha visto pasar al principito. En sol
De cada árbol que trepa Toni, disparo a dos cámaras. Una la fijo en el trípode en el que considero mejor plano y la otra, cámara en mano me la llevo hasta poder hacer detalles vigilando de no entrar en el tiro de cámara de la del trípode. Esta vez decidimos que el tiro más bonito está en lo alto del baobab, así que sin pensarlo dos veces empiezo a trepar por él. Cuando solo me faltan un par de metros y bajo mis pies hay unos 6 de caída libre, me doy cu
Por fin estoy encima del baobab y he conseguido que mis piernas bajen el ritmo frenético que habían tomado y recuerdo una y mil veces porqué dejé de escalar a los 17 años. Además de romperme dos veces la fibra del músculo del gemelo y tener que operarme dos veces, era un cagado, era el típico que a pesar de tener la fuerza suficiente para seguir subiendo decía a su asegurador “pilla, que no puedo más” y bajaba hasta abajo, para, con los pies en el suelo decir “hubiera podido”, y así podía estar todo el día, subiendo y bajando, y dándome cuenta de que era un cagado. Así que el cagado Alvaro está agarrado como puede a unas ramas de baobab de 8 metros grabando a unos escaladores valientes que suben por él.
Mi toalla se quedó hace un par de días en Tulear, tomando el sol en la ventana de la habitación de un hotel, así que me estiro en la arena mientras oigo las olas del mar romper con la barrera de coral a varios cientos de metros. Desde donde estoy yo hasta la barrera, el mar es transparente, como si no existiera, y después de la barrera es azul y habitado por algunos tiburones.Además de ser un escalador mediocre también soy un nefasto nadador, así que no tengo miedo de llegar a la distancia donde las bestias asesinas me están esperando.
Los niños empiezan ya a ocupar toda la playa, cada uno de ellos cargado con una herramienta diferente. Los hay que llevan un solo palo, otros un cubo, algunos un trozo de hilo y otros nada. Me acerco a ellos para ver qué es lo que hacen y descubro una estrella de mar roja y preciosa intentando sobrevivir en lo poco de agua que le queda a su alrededor y uno de los chicos me trae algunas más y me las coloca para que haga una foto. El joven atrezzista me ha fastidiado mi escena natural para crear una de esas portadas de catálogo turístico pero aún así disparo. Al ver la foto en la pantalla me doy cuenta de la transparencia del agua, parece que no hay, pero realmente había más de un palmo.
Cerca mío hay un señor arreglando el barco y le pido si me deja acercarme a ver lo que hace. La imagen es simpática, el señor arreglando con un instrumento prehistórico que alguna vez he visto en el garaje de mi padre, su barca de pesca y en su camiseta leo las letras casi arrancadas en las que pone: “Titanic, Leonardo di Caprio”. Seguramente algún turista se la haya regalado y el señor no sepa qué es lo que lleva puesto. Es como regalarle a un trapecista indonesio una camiseta de “Aterriza como puedas”.
Al fondo veo a Toni hablando con un joven pescador con palo pero no me acerco, durante un rato les veo peleando con el mar. Más tarde me entero que la cena que saboreo, en parte surgió de allí. Toni vio un pulpo esconderse bajo la arena y le pide al chico si es capaz de sacarlo. Él, Este mar que sube y baja te ofrece la posibilidad de ver cosas imposibles de apreciar sin un traje de buzo. Un grupo de encantadoras flores blancas y verdes han aparecido allí, entre las algas hasta que el agua vuelva a subir esta noche y las vuelva a nutrir hasta el día siguiente. Y así el resto de sus vidas.
