SRA. CARACOL
Ya estamos en Suiza, país de las postales navideñas. Nada mas cruzar la frontera una manta blanca entre valles con chimeneas bulliciosas nos recibe mientras el termómetro baja precipitadamente. Berna será nuestra elegida para pasar los previos a la natividad. Y la hemos elegido precisamente por eso, por ser una de las capitales del frío y de los mercadillos navideños. La ciudad está construida de “casitas de chocolate”, algo en el ambiente recuerda el cuento de Hansel y Grëtel y en cada tejado una estela de humo compite con las duras temperaturas. Los bajo cero son lo usual en este lugar de puntualidad y orden, cada mañana las copas de los árboles parecen esculturas de hielo talladas por un Eduardo Manostijeras suizo, pero el sol nunca aparece para consolarlas, así que congeladas se quedan durante días y días, esperando los besos cálidos de la primavera.
Falta de calor, falta de sol, falta de vida… pero a pesar de ello, paisaje precioso y evocador como en las fotografías del pasado.
Visitamos el museo de la comunicación donde una exposición temporal habla de la manipulación de la información por motivos políticos, económicos, sensacionalistas… nada justificados! Así, mientras confirmamos la que ya sabíamos, descubrimos curiosos como conducían el correo suizo hace siglos, en trineos tirados por ovejas serpenteando por desfiladeros terroríficos. Más tarde nos enviamos cartas de amor escritas como antiguos escribanos o en forma de mail sorpresa y un poco más allá recordamos nostálgicos las teles y los vídeos Vhs de cuando éramos peques y nos sentábamos delante de esa caja negra que nos traía cada tarde Las Aventuras de Tom y Jerry. La nostalgia nos acompaña en este paseo, Alvarito recordando sus primeros Commodore y yo las melodías de mis dibus preferidos. De nuevo no puedo evitar pensar en que antes vivíamos en una época más tranquila, humana y comunicativa que ahora, a pesar de tanto adelanto.
Otra vez en el helor absoluto buscamos uno de los puestos de salchichas y vino templado tan visitados en este país y encargamos dos perritos calentitos para acompañar la vuelta a casa.
Así van transcurriendo nuestros días en Berna, entre frío y paseos por museos para compensarlo. La casa de Paul Klee es otra de las visitas calientes que nos esperan. Y aquí, una vez más, vuelvo a tener la sensación de que las cosas que me atraen acaban, sorprendentemente, teniendo una relación entre si: porque no es casual que a Alvaro le encante Paul Klee y que a mi también me guste, además de Modigliani, Moholy-Nagy o Rothko. Tampoco es casualidad que a Paul Klee le fascinase el teatro como a mi y dedicase una gran parte de su producción artística a las tablas, los actores, el circo… para él la vida real era un gran escenario, algo que también proclamaba nuestro Valle-Inclán… tampoco me extraña entonces que sus dramaturgos preferidos coincidan con los míos: Ibsen, Strindberg, Aristófanes… los dos primeros junto con al gran Chejov también referentes de uno de mis directores fetiche: Ingmar Bergman, genio entre los genios. Hay algo en la estética de todos ellos que los acerca, algo común en su manera de ver y plasmar la realidad, cualquiera que sea el soporte artístico o la época representada, algo que empieza a hacerme entender por qué me cuesta tanto descubrir grandes películas hoy en día, o grandes dramaturgos, y por qué a veces pienso que me hubiese gustado nacer en otro tiempo, cuando hacer cine significaba algo más que llenar asientos de bolsas de pipas y palomitas… Y eso es lo que descubro viajando, que mis héroes tienen sus propios héroes que a la vez son también mis ídolos. Así todo acaba estando muy relacionado y todo tiene sentido… Claro!