Ya empieza a caer la tarde y decido volver a la habitación. Una madre con su hijo pasean en busca de erizos para comer su interior. La mujer canta una canción tradicional y le pido que la cante para poder registrar el sonido y utilizarlo de fondo en alguna parte del docu. La llevo cerca de la habitación para evitar el jaleo de los niños, pero no se atreve a entrar en la habitación, así que fuera, en la puerta de mi bungalow canta para mi mientras el sol casi se esconde y el mar se preparar para volver a subir… hasta mañana.
madagascar 06 (costa del mar de mozambique)
Septiembre 27, 2007
Con una puntualidad europea, el chófer del 4×4 que contratamos ayer en Tulear aparece en Ifaty. Nos despedimos del pueblo donde hemos podido descansar un poco y nos dirigimos hacia Andavadaoka, un pequeño poblado pescador que está a 200 km hacia el norte por la costa. La carretera acaba en Ifaty, así que para la pequeña distancia que nos queda por delante, el chófer nos advierte que quedan unas 8 horas si todo va bien. Pronto nos damos cuenta porqué hemos invertido algo de dinero en el 4×4. Cruzamos Manguily, y aparece un baobab en la carretera. A pesar de no ser más de las 8 de la mañana Toni está motivado en escalarlo aunque solo sea por la estética que nos ofrece. Estamos solos en medio de una carretera llena de arena y aparece un anciano envuelto en una manta mientras Toni se está preparando para trepar.
Seguimos el camino empezando a ver de nuevo el mar a nuestro lado, yo pido al chófer que pare cada 5 minutos para grabar el azul del mar y mis compañeros de viaje me dicen que afloje el ritmo que si no, no llegamos.
Pido parar una vez como mínimo en un pueblecito para hacer unas buenas tomas para el documental. Allí, de forma improvisada se nos ocurre dejar leer a un grupo de chavales un fragmento del libro que tenemos en un papel y preguntarles si lo conocen. Nos dicen que no han visto nunca un pequeño príncipe pero parece que les ha caído bien.
Alrededor del grupo que ha formado Toni y su libro mágico hay todo un universo. Una mamá cerdo y su cerdito corretean por la arena de playa comiendo los restos que han dejado sus dueños; unos chicos juegan en la playa y se acercan corriendo a verme; dos chicas jóvenes quieren posar para mí y cuando ven la cámara sienten la suficiente vergüenza como para lanzar una de las mejores sonrisas que he visto estos días. Sus caras pintadas de naranja son una mezcla de juego estético y protección solar.
Seguimos el camino y Philipe, el chófer, nos avisa de que a lo lejos hay una duna gigante, tan grande como una montaña. Me vienen a la cabeza mil posibilidades para utilizarla en el documental, pero no me dejan parar. Tenemos que llegar antes de que caiga el sol a Andavadaoka. No se puede circular por las dunas de noche y sería peligroso por los ataques que hay.
Los dioses se han puesto de mi parte y mientras me decían que no nos íbamos a detener, el coche empieza a hacer eses por una duna sin restos de ninguna huella. Hemos perdido el camino y nos quedamos enterrados. Pasamos un rato haciendo maniobras y cavando con las palas con la intención de salir de ahí de la manera menos dramática. Siempre queda el recurso de esperar algún camión o alquilar unos cuantos zebús para estirar, pero este país tiene una virtud, y es que aunque creas que estás en el lugar más remoto y perdido del mundo, por todas partes aparece gente cuando la necesitas, así que en breve aparece un grupo de pescadores dispuestos a coger la pala y poner unas ramas en nuestras ruedas. Cada vez llega más gente, niños, mujeres… y entre todos conseguimos sacara el coche de ahí. Ahora, dos jóvenes nos llevan entre el bosque hasta encontrar el camino que habíamos perdido. Me giro para dar las gracias al pueblo y me encuentro con una de las postales más emocionantes que he visto estos días. Un pueblo entero diciendo adiós a unos vazah que durante un rato han estado desesperados. Disparo una sola foto, pero todo está en armonía.
acercamos a una zona un poco habitada y vemos que están construyendo una especie de Camping. Philip nos explica que van a hacer un campeonato de barcos de vela populares dentro de unos días y ese es un lugar oficial de descanso para regatistas locales. En el bar hay un 4×4 aparcado. El primero que vemos en 5 horas de camino en este sitio, para mi, el más perdido del planeta donde he estado. Entramos y 3 hombres blancos nos saludan como a unos desconocidos hasta que ven a Toni dos veces y le preguntan en francés: “¿Tú eres Toni Arbonès?”. Yo me quedo un poco de piedra pues me parece un poco cómico, pero a veces el azar y los juegos de probabilidad son así. Le han visto en algunos de los vídeos que ha hecho sobre montaña y le recuerdan perfectamente. Antes de que nos sirvan la comida que hemos pedido nuestro chófer se da cuenta que también tiene una conexión con Toni. Su hija y yerno le conocen desde hace más de 20 años, incluso Toni ha sido compañero de cordada. Así que ahí estamos 8 europeos en un pueblecito de Madagascar y tenemos muchos lazos en común, así que la comida a base de calamar y arroz queda en familia.Poco a poco y 10 horas después de haber salido llegamos al pueblo de Andavadaoka. La gente es simpática, hace días que no ven a ningún vazah y nuestra llegada es un acontecimiento. El lugar aparentemente es turístico, pero solo hay dos chicas americanas en la zona.
Esa playa es paradisíaca y las cabañas donde nos vamos a alojar tienen cantidad de colores. Hemos llegado justo a la puesta del sol y la escena de bienvenida nos anuncia que mañana será un día de descanso perfecto.
La cena a base de “fish” se ve retrasada por un pequeño problema. El grupo de 20 chicas americanas e inglesas que falta por llegar ha tenido un problema con el camión a 20 kilometros de su destino y un monitor aparecido de la nada pide ayuda a Philip. El fantástico plan es que nuestro chófer vaya a buscar a los voluntarios investigadores y los vaya trayendo. Mientras se discute el tema yo empiezo a hacer cálculos y me doy cuenta que esos 20 kilometros suponen 1 hora de viaje o más ya que ahora está oscuro. Eso multiplicado por el número de viajes mas los trastos que traen para 6 semanas hace que la cosa se complique. Así que en Madagascar, en un sitio precioso aparece el Álvaro más egoísta del mundo y le dice a nuestro chófer que no vaya a buscar a nadie. Enumero las razones para que tampoco me juzgue nadie:
- es peligros circular por la noche por una carretera de dunas.
- el pobre señor francés lleva 10 horas conduciendo y el coche ha sufrido un poco.
- estamos en un paraíso único y no quiero imaginar qué pasará con un grupo de boyscouts americanas. Me viene a la cabeza “Bienvenido Mr. Masrhall” y creo que Toni y yo preferimos mirar como sale la luna que recibir un grupo de americanitas en una playa con cocos.
- qué mejor comienzo para las chicas en su aventura en Madagascar que empezar con una noche durmiendo a la intemperie.
Así que cuando sale la luna, estamos casi solos en la “Coco Beach” y doy gracias por que las cosas estén saliendo tan bien como hasta ahora.
Antes de ir a dormir me fijo en las normas de la casa para que toda mi logística audiovisual no se vea afectada.
La electricidad solo va en un horario reducido y hay que optimizarla. El agua solo va por la tarde. Las comidas son sencillas, hay lo que se pesca ese día. Pero el sol funciona 14 horas a todo gas y para un día de descanso es suficiente.
Me escondo en la mosquitera mientras he repartido por varios bungalows los cargadores de cámaras y ordenador. La mañana aquí empezará a las 5 y hay que descansar. Los problemas se afrontan mejor si uno a descansado.
madagascar 05 (ifaty y los primeros baobabs)
Septiembre 26, 2007
Si ayer la mañana empezó precipitada, hoy la podríamos calificar de descompensada. Todo ha empezado con unos golpes en la puerta a las 5.30. Mi primera idea es que algunos mangos o papayas golpeaban el techo de la habitación de nuevo, pero la voz de Leire diciendo que “ya” eran las 5.30 me ha hecho decidirme por poner rápidamente los pies en el suelo y apretar el REC.