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SR. CARACOL
Hoy me he subido a un escenario, pero no un escenario cualquiera, hoy he acompañado a una soprano y una mezzosoprano en su actuación ante el selecto público del Zentrum Paul Klee. En ese espacio minimal, rodeados de cientos de cuadros, pinturas, fotografías y recuerdos de uno de los más grandes pintores del siglo pasado, un piano hacía vibrar notas, mientras dos jóvenes voces se acercaban a mi, me tomaban de la mano y me subían al escenario para cortejarme. Una experiencia inolvidable, como la cara de Raquel desde el público al ver que yo les seguía el juego a las guapas suizas.
Bern me tiene encantado. Sí, lo siento! Aunque penséis que mi cabeza es un caos y soy todo desorden, en el fondo me gustan las cosas bien hechas y colocadas en su sitio. Y los suizos tienen eso y mucho más. Este país te da la bienvenida de forma peculiar. Nada más cruzar la frontera una señora te pide 30 euros por un pase anual para las autopistas, después de ponerte la pegatina te da una moneda de 5 francos, unos 3 euros y te dice “bienvenido a suiza, con esto se podrán tomar 2 cafés”. Esto es entrar por la puerta grande! Lo que daría yo por pagar 30 euros al año en España por usar la autopista! si solo con hacer “Casa de mis padres-BCN-Casa de mis padres” me soplan 28!!!
El paisaje desde la carretera es absolutamente invernal. Los árboles están blancos de la nieve y grises de la palidez por no ver el sol hace días. Llegamos al camping un poco tarde y la recepción está cerrada, pero este país nos quiere y una jovencita viene corriendo hasta nosotros y nos dice como colocarnos en el mejor sitio, nos cede un adaptador de corriente suizo y me regala un manojo de folletos informativos con cosas para hacer en su ciudad  además de una guía de campings del país.
Dormimos de fábula y con la calefacción por encima de lo normal. La noche es tan fría que por la mañana vemos que todo está congelado ahí fuera. Desde el depósito de aguas grises, hasta los tubos de los fregaderos, de manera que no podemos fregar platos ni lavarnos los dientes. Todo está helado. Por suerte, los baños públicos son los más limpios que hemos visto hasta ahora, y nos sentimos casi como en casa. Somos los únicos huéspedes de la navidad.
Vamos a Bern en autobús, no queremos complicarnos con aparcar y estamos solo a 8 km. Pensamos que con los 5 francos que nos regalaron en la autopista tendríamos suficiente para el trayecto, pero no es así. El señor conductor nos explica que al llegar a la ciudad lo arreglamos. Aún me acuerdo de los 6km a Oº grados que hicimos andando hace 3 días en Italia porque no teníamos billetes y el “simpático” del chófer no nos dejó subir. Cuando llegamos a la ciudad el señor nos acompaña a la oficina central para que paguemos, pero la encargada tampoco puede aceptar euros. Hablan entre ellos en alemán y en lugar de mandarnos a un banco a cambiar o multarnos como harían en Barcelona, el chófer le dice a la chica “déjales marchar, que disfruten del país”, así que nos vamos de allí sin pagar!
Después de pasar por el banco a cambiar moneda, nos acercamos al Museo de la Comunicación. He leído que hay una exposición temporal de “Las imágenes que mienten”, y es un tema que me interesa. Raquel y yo paseamos por las salas, perfectamente ordenadas, con cara de niños pequeños alucinando con lo que nos llegan a mentir los medios y los políticos. Desde fotos de altos mandatarios totalmente retocadas hasta portadas de revista del corazón con collages fotográficos para que creas que dos famosos son amantes; reportajes de guerra que son mentira… mil cosas que ya “sabíamos”, pero es que en esta exposición están los originales, y claro, cuando ves el antes y el después, se te desorbitan los ojos. Después comprobar embustes nos paseamos por el museo y nos divertimos mandándonos mensajes telegráficos, en morse o hablando con dos latas unidas por una cuerda.
Al salir ya ha caído la tarde y es hora de volver, así que después de saborear unas salchichas en un puesto de la calle, nos volvemos al camping: paseo con Coque, lavandería, cenita y a dormir.