Salir de la red antimosquitos me ha costado un poco más que ayer y es que creo que esta zona costera tiene unas temperaturas diferentes a la ciudad y me he tapado bastante, así que las mantas se han hecho un pequeño lío con la mosquitera. Para que nos situemos, aquí está acabando el invierno y a pesar de que nos podamos bañar en las playas e ir en camiseta, por la noche refresca.Piso la calle con la cámara preparada y el sol empezando a saludar, así que busco la mejor posición para plantar el trípode por primera vez desde que emprendí el viaje. La gente en esta ciudad con pinta de pueblo es agradable, nada que ver con la capital. Todos me saludan con “Vazah”, que es “Hombre blanco turista” o algo parecido, sonríen, te hablan, pero sin intención de venderte nada. Los taxistas pasan a mi lado sin ofrecer sus servicios. Aquí saben que si les necesito levantaré la mano y tendré 28 ofreciendo el mejor precio. Así que con una primera impresión más que buena miro por todos los rincones para situarme. Ayer llegamos sin luz y no me había hecho a la idea de como es esta ciudad.
Las calles están sin asfaltar y son de arena de playa llenas de agujeros, pero eso no impide que los primeros carritos vayan de arriba a abajo buscando clientes a toda velocidad. El otro día leímos en el periódico que el campeón de los juegos de las islas del océano Índico es portador de Pousse Pousse y entrena unos 30 o 40 km al ida llevando gente. No sé por donde sale el sol, así que tengo que ponerme en un cruce de caminos para situarme. Los primeros rayos apuntan a un señor en bicicleta y aprovecho que la cámara de vídeo está en el trípode para alternar con fotografías.
Entre disparo y disparo aparece Leire, a la que había perdido hace un rato y me invita a desayunar en un puestecito donde ya la conocen. Aquí, decir que conoces a alguien es que te llame “my friend”, con eso es suficiente. Así que vamos hacía allí. Por el camino me doy cuenta de que el pueblo-ciudad es realmente espectacular. Las casas no tienen más de una planta y se extienden en kilometros de distancia, así que el tráfico es importante en las calles a pesar del aparente aspecto a rural que tiene. Cuando digo tráfico, en Tulear, me refiero a cruce de bicicletas con gallinas, militares en carrito, señoras con ladrillos en la cabeza…El desayuno es en un puesto que hace esquina y no hay mucho para escoger. La pinta no es mala aunque no quiero imaginar qué normativas de higiene han debido pasar para estar ahí. Así que después de aceptar una taza de café metálica reciclada y una cucharilla lavada en agua marrón me doy cuenta que si tengo que pillar la malaria o cualquier cosa peor ese es el lugar perfecto. Se me pasa la tontería cuando el sabor de un buen café se filtra en mi boca y saboreo unas pastas parecidas a los buñuelos. Después de pagar y hacer una foto a la señora partimos hacia un mercado para comprar una piña que nos acompañará todo el día.
Los mercados aquí son grises, no tienen la vida que tienen en Europa y lo que puedes comprar parece que hace días perdió su fecha de caducidad, pero es todo lo que puedes comprar aquí. Veo llegar unos carros con carne y los “chofer” los bajan con delicadeza y velocidad para aparentar que el contacto con la ciudad es el mínimo, así que chavales de 15 años llevan un carnero entero en la cabeza a una velocidad de vértigo. Directamente se cuelga en una pinza y ya está a la venta.
Toni se ha despertado un poco más tarde que nosotros así que vamos a desayunar de nuevo los 3 juntos a “La Terraza”, un bar europeo donde hacen desayunos de Omelette, zumos, café y tostadas.
Allí, en el bar negociamos con un francés el viaje de mañana en 4×4 para subir hacia el norte por la costa. Hoy, por suerte, el dueño de este bar nos llevará gratis hasta nuestro destino, I
faty, para pasar el día en un lugar paradisíaco y con bastantes baobabs. Allí, nos han dicho, quizás encontremos al principito.
Antes de salir pido un momento de Internet para poder resolver dudas sobre unos rodajes de videoclip que tengo a la vuelta, así que dejamos a Leire en el bar mientras Toni y yo vamos a buscar algo parecido a un Cyber. Aparentemente no es difícil, pero en este pueblo lo que te venden como oro no lo es, así que lo que parecía un cyber no funciona, ni tan solo han visto un mac en su vida, así que se extrañan al ver mi ordenador y me dicen que de eso no tienen. Seguimos buscando por algunas calles hasta encontrar un sitio bastante moderno y que tiene una velocidad de módem a 56kbps compartido entre 8 usuarios. Eso, para los nacidos después del 83 y que no vivisteis los primeros años de Internet, quiere decir que para subir 1Mb necesitas algo así como 10 minutos. El precio, por suerte, es equivalente a la velocidad y por menos de 1 euro hemos estado una hora, la necesaria para bajar cuatro mails y actualizar el blog.Con tanta tardanza cybernética, nuestro chofer gratuito se ha ido y Leire está negociando con unos malgaches la tarifa hasta la costa. El camino no es fácil y eso tiene un precio. Las carreteras de Madagascar son malas, muy malas. Lo equivalente a la N-340, que tendría que ser la carretera nacional, tiene tramos horribles, sin asfaltar y llenos de curvas; a partir de ahí son carreteras catalogadas de “transitables”; otras de camino de piedras y las que no existen en los mapas. La que vamos a coger nosotros sale solo un trocito dibujado en el mapa oficial, y está catalogada como las de camino de piedras, así que el Renault 4L rojo que veo al más llegar de nuevo al bar no me convence nada de nada después de haber visto el 4×4 del hombre blanco propietario del bar. El chófer tiene unos 6 ayudantes que colocan todos los trastos en el maletero y repartido por los asientos. Yo aún no había visto todos los trastos de Leire junto a los de Toni, y eso es mucho. A las maletas de la ropa se añaden bolsas con material de escalada, el colchón para boulder y cantidad de trastos, que se añaden a mi bolsa, trípodes… así que creo que meternos los 3 en el 4L con el chofer y hacer los kilometros por la carretera que nos espera no va a ser muy cómodo. Cuando hemos conseguido colocar todo en el coche y estoy a punto de subir me doy cuenta que al chofer se le ha añadido un ayudante copiloto, así que miro a Toni mientras nos reímos pensando que eso no va a ser así. Le digo al conductor que yo tengo que ir delante ya que mis compañeros no caben atrás y si me meto yo, solo falta que me decida por comprar un par de gallinas antes de salir.
Así que después de que el copi se baje del auto, nos acercamos a la gasolinera de turno a poner el fuel justo y necesario para llegar a nuestro destino. Si no llega, siempre quedará la botellita de agua con fuel para rellenar. La entrada en la gasolinera me hace dudar sobre la capacidad de conducción de nuestro elegido. Yo que aprendí a conducir en un 2CV con un sistema de marchas parecido, me doy cuenta de que el tipo tiene la chuleta con las marcha del revés y arranca en segunda, pasa primera, salta a cuarta directamente y se le cala. Esto sumado a que no tiene freno de mano y tiene que dejar una marcha puesta convierte el principio del viaje en una atracción de feria. Por suerte aún es pronto gracias al madrugón, así que tenemos humor para aguantar casi cualquier cosa.
Cruzar la ciudad entera nos demuestra lo enorme que es. A medida que nos alejamos del centro empiezan a aparecer más y más casas de paja con gente más y más pobre, todo esto hasta llegar a un control militar. Escondo rápidamente mi material para que no me hagan pagar un impuesto recién sacado de la manga y después de 3 minutos de charla entre el chófer y el señor soldado reemprendemos nuestra marcha arrancando milagrosamente en segunda por la arena.
El camino se hace cada vez más duro y el polvo de los camiones que van pasando dificulta la visibilidad. Nuestro conductor novato con aspecto de avanzado decide pasar por el lateral esquivando milagrosamente a cada peatón que se dirige hacia muy bien no sabes dónde en esta carretera infinita de polvo y arena.
En un momento de pequeña rampa el coche empieza a resbalar hasta el punto de que se detiene. Leire y Toni salen fuera para empujar, yo me quedo dentro y conseguimos avanzar unos metros, los justos para quedarnos en subida, atrapados otra vez en la arena y con un carro de zebús viniendo de cara a toda velocidad. Nos esquivan gracias al milagro del joven conductor de animales y respiro casi tranquilo en el asiento delantero. Mientras nuestro chófer sale fuera para levantar el capó y empezar a tocar piezas que no sabe qué son, le digo a Toni que conduzca él, siempre será mejor y más seguro.
Mientras ellos miran el motor yo aprovecho para hacer una foto a unos chavales que se han acercado a mirar porque nuestra nave espacial se ha estropeado. A lo lejos oigo un pito fuerte y aparece un camión enorme con “Superman” escrito bien grande en su parte delantera.
Galopamos a través de carreteras inhumanas a bordo de una maquina prehistórica, por suerte tan solo un puñado de pasajeros comparten con nosotros el viaje, así que podemos tratar de estabilizarnos de la mejor manera. El camino es bastante divertido y quiero pensar que será lo peor que voy a vivir en África, pero quién sabe, las sorpresas las tienen preparadas por todas partes.
Grabar o hacer fotos desde encima del camión es casi imposible, aunque yo lo intento, el resultado lo conozco, uno de esos vídeos que tan solo puedes ver tú para reírte solo cuando vuelves a casa.
Uno de los pasajeros es un chico joven que nos hace de profesor improvisado en un cursillo de algo más de una hora montado en una especie de “Dragon Khan” de última generación. Cuando ya casi estábamos empezando a conjugar el pretérito pluscuamperfecto en malgache el camión para de golpe. Nos hemos pasado el cruce al Lodge que nos han recomendado en Tulear. Así que bajamos, pagamos lo que toca y empezamos a caminar cargados con todo el material. No tarda en aparecer un voluntario a hacer de porteador de bultos, así que se reparte con Leire sus bolsas, mochilas, cuerdas y souvenirs.
Decido quedarme atrás, andando lentamente para hacer algunos planos de Toni andando por la nada. Siento la soledad más grande del mundo en esa especie de desierto de arena de playa mezclada con arbustos. Caminamos unos 4 kilometros hasta el primer de nuestros paraísos. El bungalow que nos ofrecen está a unos 20 metros del mar y tiene casi todo lo que puedas necesitar. Hay dos camas y somos 3, así que preparo un fragmento de suelo que esta noche será mi pequeña cuna.
Nos separamos en 3, Toni va a mojarse un poco los pies, Leire a buscar a su amigo rastafari y yo me quedo tirado en una hamaca escuchando algunas notas musicales en el Ipod que me pide una recarga rápida.
En breve aparece el fan incondicional de Bob Marley, vestido con su camiseta y un collar con la bandera de Jamaica, para avisarnos de que la comida está casi preparada. Andamos con un grupo de gente del pueblo hasta las casas. Es un pueblo pescador como casi todos los de la zona, así que si nosotros tenemos un teléfono y un coche como mínimo por vivienda, ellos tienen una barca y un arpón.
En breves minutos africanos, unos 50 o más, la comida llega a la mesa perfectamente servida. Entonces llega el momento de máximo respeto, los invitados vamos a comer, y las 20 personas que contemplan la escena quedan sentados en silencio a la sombra a esperar a que acabemos. El pescado está rico y se nota que ni tan solo ha pasado por la Lonja de Cambrils, ha llegado directo del mar, ha recorrido 25 metros, ha pasado solo por dos manos y ha ido limpio al plato. La comida pues no nos ha fallado, pero eso sí, siguiendo con la moda minimal culinaria me quedo con un poco de hambre y no me atrevo a pedir una crema catalana.Preguntamos a nuestros cocineros dónde podemos encontrar a Christophe, nuestro guía de baobabs y el más experto de la zona. Ellos nos dicen que está muy ocupado con un grupo de 20 turistas así que se ofrecen a llevarnos a verlos. Quedamos en media hora, la justa para lavarme los dientes y sentarme 30 segundos en la esterilla.
La espalda del pobre animal está en carne viva y cada vez se tuerce más, a pesar de ello llegamos a nuestro destino y a mi me entran ganas de volver andando. Ahora, toca caminar un rato para empezar a ver el árbol que buscábamos.
De los 8 tipos de baobabs que hay en el mundo, 6 son endémicos de Madagascar, y 3 tipos están a nuestro alrededor. Los queremos ver todos así que nuestro guía tendrá que moverse por este laberinto de árboles de espinas para cumplir nuestros deseos.
El primer baobab que aparece es uno triple de una altura considerable. De una de sus grandes ramas cuelga una liana. Toni, que ha venido parte del viaje imaginando con poder trepar por uno de ellos se da cuenta que su corteza es totalmente plana y resbaladiza, así que prueba suerte con la técnica de Tarzan.
Poco a poco vamos avanzando por el bosque y vamos viendo gran variedad hasta encontrar el que tiene parecer ser nuestra víctima. Toni va a probar aplicar las técnicas de la roca a la corteza de un árbol, así que solo con sus manos y pies acariciará su textura para poder subir hasta lo más alto, sin usar cuerda, ni seguros, ni nada que pueda dañarle. Después de un par de pegues, consigue llegar a esa cima rodeada de ramas de unos 6 metros de altura. En lo alto, un solo fruto que ha quedado huérfano de padre es arrancado para viajar hasta casa. Será el regalo para su hermano por ser, quizás el gran culpable de este viaje.Después de disfrutar subiendo a algunos de ellos y comprobar sus similitudes con la montaña, abandonamos los baobab para volver al poblado. Allí lucharemos por conseguir una langosta a cualquier precio local, no más de 4 euros en el peor de los casos.
Llegamos justo cuando el sol empieza a esconderse en el mar, eso es cerca de las 18.30. A medida que vamos entrando en el pueblo todo va empezando a ser cada vez más irreal y perfecto. Decenas de niños felices corriendo a nuestro alrededor; señoras recogiendo la mesa que hace de mercado local; señores volviendo a casa después de la jornada de pesca… y todos ellos tienen una sonrisa para nosotros. Seguramente ellos piensen de mí lo mismo que pienso yo cuando veo llegar a los guiris en sus jeeps de Port Aventura para visitar Siurana.
Antes de que el sol haga el amor con el mar y acabe perdido hasta el día siguiente en el fondo del océano, una luna casi llena aparece al otro lado, justo en el lugar que acabamos de abandonar, donde los baobabs descansan por el resto de los siglos. Alguno de los que hemos escalado tienen más de 3000 años, y seguramente acabe antes la vida del planeta que su muerte por proceso natural.
Una vez llego a la cabaña decido no ir a comer Langosta, ni pescado, ni ningún fruto del mar en el pueblo de al lado. Realmente debo reconocer que al final uno se cansa un poco de estar negociando cualquier paso que da a base de Ariaris (la moneda de aquí). Necesito ir al pequeño restaurante que hay a 100 metros y pedir un plato con arroz y meterme en la cama.
A Leire y a Toni les han engañado para ir en barco de vela hasta el pueblo de al lado a la supuesta discoteca. Yo decido seguir con mi tradición de chico-no-marchoso (no por ello aburrido) y quedarme revisando fotos y haciendo copias de seguridad hasta que me entre el sueño o un mosquito terrible me pique.
Los momentos de antes de ir a dormir son todo un proceso. Después de las tareas básicas de lavar dientes y demás viene tomar la pastilla para la malaria, que he decidido hacerlo por las noches para no notar tanto sus efectos secundarios; untarse entero de Relec anti mosquitos; encender la espiral antimosquitos, y poner la red antimosquitos, aquí todo es antimosquitos aunque aún no he visto muchos.
Me tumbo a dormir en la soledad de la noche con algo de música para relajarme y antes de que me de cuenta llega Toni. Ha tomado algo en la disco, que no era más que un grupo de gente y un radiocassete a pilas y ha vuelto corriendo por la playa a la luz de la luna. Seguir durmiendo no es fácil una vez te has despertado, teniendo en cuenta que aquí solo son las 10 de la noche. Las pilas del Ipod se han acabado así que tengo que recurrir a contar zebús. Un zebú, dos zebús, tres zebús…














